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Lugares que sólo existen gracias a la literatura

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Hay sitios que solo existen en la literatura. Como el andén 9 ¾ de la estación de trenes de King´s Cross, en Londres, que aparece referenciada en los libros de Harry Potter, de J. K. Rowling.

O la casa de Sherlock Holmes en el 101 de Baker Street (muchos londinenses, incluso, reflejaron en una encuesta que creían que Holmes era un personaje histórico).

En Holanda, existe un barrio del municipio de Geldrop, a las afueras de Eindhoven, cuyas calles tienen nombres de personajes y conceptos de El señor de los anillos.

</p><p>Una sensación que describe muy bien <strong>Joan Barril</strong> en su columna periodística <em>Los días vencidos</em>, titulada <strong>Lugares fantásticos</strong>: </p>
A veces, paseando por el bosque, espero encontrarme con la casita de chocolate. En plena navegación tranquila suelo buscar por sotavento la famosa ínsula de Barataria, donde los descendientes de Sancho Panza sin duda la deben haber convertido en un paraíso fiscal. En las noches de niebla espesa me gusta ver los destellos del faro del fin del mundo o recibir una invitación para una cena desarmada en el castillo de Camelot o en el lejano Shangri-La. Existen un montón de lugares que no se encuentran en los mapas y que, sin embargo, ayundan a mantener el equilibrio del planeta y el estímulo aventurero de la humanidad.

Esos mapas inventados que aparecen en las primeras páginas de los libros de fantasía y que ayudan al lector a la hora de situarse en el entorno en el que se mueven los personajes tuvieron un precursor: J. R. R. Tolkien. El autor, apasionado por las lenguas y los mapas, incluyó en la primera edición de El hobbit un mapa dibujado por él mismo, en el que figuraban las inmediaciones de la Montaña Solitaria, el objetivo del viaje de Bilbo Bolsón.

Más tarde repitió esta técnica en El señor de los anillos y la tendencia se fue propagando a otros autores, como Ursula K. LeGuin y su mapa del mundo de Terramar, que fueron incluyendo mapas de distintos niveles de detalle que habrán de aclarar posibles confusiones del lector relativas a la topografía y geografía de cada mundo.

Otros casos más extensos son, por ejemplo, el de la ciudad Santuario, situada en un mundo imaginario en la que diferentes autores reconocidos sitúan sus relatos en la antología de fantasía épica El mundo de los ladrones. En Estados Unidos se llegaron a publicar hasta 12 volúmenes de este mundo, que cada autor enriquecía y aumentaba de tamaño con sus propias historias. Autores como Poul Anderson, Marion Zimmer Bradley o Joe Haldeman. Bajo esta misma filosofía se desarrolla el mundo de Riftwar, de Raymond E. Feist, habitada por elfos, enanos, demonios y otras criaturas de similar ralea.

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