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Manías de escritores para inspirarse

Manías de escritores para inspirarse
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Hay muchos escritores que tienen toda clase de manías y servidumbres para inspirarse. Hace unos días os hablé de algunas de ellas en ¿Qué manías tienen los escritores?, pero nos dejamos muchas en el tintero. A continuación tenéis unas cuantas más para completar la colección.

Por ejemplo, en cuanto a vestimenta:

El conde Buffón sólo podía escribir vestido de etiqueta, con puños y chorreras de encaje y espada al cinto.

Alejandro Dumas, para escribir, vestía una especie de sotana roja, de amplias mangas, y sandalias.

John Milton escribía envuelto en una vieja capa de lana.

Pierre Loti vestí trajes orientales, en un despacho decorado a la turca.

Balzac se acostaba a las 6 de la tarde, siendo despertado por una criada justo a medianoche. Entonces se vestía con ropas de monje (una túnica blanca de cachemira) y se ponía a escribir ininterrumpidamente de 12 a 18 horas seguidas, siempre a mano su cafetera de porcelana. Durante todo ese tiempo, no dejaba de consumir taza tras taza. A ese ritmo diario, Balzac consiguió terminar más de 100 novelas y narraciones cortas.

Si dejamos la vestimenta y nos fijamos en la locomoción peripatética, entonces hay autores que, para escribir, no podían estar quietos, como Chateaubriand, que dictaba a su secretario con los pies descalzos por su habitación.

Victor Hugo meditaba sus frases o versos en voz alta paseando por la habitación hasta que los veía completos; entonces se sentaba corriendo a escribirlos, antes de olvidarlos.

El ya mencionado Victor Hugo, por su parte, no demasiado confiado en su propia voluntad, tenía por costumbre entregar sus ropas a su criado, con la orden de que no se las devolviese hasta que transcurriese un plazo predeterminado, aunque él se las pidiese encarecidamente. De esta forma, se obligaba a escribir sin posibilidad alguna de evadirse.

Jean-Jaques Rousseau prefería trabajar en pleno campo y, a ser posible, al sol. Si el ruido ambiente le molestaba, se taponaba los oídos con tapones de guata.

Montaigne escribía encerrado en una torre abandonada.

Schiller sólo podía escribir si tenía los pies metidos en un barreño de agua helada.

Flaubert era incapaz de escribir si antes haberse fumado una pipa.

Lord Byron se inspiraba con el olor de las trufas, así que siempre llevaba algunas en los bolsillos.

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