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Me río en tu cara: el humor en las novelas. ¿es peligroso? ¿Vale todo? ¿Tiene consecuencias sociales?

Me río en tu cara: el humor en las novelas. ¿es peligroso? ¿Vale todo? ¿Tiene consecuencias sociales?
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Reírse de las cosas es saludable. Al menos eso dicen. También es bueno para la salud mental el reírse de uno mismo: si te tomas demasiado en serio, acabarás con cara de acidez estomacal. Pero ¿hasta qué punto nos podemos ridiculizar a los demás? ¿En una novela nos modemos mofar a un determinado colectivo con total libertad?

Platón, en su texto La república, ya sugería que las chanzas que agravian a los tontos (o a los que consideramos más tontos) nos hacen más gracia, porque nos consideramos superiores a los tontos.

Muchos payasos y comediantes de éxito nos hacen reír porque nos hacen sentir superiores a ellos. En la Edad Media los comediantes de más éxito eran jorobados y enanos. En la era victoriana nos reíamos de los enfermos mentales en las instituciones psiquiátricas. Ahora nos reímos de Mr. Bean.

O nos reímos de los vecinos: por ejemplo, los españoles nos reímos de los franceses. Pero los franceses también se ríen de nosotros. Algo parecido ocurre con los equipos de fútbol y, en general, con cualquier adscripción ideológica: ¿que crees qué? Ja-ja-ja.

Hay incluso experimentos al respecto. En 1934, el profesor Wolff publicó el primer estudio experimental de la teoría de la superioridad. Para llevarlo a cabo, solicitaron a un grupo de judíos y de gentiles que calificaran lo graciosos que les parecían determinados chistes sobre judíos y gentiles. Los judíos calificaron mejor los chistes que ridiculizaban a los gentiles, y vicerversa.

Por esa razón, es habitual que en literatura encontremos libros que ridiculizan de algún modo a las figuras de autoridad que oficialmente están por encima de nosotros, como reyes, sacerdotes, jueces, guardias o políticos. ¿Cuántas obras existen dedicadas exclusivamente a fomentar el ludibrio y el escarnio a estas figuras de autoridad? Reírnos de ellos es la mejor manera de sentir que en realidad nosotros estamos por encima de ellos.

Esto puede ocurrir de forma más o menos velada. Por ejemplo, en Los viajes de Gulliver, quizás la obra más irónica de la literatura inglesa, se cree que Jonathan Swift usa el viaje a Liliput para cargar las tintas contra la reina Ana y los pequeños subordinados que la rodean.

Las personas que ostentan el poder, por supuesto, no quieren que se hagan chistes a su costa, porque eso erosiona su autoridad. Es la razón de que Adolf Hitler estableciera dislates como las Cortes del humor del Tercer Reich, que penalizaba a las personas por actos inapropiados de humor, lo que incluía llamar a sus perros “Adolf”.

O un poco más acá: la ley contra la difamación blasfema fue abolida en Gran Bretaña en mayo de 2008. Una fecha terriblemente próxima. Tampoco hace demasiado de la fatwa lanzada contra Salam Rushdie: Quiero informar a todos los intrépidos musulmanes del mundo de que el autor del libro titulado Los versos satánicos, recopilado, impreso y editado en oposición al Islam, al profeta y al Corán, y los editores que conocían su contenido, han sido condenados a muerte.

En El último rey de Escocia, Giles Foden satiriza a base de bien a Idi Amin. Probablemente Foden lo hubiera pasado muy mal si llega a viajar a Uganda en los días que Dada estaba en el poder.

Por ejemplo, en mi novela Venus Decapitada dedico casi 200 páginas a reírme de la mujer y de sus defectos a mandíbula batiente y con un grado de cinismo seguramente intolerable por la mayor parte del establishment. Tranquilos, que no cunda el pánico, si superáis esas 200 páginas descubriréis que dedico otras 200 a hacer lo propio con el hombre: aquí no se salva ni el apuntador. Sin embargo, es posible que la novela sea algún día objeto de crítica por algún colectivo femenista, tal y como lo fue, por ejemplo, American Psycho, de Bret Easton Ellis, tal y como lo cuenta John Sutherland:

Ellis, escritor de la llamada generación de "niños consentidos" de los noventa, recibió de Simon & Schuster un adelanto de 300.000 dólares por los derechos de la novela. Una editoria de la compañía, horrorizada por la misoginia que detectó en la novela, pasó la obra a sus compañeras feministas. Como consecuencia de todas esas protestas, Simon & Schuster revocó el contrato (sacrificando una parte de dinero del enorme adelanto). La novela fue impresa por Random Hoyuse; y según dicen, atenuada.

Y en parte entendería esa crítica. No porque la obra sea feminista (quien la interprete así es que no ha sabido leerla), sino porque las críticas, la mordacidad, la risa puede tener consecuencias muy reales aunque se desarrollen en la ficción.

No sólo pueden hacer que la gente los considere más tontos, como el experimento que se realizó en 1997 por parte del psicólogo Gregory Maio, de la Universidad Cardiff de Gales, con habitantes de Canadá y de Terranova: tras escuchar chistes que ridiculizaban a los de Terranova, el juicio de los canadienses acerca de la ineptitud de los terranovenses se volvió más severo. También puede hacer que las propias víctimas se crean más tontas.

Por ejemplo, el tópico de las rubias tontas se cumple más veces de lo que creemos no porque las rubias sean más tontas sino porque las rubias acaban convenciéndose de que realmente son más tontas: si todo el mundo lo dice, será verdad. Es lo que sugirió el test de inteligencia realizado por el profesor Jens Förster, de la Universidad Internacional de Bremen, en Alemania, a ochenta mujeres de diferentes colores de cabello. Las rubias que previamente escucharon chistes sobre rubias tontas sacaron una calificación inferior que las rubias que no escucharon esos chistes.

Sin embargo, la profilaxis a la que debería someterse cualquier libro de ficción para evitar estos efectos colaterales sería tan asfixiante que sencillamente eliminaríamos de un plumazo la mayoría de las obras de ficción. Como la novela de Goethe Las penas del joven Werther, publicada en 1774, una novela muy leída en su día por la juventud, que empezó a suicidarse de formas que parecían imitar la del protagonista.

Tal vez muchas obras irónicas, sarcásticas o mordaces hagan daño. Pero más daño haría en general el determinar qué se puede decir y cómo debe decirse, limitando los movimientos del autor, amordazándolo para evitar que algunas personas salten desde un puente. Porque hay saltos y saltos. Porque la libertad tiene efectos secundarios; y la falta de libertad tiene efectos secundarios aún peores.

Alguien dijo una vez que prefería morir en alta mar que vivir en una cama, porque hay vidas que no merecen ser vividas.. Extrapolado al mundo de los libros: prefiero que las letras de un libro me puedan cortar antes que la tontuna de sus letras acabe por dibujarme una telaraña de babas en la comisura de la boca. Como un paciente lobotomizado y feliz.

Vía | El que no lea este libro es un imbécil de Oliviero Ponte di Pino, Rarología de Richard Wiseman, 50 cosas que hay que saber sobre literatura de John Sutherland

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