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Memoriza un poema para que nadie te lo quite

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Reconozco que mi memoria es pésima. Apenas soy capaz de acordarme de algunos fragmentos de canciones (y me encanta la música), me olvido con frecuencia de los nombres de las personas que me presentan o de los días señalados en el calendario. Cuando debía memorizar un temario para un examen académico, os lo garantizo, me costaba mucho más tiempo y esfuerzo que a vosotros.

Tirar, en definitiva, de mis remembranzas es como hacerlo de un hilo de Ariadna enredado.

De hecho, apenas soy capaz de enumerar un puñado de reglas gramaticales: si he conseguido escribir sin apenas faltas de ortografía ha sido a base de prueba y error, prueba y error, prueba y error. Lo sé, casi soy la antítesis de Funes el memorioso.

Actualmente, la memorización de textos en el ámbito escolar ha perdido mucho sentido. ¿Para qué memorizar lo que aparece a golpe de Google? Así pues, cada vez más, se premia el razonamiento o la composición frente a la pura enumeración o repetición de loro. Y eso está bien (no sólo por lo que a mi disminuido cerebro respecta): razonar es más importante que memorizar.

Pero ¿memorizar no tiene ningún valor?

La profesora Maryanne Wolf narra la siguiente anécdota sobre los motivos de una persona para forjar en el yunque de su memoria algunos datos escogidos:

La abuela judía de ochenta y seis años de mis hijos, Lotte Noam, desconcertaría a las futuras generaciones. Apenas hay ocasión que no sea capaz de citar de manera pertinente un poema de tres estrofas de Rilke, un pasaje de Goethe o un pícaro verso humorístico, para infinito deleite de sus nietos. Una vez, en un ataque de envidia, pregunté a Lotte cómo era capaz de memorizar tantos poemas y chistes. Ella respondió con sencillez: “Siempre quise tener algo que nadie pudiera quitarme si alguna vez me metían en un campo de concentración”.

Sócrates también exaltaba la memoria; además de desconfiar de las palabras escitas y de las chuletas en general, como la que le encontró en una ocasión entre los pliegues de la túnica a su pupilo Lisias, comparando estas ayudas con las pinturas hermosas, que sólo son apariencia de la vida:

Pero si les preguntas, mantienen un silencio majestuoso. Ocurre lo mismo con las palabras escritas; parecen hablarte como si fueran inteligentes, pero si les preguntas algo sobre lo que dicen por el deseo de ser instruido, ellas siguen diciéndote lo mismo una y otra vez, constantemente.

Los neurocientíficos no han podido constatar aún qué implicaciones tendrá en las generaciones futuras la cada vez menor necesidad de memorizar textos y el apoyo en prótesis memotécnicas más sofisticadas.

Así que, por si acaso, escoged uno o dos poemas, tal y como lo hizo Lotte Noam, y memorizadlos para que nadie pueda manipularlos, borrarlos o robarlos. Como si ya olierais al papel quemado de Fahrenheit 451. Al menos os quedará eso si os condenan en un campo de concentración.

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