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No digas ni mu (sin ánimo de ofender a los mudos) (2 de 2)

No digas ni mu (sin ánimo de ofender a los mudos) (2 de 2)
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Un poco más atrás en el tiempo, en el medio catódico, saltaron a la palestra dos casos consecutivos de gazmoñería políticamente correcta, en la misma cadena (Tele 5) y en la misma serie de FICCIÓN (Aída).

En el primer caso, la protagonista, Aída, se acuesta con un cura interpretado por el actor Lluis Homar. Los censores eclesiásticos pusieron el grito en el cielo: natural, el humor está reñido con el dogmatismo más argiloso, y cuanto más endeble y frágil es éste, más teme la ironía; no digamos ya el sarcasmo directo. El humor desnuda de atributos de cartón piedra todo lo que toca. Que se lo digan a los airados por las caricaturas de Mahoma.

El segundo caso hizo saltar a la Fundación Alpe Acondroplasia, que se dedica a velar por los derechos del colectivo afectado por una forma de enanismo óseo. Presentaron una demanda contra Tele 5, otra contra Globomedia y otra contra el director del episodio, Marc Vigil. ¡Toma, Jeroma, pastillas de goma! Y no denunciaron a todos los humoristas y escritores que en alguna ocasión en la historia han ridiculizado a los enanos porque no les habría quedado tiempo, supongo.

“Si parece un repuesto del futbolín“, fue una de las frases proferidas en el capítulo.

“El futuro de las personas con acondroplasia pasa por romper el estigma del bufón”, fue una de las frases pronunciadas por Carmen Alonso, coordinadora de Alpe.

Uno se pregunta si evitando que un personaje de FICCIÓN se refiera de ese modo a un enano se podría eliminar de la faz del planeta el estigma de bufón de los aquejados por esta patología. Si es así, quizá deberíamos empezar también a denunciar a todos los productos de FICCIÓN cuyos personajes de FICCIÓN lanzan burlas a otros personajes feos, viejos, pobres, espigados, narigudos, estevados, tartamudos, estrábicos, pecosos, ciegos, mudos mancos, ninfómaníacos, impotentes, politólogos, pueblerinos, gordos y una larga, interminable lista… tan larga e interminable como larga e interminable sea nuestra capacidad para inventar ofensas.

La parte negativa es que, probablemente, eliminaríamos de un plumazo todas las producciones de FICCIÓN. O, al menos, todas las producciones de FICCIÓN en las que aparezca un mentecato que ridiculice al prójimo. (Los anaqueles de mi librería se quedarían vacíos de novelas, seguro).

Pero en la REALIDAD existen personas que se burlan de los defectos de los demás. Eso es indiscutible. Así que, bajo esa premisa, uno se pregunta, también, ¿la FICCIÓN recrea alguna faceta de la REALIDAD o debe obligatoriamente, so pena de excomunión o denuncia, deformar la FICCIÓN para que influya en la REALIDAD para que ésta última se acabe pareciendo a la FICCIÓN?

Si así fuera, ¿no deberíamos denunciar a los creadores de contenidos de FICCIÓN por tratar de cambiar la REALIDAD a su antojo bajo los parámetros ideológicos de la mayoría? ¿La FICCIÓN debe evangelizar?
Sin ánimo de profundizar más en ello (que habría para rato), finalmente uno se pregunta si el que disfruta del humor grueso basado en la burla de cualquier anomalía o discrepancia con esa masa estólida llamada humanidad, le servirá de algo evitarle el visionado de ciertas secuencias de FICCIÓN. ¿Sus parámetros humorísticos cambiarán simplemente obviando los chistes que le gustan?

“No puede ser que con la excusa de un humor vulgar tengamos que tolerar que nuestros niños sean de nuevo objeto de bromas dolorosas en la escuela“, apostilló Carmen Alonso, de Alpe.

Sobran las palabras.

Espero la pronta creación de una fundación para quienes gozan de cierto nivel cultural, a fin de que ésta denuncie declaraciones públicas insustanciales y carentes de una mínima formación científica; evitaremos al menos que los niños, aunque sigan con sus bromas sangrantes, no se conviertan en gilipollas redomados. (Y al no ser gilipollas nadie les podrá ofender como tales, a no ser que ser gilipollas sea lo corriente y, entonces, el ofendido sea objeto de las chanzas por ser inteligente o el empollón).

Menudo galimatías… mejor no abrir la boca nunca más, así sólo corro el riesgo de ofender a los mudos.

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