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Nos comunicamos más que nunca… y tal vez nos volveremos más cerrados que nunca

Nos comunicamos más que nunca… y tal vez nos volveremos más cerrados que nunca
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Cuando florece una nueva tecnología, enseguida sale a relucir el alma ludita de algunos, que no tardarán en adjudicar toda clase de males a dicha tecnología. El telar mecánico, el tocadiscos, el automóvil. Ya sabéis. También ocurrió algo parecido con el nacimiento de Internet: que nos alienaría, que nos encerraría en nuestras cómodas casas y evitaría el contacto humano.

En poco menos de una década, los hechos han quitado la razón a los agoreros de siempre: Internet favorece la comunicación, el contacto humano físico, la organización de peñas y clubes, los actos multitudinarios, etc. Sin embargo, tal vez estemos pasando por alto algunos detalles.

Internet puede favorecer que contactemos con personas u organizaciones que sintonicen perfectamente con nuestras ideas, aficiones o forma de ver el mundo. Y, en consecuencia, que nos aislemos de la realidad diversa y múltiple para encerrarnos en micronaciones ideológicas (reales y digitales). Dicho de otro modo: todos tendemos a refugiarnos en un guetto (pasead por Chinatown en San Francisco, o Japantown, o el barrio italiano…). Internet puede favorecer que encontremos el guetto que estábamos buscando, incluso si lo que buscábamos era algo ya periclitado o marginal.

Es algo que ya denuncia el experto en Internet Evgeny Morozov en su reciente libro El desengaño de Internet:

Los tuits no disolverán todas nuestras diferencias nacionales, culturales y religiosas. Es posible que las acentúen. Se ha demostrado que carece de fundamento la creencia ciberutópica en que Internet nos convertirá en ciudadanos del mundo muy tolerantes, ansiosos por reprimir nuestros viles prejuicios y abrir nuestras mentes a lo que vemos en nuestros monitores. En la mayoría de los casos, los únicos que todavía creen en el ideal de una aldea global electrónica son quienes habrían sido cosmopolitas y tolerantes incluso sin Internet: la élite intelectual. La gente normal no lee sitios como Global Voices, un agregador de los post de blog más interesantes del mundo. En cambio, es mucho más probable que utilice Internet para redescubrir su propia cultura y, me atrevería a decir, su intolerancia nacional.

Buenas noticias: no todos seremos clones a causa de Internet, creándose una suerte de cultura universal con Hollywood y McDonalds a la cabeza (una idea endeble, como ya os expliqué en ¿Realmente estamos viviendo una americanización de la cultura?). La mala noticia: que Internet otorga poder a fuerzas religiosas, nacionalistas y culturales de toda índole, conecta con sus seguidores mejor que nunca y, poco a poco, convertirá la política global en algo más complejo, polémico y fragmentado.

Ello, naturalmente, también tendrá implicaciones en el mundo de la literatura, de los libros que se deciden editar, en las ideas que se difundirán con una fuerza inusitada, en el nivel intelectual que se fijará como estándar para todas las personas del mundo, etc.

Un compromiso con la libertad en Internet, o una combinación de sus diversos elementos, puede que sea la justa e inevitable elección moral que ha de tomar Occidente (aunque con un millar de notas a pie de página). Pero Occidente también ha de comprender que un Internet más libre, por su propia naturaleza, cambiaría de manera significativa el resto de sus planes, y quizá entorpecería la capacidad de promover la democracia. Esto no significa que Occidente deba embarcarse en una ambiciosa campaña global de censura contra Internet, sino que diferentes países necesitan distintas combinaciones de políticas, algunas de ellas encaminadas a contrarrestar y mitigar la influencia de la religión y demás fuerzas culturales, y otras a aumentar su influencia.
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