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Para los que le tienen miedo al contenido de los libros (I)

Para los que le tienen miedo al contenido de los libros (I)
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Siempre es bienvenida la noticia de alguien o algo que se ríe de lo que parece intocable, ridiculizándolo, reubicándolo en el justo lugar donde deben estar todas, absolutamente todas las cosas: a ras de suelo, lejos de altares, de genuflexiones versallescas, de protocolos, de persignaciones, de viriles antibalas con alarma de seguridad y de etiquetas con los precios hinchados por la especulación, el charm de pacotilla, la inercia y la moda. (Recupero el aire). Nada, absolutamente nada es tan importante para que se deba mantener a salvo de la burla y la ironía.

Es más: todo cuanto se mantiene a salvo de ellas, adquiere un tono afectadamente solemne que deriva en la ausencia de autocrítica; la ausencia, en definitiva, de mejora. (De ahí que lo muy serio, normalmente, también sea erróneo o simplista). Así pues, desde aquí se aplauden comics de Hitler, catárticos, desdramatizadores o simplemente expositivos, como el que mi compañera Magalí reseñó el otro día por aquí.

De algunos comentarios que se escribieron cuestionando la existencia de un cómic como éste, me he sentido en la obligación de insistir de nuevo (como ya hice en No digas ni mu) en la reivindicación de la existencia de cualquier tipo de ficción, aunque haga apología de la cosa más execrable que podamos imaginar.

Hay gente que piensa que si se escribe un libro de Hitler que, en cierto modo, humaniza a Hitler, se incurre en una irresponsabilidad social. Bien, esto me recuerda a las protestas que ya se levantaron ante la supuesta apología a la violación en la que tropezaban unos anuncios gráficos de Dolce & Gabanna.

El Instituto de la Mujer, el Gobierno… todos han solicitado la retirada del anuncio. Según su interpretación, la imagen promueve la violencia de género, la violación, la violencia en general y vaya usted a saber qué más.

Puede que la imagen sugiera el morbo que suscita una violación (no en vano, es una fantasía sexual recurrente en ambos sexos). Pero también reviste un matiz sadomasoquista que seguro que, para muchos, no tienen ningún componente de violencia no consensuada. O, como dijo en su día el escritor Quim Monzó a propósito de esta polémica, puestos a interpretar, también puede parecer que un grupo de hombres están salvando a una pobre mujer de un infarto de miocardio.

Vivimos en la sociedad menos violenta de la historia de la humanindad (incluso menos violenta que los lugares donde no llega la publicidad transgresora de Dolce & Gabbana). A pesar de los videojuegos violentos, las películas gore, los granguiñolescos telediarios o el bovino fútbol, la violencia desciende. Tal vez porque sabemos separar muy bien realidad de ficción (como prueba, la sociedad japonesa, que compagina productos hiperviolentos con los índices más bajos de crímenes de sangre). Y, tal vez, los que acaban copiando el modelo estético de un anuncio fotográfico en su vida cotidiana o en su corpus ideológico, no abandonará su línea patológica al retirarle ciertas imágenes propagandísticas.

Pero si esto esto no es así y se puede rebajar los casos de violencia de género retirando publicidad gráfica que supuestamente la alimenta, entonces me sumo a la propuesta. Con una postilla: también retiremos los anuncios de Dolce & Gabbana en general, porque inducen a gastarnos el dinero en ropa presuntuosa, inflada de fatuidad y esencialmente gregaria; y no hay nada más peligroso que alimentar el gregarismo y el pensamiento único. Y retiremos los anuncios que induzcan a adquirir coches veloces, así disminuirín los accidentes de tráfico. Y retiremos los anuncios de mujeres bellas y delgadas, así lucharemos contra la anorexia y el narcisismo (y también el de mujeres de tallas grandes, para evitar la pandemia de triglicéridos que nos acecha).

Y retiremos los anuncios de hombres musculados y aceitosos, pues promueven la oligofrenia y el absentismo escolar en aras de rentabilizar el tiempo en el gimnasio. Y retiremos los anuncios de ropa escotada o ceñida, pues bajaría así el número de violaciones u onanismos (que van en contra del credo católico). Y retiremos los anuncios de comida suculenta y trastesada de calorías, pues fomentan las comidas pantagruélicas, y no olvidemos que la primera causa de muerte en el primer mundo se debe a los accidentes cardiovasculares.

Censurémoslo todo, porque todo puede ser potencialmente peligroso. Incluso aquello que creemos cierto y bueno. Porque lo que antaño era cierto y bueno, hogaño ya no lo es, y viceversa.

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