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¿Perdemos el tiempo leyendo a autores demasiado antiguos?

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Ya sabéis de mi afición de avivar la llama de la polémica para suscitar el intercambio sano de ideas a fin de consolidar lo que ya sabemos, o quizá modificarlo un poco, pulirlo, replantearlo. Y, quién sabe, tal vez haya algún cambio de opinión (aunque el formato adversarial no sea muy propio para ello). En cualquier caso, ahí va la pregunta peliaguda del día: ¿leer a autores demasiados antiguos es una pérdida de tiempo?

Obviamente, primero hay que definir lo que significa “perder el tiempo”. En la literatura, supongo que tal concepto es imposible de definir. Cada uno disfruta de lo que quiere, bucea en los autores que considera y saca frutos según el bagaje que le acompañe en sus lecturas. No hay mucho más que discutir.

Sin embargo, la cosa cambia si hablamos de libros de no ficción: filosofía, divulgación, historia, política, psicología, etc. Entonces sí que podemos afirmar con cierto grado de seguridad que determinadas lecturas son perder el tiempo (si consideramos perder el tiempo obtener conocimientos útiles y no simples elucubraciones sin sentido o datos obsoletos o erróneos). Entonces, estar muerto hace muchos años ya no es garantía de sabiduría. No digo que un pensador antediluviano pueda dar en el clavo o consiga enfocar determinado problema con una brillantez que jamás se alcanzará posteriormente: lo que digo es que tener antigüedad no es garantía de ello.

Más bien es un handicap.

Si leemos, por ejemplo, a un pensador de hace seis siglos a fin de aplicar sus lucubraciones a los problemas que nos atañen, estaremos obligados a desbrozar ideas muertas y ello precisa de un trabajo cognitivo superior que si leemos a un pensador contemporáneo, cuyas ideas sintonizan mejor con los nuevos conocimientos (hablo, por supuesto, en general: seguro que hay pensadores contemporáneos que sólo tienen ideas muertas).

Busquemos un ejemplo bastante icónico: Aristóteles. El filósofo suele estar en boca de muchas personas que para, para afianzar sus argumentos, le citan una y otra vez. Con ello se incurre en una falacia de autoridad, pero sobre todo en lo que yo llamo falacia de antigüedad. Aristóteles, lo sé a ciencia cierta, ha escrito pasajes que deberían estar esculpidos en mármol. Y leerle es una delicia sencillamente porque te sientes transportado a otra época, porque puedes adentrarte en una mente marciana que vivió en otro mundo, porque puedes aprender cómo ha evolucionado el pensamiento desde entonces y mil motivos más.

Pero Aristóteles, a la luz de nuestros conocimientos, también incurría en unos errores garrafales, patinaba como un beodo de bar y sentenciaba como un estulto con birrete. Y para huir de todos esos manchones negros en su currículo hay que andar con buen ojo. Entonces, y sólo entonces, Aristóteles es una verdadera pérdida de tiempo (si definimos tal, insisto, como la adquisición de conocimientos objetivos que podamos aplicar a nuestros problemas cotidianos). En su día, por ejemplo, la repetición de sus opiniones por parte de los escolares provocó, por ejemplo, que durante siglos no se comprobaran sus afirmaciones.

Veamos algunos de ellos. El filósofo, como personaje atrapado en una conyuntura histórica y cultural, no dudaba en admitir el surgimiento de la vida mediante la generación espontánea. Como el hecho de que una ballena o un perro sugiera de la nada era un poco difícil de digerir, Aristóteles limitaba la generación espontánea a bichitos de poca monta, pequeños y de poca relevancia, procedentes del agua, la arena y el barro. El sol o el calor, entonces, infundían vida a moléculas que antes eran inanimadas.

“Todo cuerpo seco que se vuelva húmedo o cualquier cuerpo húmedo que se seque produce animales”, decía uno de los filósofos que hoy se cita a menudo como autoridad intelectual incuestionable. Podemos leer éstas y otras afirmaciones ridículas en sus tratados Historia de los animales y De la generación de los animales.

Artistóteles también decía que muchos insectos “proceden del rocío que cae sobre las hojas”. Muy poético, sin duda, aunque cualquier escolar podría ya replicar las afirmaciones de Aristóteles sin despinarse (si antes deja un rato la Playstation, se entiende).

Aristóteles aseguraba que nuestro cerebro no recibe sangre y es la parte más fría del cuerpo, destinada a refrigerar el resto. Quizá el cerebro de Aristóteles lo fuera. Que en el género humano, las ovejas, las cabras y los cerdos los machos tienen más dientes que las hembras. Que la sangre de la mujer es más oscura y espesa que la del varón. Que la mitad izquierda del cuerpo es más fría que la derecha.

Pero quizá las dos ideas de Aristóteles que perduraron durante más siglos enquistados en el conocimiento colectivo (abonado por la tradición y la religión) fueron que la Tierra era el centro del universo y que el vacío no existe.

Sobre la idea de que nuestro planeta pudiera desplazarse por el universo, Aristóteles se burlaba de los pensadores que ya habían valorado esta idea: “¡Qué ocurrencia! ¿Qué pasaría con los pájaros que vuelan si la Tierra se moviera?” Aristóteles era, por tanto, de los que creen que una mosca que vuela dentro del vagón de un tren debe desarrollar la misma velocidad del tren para no quedar hecha papilla contra la pared.

Aristóteles, señores, creía que los cuatro elementos básicos eran el agua, el aire, el fuego y la tierra, que el éter podría existir y que todas las cosas tienen un sitio idóneo en el cosmos y que si una piedra cae es porque se dirige a ocupar su lugar natural, que es el suelo.

En fin, quintales de bobadas que podríamos extraer de sus textos. Bobadas que no todo el mundo es capaz de desbrozar convenientemente. Bobadas que nos deben hacer recordar que los pensadores del pasado, por muy extraordinarios que hubieran sido en su época, hoy en día no deberían citarse con tanta alegría por el simple hecho de dar consistencia a lo que uno dice. A veces vale más la vena citar a la bruja Lola, aunque no quedes tan bien.

Y ahora a discutir. Pero antes: ¿proponéis lecturas antiguas que consideréis que vale la pena leer hoy en día?

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