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¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (I)

¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (I)
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Vamos a empezar dinamitando tópicos. Se suele afirmar que ver mucho la tele te atonta o que ver mucho la tele no es bueno en general, pero no suele escucharse lo mismo en referencia a leer demasiado. Si vemos a un tipo embobado delante de una pantalla durante ocho horas enseguida compondremos una imagen estereotipada del tipo: es un zombi, un idiota que no piensa, un vago, lo peor de la nevera, en resumidas cuentas.

Si vemos a un tipo embobado leyendo un libro durante ocho horas, nunca nos formaremos esa imagen. Incluso es muy posible que nos formemos una imagen diametralmente opuesta. Leer mucho es la metonimia de pensar mucho. Ver mucho la tele es hacer el gilipollas.

Esto es sólo un síntoma de una idea tan generalizada que ya no se sustenta en razones o evidencias científicas sino en simples dogmas.

Otro tópico irracional: afirmar que la TV es mala pero que los libros son buenos o malos según lo que se lea. Es como afirmar que las drogas son malas mientras te bebes una copa de vino durante la cena, o mientras te compras una pastilla en una farmacia. Todo es cuestión de medidas, todo puede complementarlo todo… pero en el tema de la TV, no. La TV es una droga. Mala, mala, mala. Y los televidentes, toxicómanos. ¿Existen televidentes intelectuales? NO. Y punto pelota.

¿Entonces hay tele buena? La hay. Por ejemplo, las series. Los Simpson. Sark. Padre de familia. Breaking Bad. Todas ellas son series protagonizadas por personajes detestables que, a medida que penetramos en ellos, se tornan menos detestables, más humanos, más atornillados, más como nosotros. Más de verdad. South Park: píldoras filosóficas disfrazadas de coprolalia y pornografía. El ala oeste de la Casa Blanca: diálogos de infarto que no siempre entendemos porque son técnicamente muy verosímiles. Perdidos: el giro de tuerca y el cliffhanger estirados hasta límites que parecían impensables hace dos décadas, al menos a nivel raquídeo. Dexter: moralidad desviada tratada con tanta cercanía que nos parece no sólo simpática sino, hasta cierto, punto aceptable. The Wire: Shakespeare ha llegado a la policía. The IT Crowd: la metareferencia hecha producto geek. Firefly: el Star Wars inteligente. Battlestar Galactica: política y filosofía más allá de la Tierra.

Por primera vez, la extensión de las series (generalmente más de veinte capítulos de más de 40 minutos por temporada), permite una conexión empática con los personajes que nunca antes se alcanzó con películas. Por primera vez, ver series de televisión es lo más parecido a leer novelas. Como señala Jorge Carrión en su libro Teleshakespeare:

Sin duda, el uso desprejuiciado que hacen las teleseries actuales del flashbacks y del flashforward, el número de tramas paralelas que barajan, los laberintos narrativos que construyen o el ritmo que imprimen a su acción no habrían llegado a las pantallas del siglo XXI sin, por ejemplo, el Macguffin de Hitchcock, los hallazgos formales de Scorsese o las estructuras de Tarantino; pero la tradición audiovisual va más allá de la narrativa cinematográfica y se imbrica en las técnicas contemporáneas que han moldeado nuestra forma de leer. El mando a distancia, el zapping, la congelación de la imagen, la viñeta, el rebobinado, la apertura y el cierre de ventanas, el corta y pega, el hipevínculo. Mientras que la velocidad a la que nos obligan a leerlas sintoniza con el espíritu de la época, el profundo desarrollo argumental y psicológico al que nos han acostumbrado conecta con la novela por entregas y con los grandes proyectos narrativos del siglo XIX (La comedia humana y Los episodios nacionales).

Ésa es la razón de que, cada vez más, los personajes de las películas nos resulten más secos. Sí, está muy traumatizado, pero ¿qué opina de ello su madre? ¿Y su tío? ¿Qué comió ayer? ¿Acaso hay relación con aquel hecho ocurrido cuando tenía ocho años? ¿Qué soñó la semana pasada? Y así ad infinitum, como círculos concéntricos, como espirales.

Esa penetración abisal en los entresijos psicológicos de los personajes es inédita. Las series de televisión, mayormente anglosajonas, han incrementado sus líneas narrativas, sus sutilezas y su complejidad estructural desde que en los años 1980 apareciera la primera serie que abrió la veda: Canción triste de Hill Street.

La principal diferencia entre la TV de antes y la de ahora es que ahora hay más variedad, mayor competencia y, lo más importante, cada vez resulta más barato producir un programa (hasta el punto de que empieza a diluirse la diferencia entre productor y telespectador). Este rasgo es más importante de lo que parece. Cuando las empresas se vuelven grandes (o son monopolísticas), acostumbran a generar un riesgo a la innovación. Por ello, Apple, y no IBM, perfeccionó el ordenador personal; los hermanos Wright, y no la armada francesa, inventaron el vuelo con motor; Jonas Salk, y no la British National Health Service, inventó la vacuna contra la poliomelitis.

Ahora, el Cable permite producir programas de riesgo. Programas que jamás serían producidos por un canal de televisión grande. El Cable dispone de una grupo de telespectadores abonados que ya son suficientes para financiar obras maestras como Juego de Tronos, independientemente de los índices de audiencia posteriores. Naturalmente, las corporaciones mediáticas no buscan estimular el cerebro de nadie, pero por una serie de motivos que el psicólogo Steven Jonhson plantea con indiscutible brillantez en su libro Cultura basura, cerebros privilegiados, no pueden evitarlo: ahora los beneficios de una película se obtienen de la venta de DVD o de las retransmisiones en la televisión, así pues las producciones deben ofrecer mayor complejidad para que soporten el nuevo visionado una y otra vez, o para que se conviertan en fetiches que la gente desea poseer, diseccionar quirúrgicamente o trasladar a las redes sociales o a los blogs en interminables charlas casi filosóficas.

Por eso, la tele, también nos vuelve más inteligentes. Sí, la lectura también nos vuelve más inteligentes: pero no lee todo el mundo; sin embargo, sí todos vemos la televisión. Así que la tele, entendida como medio de masas, vuelve más inteligente precisamente a la masa. Pero eso lo veremos la próxima entrega de esta serie de artículos.

Vía | Cultura basura, cerebros privilegiados de Steven Johnson | Teleshakespeare de Jorge Carrión

En Papel en Blanco | ¿Por qué las series de TV son lo más parecido a la literatura? (II) y (y III)

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