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¿Por qué no me gustan las distancias cortas? (I)

¿Por qué no me gustan las distancias cortas?  (I)
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Hace unas pocas semanas que me he abierto una cuenta de Twitter, y una de las cosas que he constatado es que no soy nada brillante en las distancias cortas.

No es que en persona sea un tipo anodino y por aquí me disfrace un poco de escritor interesante y perspicaz (aunque también haya un poco de eso), sino que soy incapaz de ser brillante con pocas palabras. Por esa razón nunca he participado en un premio de microrelatos, y tampoco acostumbro a twittear demasiado material original: me limito al retwittear lo que me parece interesante o a enlazar artículos extensos.

Sospecho que eso también me ha llevado a huir de la lectura de microrelatos y de tweets sin enlaces. Porque se parecen demasiado a los aforismos, a los saberes populares, a los chascarrillos de bar o las frases lapidarias: aunque suenan muy bien, seguro que encuentras otras que las contradicen. Porque esa clase de bengalas efímeras pueden ser muy rutilantes pero poco o nada tienen que ver con la verdad o el rigor. (Hay estudios psicológicos interesantes de la década de 1960 de cómo los dichos y proverbios que suenan bien consiguen encandilar más a la gente que los dichos y proverbios que se acercan más a la verdad… si no suenan tan bien).

Pero la verdad y el rigor deben exigirse en las obras de no ficción (como ya os refería en mi artículo Para los que escriben rarito) y no en las obras de ficción, cuya máxima expresión suele ser alcanzar la belleza, suscitar la emoción o favorecer la ambigüedad no tanto para confundir como para captar acaso la irreductible complejidad del mundo. O así.

Entonces ¿a cuento de qué mi aversión a la literatura ultracorta o taquigráfica? En primer lugar porque no tiene tanto mérito. Alto, bajad las antorchas y vuestra actitud linchadora: soy perfectamente consciente de que ser escueto tiene mucho mérito. Liofilizar una imagen hasta que sólo queda el hueso puede requerir tanto más esfuerzo que escribir cien páginas de corrido. Sin embargo, es más frecuente que suene la flauta si escribes pocas palabras que si escribes muchas.

Voy a intentar explicarme (como veis, no se me da nada bien sintetizar… y es posible que la flauta no me suene). A la hora de valorar un texto, el buen crítico debe escudriñar su interior en busca del andamiaje que lo sustenta todo. Pero en un texto corto o una formulación paremiológica, el andamiaje queda oculto sencillamente porque ha desaparecido: sólo leemos el fruto de una larga elucubración pero no leemos la elucubraciones en sí, paso a paso, o al menos parte de ella.

Por otro lado, en los textos cortos, la brillantez no surge tanto por el esfuerzo del escritor como por el esfuerzo del escritor y el lector, al alimón. Cuando lees trecientas páginas recibes un número elevado de inputs, de información en bruto que modificará tu pensamiento. Un haiku, un tweet o un microrelato apenas transmite inputs: es más bien un catalizador para revolucionar la mente del lector. No llega casi nada de fuera, lo que sucede es que se obliga al lector a repensar lo ya sabe, lo que está dentro.

No se aprende nada nuevo, son que se revisita lo que ya se sabe.

Por supuesto, es tan importante recibir nueva información como recombinar la que ya se atesora de formas diferentes. Pero ofrecer nueva información exige ofrecer algo que el lector no sabe, y para replantear lo que el lector ya sabe basta con hacerle pensar. Hacer pensar a alguien es más fácil que contarle algo que no sabe. Y precisamente porque es más fácil también es más difícil: no hay ciencia ni método para levantar resortes mentales, así que es más fácil que por azar se levanten resortes en al menos un puñado de lectores (esto me ha quedado un poco críptico, a ver si me esmero).

Si yo ahora sentencio que “La vaca está ciega” ofrezco un dato poco relevante y escaso. Y posiblemente no estimulará de forma apreciable la mente de ningún lector. Pero quizá un 3 % de los lectores especialmente predispuestos, con alguna querencia por las vacas o la ceguera o sencillamente más proclives al onanismo mental, hallarán mil interpretaciones brillantes a mi sentencia, mil exégesis que quizá les impulse a plantearse cosas que jamás se plantearon. Si alguno de ellos forma parte del jurado de un premio de tweets, es posible que incluso me lleve el primer premio.

Incluso puedo elevar ese 3 % de una forma muy sencilla. Si explico que esta sentencia participa en un premio de microrrelatos, quizá el número de lectores predispuestos a sacar más de lo que hay ascenderá al 5 %. Si, además, soy un autor de reconocido prestigio, puede que el número ascienda al 10 o el 20 %. (De hecho, en puridad, así es el mecanismo interno que ha provocado que el arte moderno consistente en exponer una letrina o un cagarro enlatato haya alcanzado un considerable nicho intelectual en nuestra sociedad).

Naturalmente, he simplificado mucho toda la explicación en aras de hacerme entender en pocas líneas: habrá frases más apropiadas que “La vaca está ciega” para suscitar la admiración de un mayor número de lectores. Pero las combinaciones excelentes de palabras en hechuras tan reducidas no es muy elevada, así que finalmente, ante tanta excelencia, sí, triunfará un texto excelente, pero una parte importante considerable de su éxito estribará en la predisposición del lector para encontrarle un sentido, digamos, excelente.

Por eso no participo en esta clase de certámenes: influye más el azar y el caos. Prefiero competir en escenarios donde se presenten artículos como éste (modestia aparte), donde se ofrecen ideas complejas, se evitan lugares comunes y se cuestionan vacas sagradas (independientemente del grado de razón que se tenga). Porque no todo el mundo puede elaborar un artificio capaz de hacer eso, ni todo el mundo está dispuesto a invertir diez o veinte minutos en leerlo con pausa y actitud reflexiva. Por el contrario, todo el mundo puede leer “La vaca está ciega”, y otros tantos la encontrarán brillante. Y no podemos saber nunca si el autor le ha dado mucho a la sesera para llegar a esa conclusión o simplemente se está riendo de nosotros. Recordad: el andamiaje no está a la vista.

Y para ofrecer un poco más de andamiaje a este texto, y a riesgo de hacerme pesado, seguiremos más allá en la segunda entrega de este artículo.

Vía | ¿Existe la suerte? Nassim Taleb

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