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¿Por qué no te construyes un mapa emocional?

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Rellenar moleskines para tus viajes, tus aventuras, tus pensamientos, tus experiencias. Invertir dinero en experiencias ofrece mayores satisfacciones que invertirlo en objetos, al menos a la larga, tal y como han demostrado diversos estudios: porque solemos recordar más lo positivo que lo negativo de dichas experiencias (la memoria es muy selectiva en ese aspecto); sin embargo, los objetos adquiridos cada vez son más viejos, más pasados de moda o estamos más habituados a ellos.

Así pues, tomar nota de todas esas experiencias es algo prioritario para poder echar mano de vez en cuando de una reserva de recuerdos bonitos.

Por ejemplo, yo pasé casi todos los veranos de mi infancia en un camping situado entre las poblaciones costeras de Calella y Pineda de Mar. Ya de adulto, después de muchos años, volví a visitarlo y me sobrevino una especie de frustración. El camping y las inmediaciones apenas habían cambiado en realidad, pero me inquietó que todo fuera tan pequeño y apagado. Las distancias eran muy cortas en comparación a cómo yo las recordaba; los objetos más insípidos entonces me resultaban casi totémicos.

Después de tanto tiempo, la geografía de mi infancia me parecía en efecto infantil. Cuando era pequeño, recordaba el peregrinaje de mi parcela hasta la playa, cargado con todos los bártulos propios del verano, como una especie de aventura llena de trascendencia; cuando recorrí de nuevo ese trayecto lo hice en apenas dos minutos, y el paso a nivel era idéntico a todos los pasos a nivel que existen en la costa. Mi sentido de la escala y la exclusividad había madurado. A veces es mejor no volver a visitar los lugares que hemos idealizado en la infancia (sobre todo si son parques de atracciones).

Pero gracias a los cuadernos marcados emocionalmente, todo se conservará prístino, intocado, señalizado y marcado para siempre con los detalles que os abrumaron en su día, como esos grafitos omnipresentes en el mobiliario urbano que son la pesadilla de las partidas presupuestarias de los ayuntamientos.

Aunque esta forma de construir mapas mentales también puede tener una aplicación práctica para justo lo contrario: el desamor. Imaginad que habéis roto con vuestra pareja de una forma un tanto dolorosa. Ya no os queréis volver a cruzar con ella nunca más y en vuestros planes no entra el mudaros de ciudad. Basta con consultar vuestro mapa emocional de lugares especiales a los que acudíais con frecuencia con vuestra ex pareja y tratar de evitarlos. Una versión automatizada del mapa que se construye Ted Mosby en la serie de televisión Cómo conocí a vuestra madre:

–Joder, Ted, ¿hay algún sitio en Manhattan donde podamos ir a cenar?

–Por supuesto. Mirad esto.

–¿Qué es eso, Ted?

–Un pequeño mapa que he fabricado. Una guía con los sitios en los que podría encontrarme con Stella. Las zonas en rojo hay que evitarlas. Las blancas son seguras. Y la azul es agua.

–Esto es ridículo.

-Bueno, el agua es azul.

Ahora pensando desde otro punto de vista. Los libros escritos por otras personas son una suerte de moleskines, de cuadernos de notas de experiencias, viajes, sentimientos. Y, gracias a su lectura, podemos visitar lugares reales desde el recuerdo de otras mentes. Algunas experiencias serán negativas, catárticas, pero otras serán positivas. En cualquier caso, todas ellas serán supervitaminadas, hiperbólicas, inasequibles al paso del tiempo, mejores que cualquier objeto o posesión, porque los recuerdos acosumbran a mejorar el pasado. Y los libros, también.

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