Compartir
Publicidad

¿Por qué produce tanto rechazo la contaminación cultural? (I)

¿Por qué produce tanto rechazo la contaminación cultural? (I)
Guardar
4 Comentarios
Publicidad
Publicidad

La obsesión de quienes quieren preservar la inmaculada pureza de sus lengua o su cultura me recuerda a la otrora obsesión de reproducirse exclusivamente con individuos de sangre azul a fin de no mancillar el acervo genético.

Los hay que denostan los préstamos anglosajones, como cool o must see, e incluso aquéllos que sirven para rellenar lagunas culturales: ¿cómo diablos se dice exactamente en español spoiler, slapstick, cliffhanger o screwball?. En Cataluña, donde yo vivo, en las series de producción propia los personajes tienden a emplear términos que prácticamente nadie usa en la calle, como si llevaran un permanente palo metido en el orto, a fin de evitar la por otra parte inevitable proliferación de castellanismos.

Preservar la pureza cultural es un anhelo tan infructuoso como el de preservar la virginidad de nuestra hija. Tarde o temprano perderemos. No obstante, aunque hubiera un sistema eficaz para compartimentar las culturas a fin de que no se contaminaran unas a otras, ¿sería algo deseable?

Mi respuesta es negativa. Más aún: mi respuesta es que, precisamente, la contaminación es uno de los rasgos más positivos de cualquier cultura. La cultura nunca debe ser un bloque monolítico cimentado en la tradición y la costumbre, sino un fluido viscoso que se adapta a la realidad y la transforma.

Los investigadores están descubriendo que el intercambio (de bienes, de ideas, de culturas, etc.) es el mayor motor histórico del progreso en el campo de la innovación, la economía, las costumbres e incluso la propia estructura que sustenta la sociedad. Si antes del desarrollo de las telecomunicaciones (las que permiten que copiemos modelos anglosajones, que a su vez copian modelos asiáticos, etc.) el progreso resultó tan agónicamente lento fue precisamente por la naturaleza fracturable de la cultura humana, tal y como refiere Matt Ridley en su libro El optimista racional:

Los seres humanos tienen una profunda capacidad de aislamiento, pueden fragmentarse en grupos divergentes. En Nueva Guinea, por ejemplo, hay más de 800 lenguas, algunas hablabas en áreas de unos cuantos kilómetros, que, sin embargo, son tan incomprensibles para los vecinos como el francés o el inglés. Aún hay siete mil lenguas que se hablan en la Tierra, y las personas que hablan cada una de ellas son notablemente resistentes a tomar prestadas palabras, tradiciones, rituales o gustos de sus vecinos.

A pesar de que toda la evidencia al respecto indica que el intercambio cultural es lo que provoca que una sociedad prospere en todos los sentidos, los individuos se esfuerzan denodadamente en hacer todo lo posible por sustraerse del flujo libre de ideas, tecnologías y hábitos, limitando así el impacto de la especialización y el intercambio.

A pesar de que nuestra fonética es asiria, nuestra álgebra es árabe, nuestra numeración es india, la doble contabilidad es italiana, las leyes mercantiles son holandesas, los circuitos integrados son californianos y así con muchos otros avances distribuidos a lo largo de los siglos, los continentes y las culturas, aún persisten en nosotros la tendencia innata a quemar puentes.

¿Queréis pruebas? Os las ofreceré en la próxima entrega de esta serie de artículos sobre la nociva postura refractaria a propósito de la contaminación cultural? Es muy cool, os lo garantizo.

Temas
Publicidad
Comentarios cerrados
Publicidad
Publicidad
Inicio