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¿Por qué produce tanto rechazo la contaminación cultural? (y II)

¿Por qué produce tanto rechazo la contaminación cultural? (y II)
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Uno de los lugares que más me sobrecogieron en mi primera visita a Nueva York no fue el Empire State Building o la Estatua de la Libertad, sino una deliciosa cafetería escondida en Greenwich Village llamada Cornelia Street Café.

Aquí fue donde la cantautora Suzanne Vega empezó su carrera, donde los Monty Python interpretaron algunas obras en la década de 1980 y donde el senador Eugene McCarthy recitaba poesía. También aquí, una vez al mes, toca un grupo de neurocirujanos de alto nivel se reúnen para tocar en su banda Amygdaloids, nombre que hace alusión a esos racimos en forma de almendra que hay en el cerebro, que tienen discos como Heavy Mental. Para escucharles, aquí ha llegado a entrar gente como John Nash, el esquizofrénico matemático de Princeton que inspiró la película Una mente maravillosa.

El Cornelia Street Café es un micromundo de reglas cultures muy flexibles, en el que gente de muy diversa catadura tiene acceso libre para mostrar sus creaciones y, acaso, inspirar al respetable con ellas. El Cornelia Street Café no tiene fronteras, y funciona como reducto para ensayar cosas que luego se trasladarán al mundo real.

El mundo real, sin embargo, sería un lugar mucho mejor si se pareciera más al Cornelia Street Café y menos al patio privado de un provinciano armado con una escopeta de doble cañón dispuesto a volarle la tapa de los sesos a cualquiera que pretenda trasponer el umbral de su sacrosanta casa o, peor aún, mantener un idilio con su virginal hija de diecinueve años. O algo así.

La endogamia no es buena a nivel biológico, pero tampoco lo es a nivel cultural. El pedigrí es un retraso. Lo intocable, un lastre. El miedo agorafóbico a lo diferente o lo extranjero, una segura condena al ostracismo.

La innovación, por ejemplo, siempre ha funcionado como focos aislados, como incendios forestales que iban afectando a determinadas sociedades, produciendo que otras experimentaran un retraso respecto a las primeras. La innovación en el pasado seguía esta pauta epidemiológica de propagación precisamente por la naturaleza refractaria del ser humano frente a lo que viene de fuera.

Hace 50.000 años, los hornos, los arcos y las flechas estaban en Asia occidental.

Hace 5.000 años, el metal y las ciudades estaban en Mesopotamia.

Hace 2.000 años, los textiles y el número cero estaba en la India.

Hace 1.000 años, la porcelana y la impresión estaba en China.

Hace 500 años, la contabilidad por partida doble y los inventos de Leonardo da Vinci estaban en Italia.

Hace 400 años, el Banco de Amsterdam estaba en los Países Bajos.

Hace 300 años, el Canal du Midi estaba en Francia.

Hace 200 años, el vapor estaba en Inglaterra.

Hace 100 años, los fertilizantes estaban en Alemania.

Hace 75 años, la producción en masa estaba en Estados Unidos.

Hace 50 años, las tarjetas de crédito estaban en California.

Hace 25 años, el walkman estaba en Japón.

Esta paranoia ante la contaminación produjo una evolución lenta y fragmentaria, aunque cada vez transcurría menos tiempo entre una innovación y la contaminación cultural de dicha innovación. Algo que, gracias a Internet, las telecomunicaciones y la flexibilización de las patentes y los derechos de autor, podría evitarse por primera vez en la historia, produciéndose de forma instantánea, y no solo en el ámbito de la innovación.

Antes, sin embargo, habrá que derribar las defensas numantinas de quienes defienden su corralito cultural, como si lo que ahora piensan, hacen o dicen hubiera sido instilado en su genoma vía patriotismo y no sea todo ello, en suma, un efímera statuo quo que antaño destruyó lo que existía y hogaño será destruido por lo que existirá.

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