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¿Qué ha sido de los cadáveres de algunos escritores?

¿Qué ha sido de los cadáveres de algunos escritores?
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Hoy nos vamos a poner un poco macabros. Encendamos una vela, esperemos que el gato crispe el espinazo y hagamos tamborilear nuestros dedos sobre el cráneo que hace las veces de pisapapeles en nuestro escritorio para investigar qué suerte han corrido muchos cadáveres de escritores.

Y es que los cadáveres de los escritores no son cadáveres normales. Los cadáveres normales acostumbran quedarse quietecitos en su nicho, por mucho que dijera Mecano. Los cadáveres de los escritores son celebridades, objeto de fetichismo extremo, como sucede con los cadáveres de cantantes, actores o científicos (al final de este artículo os explicaré qué delirante historia hay detrás del cerebro de Einstein, en plan bonus track).

Retumba un trueno a lo lejos, como si se hubiera desparramado la vajilla de un restaurante de alto copete, y empezamos.

Por ejemplo, la tumba de Oscar Wilde, cerca de París, siempre está cubierta de inscripciones.

La dentadura del incisivo Voltaire (¿lo cogéis?) quedó mermada a su muerte, tras serle arrancados algunos dientes (ignoro si algún incisivo, guiño-guiño-codazo-codazo).

Los restos de Calderón y Lope de Vega desaparecieron en un incendio. También se perdieron durante años los restos de Dante.

Sin embargo, el cadáver de Montaigne fue desmembrado. Se cree que su cuerpo reposa en Budeos y su corazón, en la iglesia de Saint Michel, en el Perigord. Tampoco se conoce el paradero exacto de Racine: se sabe que está enterrado en St. Etienne du Monte, pero no el lugar preciso.

Cuando murió Mariano José de Larra hubo un problema a la hora de enterrarlo: el párroco de la iglesia de Santiago no sabía si un suicida debía enterrarse en tierra santa. La duda fue despejada por el vicario general: un suicida no es más que un loco, y los locos se pueden enterrar en lugar sagrado.

Más tarde el cadáver se trasladó a la sacramental de San Justo, y se dice que Azorín recogió un botón de su levita, y también intentó encontrar la huella que había dejado la bala suicida en el cráneo del escritor. Años más tarde, Larra volvió a ser importunado de su descanso eterno para recibir junto al suyo el cadáver de Ramón Gómez de la Serna.

Las relaciones de los escritores y la muerte han sido en muchos casos extrañas hasta la excentricidad. Margerite Yourcenar, paseando un día junto a una joven por el cementerio de Somesville, le mostró una lápida donde había hecho grabar su nombre, fecha de nacimiento, 1902, y las dos primeras cifras del año de su muerte, 19. Contaba que le parecía injusto pretender vivir hasta el 2000 y que poder visitar el lugar donde sería enterrada le resultaba tranquilizador. Murió el 19 de enero de 1987.

Albert Camus está en el cementerio de Lorumarin. Ezra Pound, en el de San Michele, en Venecia. Hermann Hesse, en el cementerio de la Iglesia de San Obbondio, en Suiza. Marcel Proust está en Le Père Lachaise, en París. Rilke está cerca de la que, a mi juicio, es la ciudad más bonita de Suiza, Montreaux, concretamente en el cementerio de Rarogne, bajo el siguiente epitafio: “Rosa, ¡oh, pura contradicción!, voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados”. Casualmente, aquí también pasó sus últimos días Freddy Mercury, cuya estatua, en el pase marítimo de Montreaux, siempre está llena de flores y mensajes de cariño.

Benjamín Prado se pronuncia así sobre el aire casi fetichista que se crea alrededor de las tumbas de escritores:

Siempre me he sentido muy atraído por las tumbas de los escritores. En Praga, me colé en el cementerio judío para ver la de Kafka. Recuerdo que el suelo está completamente cubierto de hiedra, y al caminar, con las hojas a la altura de los tobillos, se tiene una extraña sensación de irrealidad. También recuerdo la emoción que me produjo, en un cementerio de Ciudad de México, encontrar la tumba de Cernuda. No había forma de dar con ella, tuve que mirar un registro, un plano y después, confiar en la suerte. Por el camino fui encontrando otras; por ejemplo, la de Emilio Prados. Visito de vez en cuando la tumba de Andersen, en Copenhague; bonita, sencilla, donde la gente acostumbra a dejar monedas como homenaje.

Y como lo prometido es deuda, ahí va lo que pasó con el cerebro de Albert Einstein, sin duda la parte más adulada de su cuerpo, tanto en vida como en la muerte. La historia se remonta a la noche del 18 de abril de 1955, cuando el patólogo Thomas Harvey, encargado de la autopsia de Albert Einstein, tomó una sierra circular, extrajo el cerebro del genio y se lo llevó a su casa. Cuarenta años después, el periodista estadounidense Michael Paterniti localizó a Harvey en un pequeño apartamento en Kansas y se ofreció a acompañarle en un viaje muy especial: cruzar el país en un viejo Buick para devolverle el cerebro a la nieta de Einstein. Paterniti describió la experiencia en su libro en su libro “Viajando con Mr. Albert”, en el que relata la travesía surrealista con el cerebro de Einstein en el maletero. Podéis leer más sobre ello en mi artículo ¿Qué fue del último aliento de Thomas Edison y otras reliquias de la ciencia?

Vía | Las bibliotecas perdidas de Jesús Marchamalo

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