Compartir
Publicidad

¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I)

¿Realmente leer en papel es lo mismo que leer en pantalla? (I)
Guardar
2 Comentarios
Publicidad

Aún recuerdo la trepidación que sentí cuando leí mi primer correo electrónico. Venía de lejos, de otro continente, y se me antojaba casi como un mensaje dentro de una botella, por lo exótico del medio: era la primera persona de mi clase que tenía Internet. Algo que, por aquél entonces, sonaba a chino.

Desde entonces, he sido un ferviente defensor de la cultura digital. Los libros están bien, leer tinta impresa en pulpa de árbol transfiere sensaciones imposibles de reproducir (aún) por las pantallas o los libros electrónicos. Pero la digitalización de los libros ofrece muchas ventajas. Sin embargo, si existe una diferencia radical entre la lectura tradicional y la digital nada tiene que ver con aspectos estéticos o románticos, sino con la manera que tenemos de leer.

Leer en pantalla difiere en un aspecto poco conocido de leer en papel. Y esta diferencia empezó a percibirse cuando Internet mejoró hasta el punto de poderse incorporar dibujos, fotografías, animaciones e hipervínculos a los textos. También aparecieron los primeros sonidos: al principio sólo eran pitidos polifónicos, pero más tarde ya podían escucharse sinfonías enteras recorriendo la Web con niveles de fidelidad cada vez más elevados.

La última incorporación audiovisual fue el vídeo, que pronto empezó a reproducirse gracias a la creciente velocidad de Internet.

Ahora Internet es ubicua: está en nuestros ordenadores, pero también en nuestras televisiones, nuestros teléfonos móviles e incluso flotando en el aire, en forma de WiFi. Ello también favorece que pasemos cada vez más tiempo en Internet: hacia 2009, los adultos de América del Norte le dedicaban una media de 12 horas semanales, el doble del promedio correspondiente a 2005. Pero un veinteañero pasa más de 19 horas semanales online.

Diversos estudios sugieren, además, que este incremento del uso de Internet no afecta al tiempo que dedicamos a la televisión. De hecho, se incrementan ligeramente.

Un estudio de 2006 a cargo de Jupiter Research reveló “un enorme solapamiento” entre el tiempo empleado en ver la televisión y el dedicado a navegar por la Web: el 42 por ciento más ávido entre los aficionados a la tele (quienes ven más de treinta y cinco horas a la semana) también engruesan las filas de los usuarios más intensivos de Internet (aquellos que pasan conectados más de treinta horas a la semana).

¿Entonces? ¿Qué estamos dejando de hacer si cada vez pasamos más tiempo online? En la próxima entrega de este artículo os lo revelaré, así como los efectos secundarios para nuestro cerebro de esa carencia.

Vía | Superficiales de Nicholas Carr

Temas
Publicidad
Comentarios cerrados
Publicidad
Publicidad
Inicio