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Relájate y disfruta (I)

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Este artículo no trata sobre la autoayuda. Tampoco es una clase de 10 minutos orientada a disminuir tus niveles de estrés. No van a sonar temas chill out ni vais a ejecutar esa coreografía en microgravedad que es el tai chi.

Esto va de relajarse de otro modo. Básicamente, sacándote el palo del culo, si se me permite la chabacana expresión. Sin ese palo, os lo garantizo, todos estaremos más relajados y, también, lo pasaremos mucho mejor.

Que de eso trata la literatura, entre otras cosas, de pasarlo bien.

Esta reflexión viene a cuento de un par de hechos que me ocurrieron durante la semana pasada. Quizás parezca que no tengan mucho que ver con la literatura, pero si tenéis paciencia, la analogía no tardará en aflorar.

La situación, muy resumida, fue tal que así: a rebufo del machacón bombardeo de partidos de fútbol a los que estamos siendo sometidos, dos conocidos se enredaron en un pequeño intercambio de opiniones. Uno, tal vez más misántropo y nihilista que el otro, afirmó en pocas palabras que el fútbol no sólo era bazofia, sino que empujaba al ser humano a una especie de precipicio de degradación.

No por el fútbol en sí, sino por lo que envuelve al fútbol, por sus connotaciones: las banderas, los fanatismos, las celebraciones cazalleras, los modales de extrarradio de los jugadores, la mercadotecnia, la barbarie. Etcétera.

El otro conocido, igualmente crítico, pero sin embargo algo más acostumbrado a disfrutar de los placeres gregarios o incluso de las manifestaciones culturales netamente carpetovetónicas y ultramontanas como puedan ser los filmes de Pajares y Esteso, defendió al fútbol aduciendo que él era capaz de emocionarse, de rozar tal vez aquel síndrome de Stendhal, con todo clase de cosas: desde un partido de fútbol hasta una obra literaria de gran calado, pasando, por qué no, por un upper cut de Ryu en el videojuego Street Fighter. Hasta la cosa más elemental y plana, si se mira con los ojos adecuados, puede ser reinterpretada como una carga de profundidad, la punta de un iceberg. Es la mirada lo que glamouriza el glamour.

El otro hecho que finalmente ha motivado este artículo fue una conversación que mantuve acerca de esos personajes llamados ya gafapastas que viven en una impostura perpetua de sibaritismo artístico y cultural. Ya sabéis, consumen series anglosajonas de la HBO (con subtítulos da más puntos), asisten a conciertos alternativos que tipos que no les conoce ni la madre del topo, leen todo lo que publica Mondadori, se masturban solamente con Pin-ups y, claro, calzan unas enormes gafas de pasta a lo Clark Kent.

Estos dos hechos se mezclaron en mi cabeza y traté de llegar a alguna conclusión. No era fácil, porque por un lado detesto el fútbol, me dan arcadas los que gritan ¡goool! y demás, pero por otro también tengo una concepción de la cultura y del arte muy poco jerárquica, una conciencia de espectador omnívoro que tanto se traga un libro de mecánica cuántica como un filme agropecuario de Paco Martínez Soria, bajo ese prisma un tanto turulato que reza: “es tan malo que es bueno”.

Y sobre los gafapastas, qué decir. Yo, que me he alzado contra esa omnipresente cultura que se ha convertido en mercado, y que está dominada por el mínimo común denominador del paladar colectivo. Yo, que siempre me he conducido por caminos sibaritas, casi esnobs, debería adherirme automáticamente a los gafapastas. Y en cierto modo lo hago. Al menos prefiero arrimarme a un gafapasta antes que una chola/choni poligonera carne de El diario de Patricia o de el último libro-producto de masas.

Pero no puedo dar curso legal a los gafapastas. Como tampoco puedo quitarle la razón a mi conocido defensor del fútbol como medio de goce estético o simple diversión, sin más.

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