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Relájate y disfruta (II)

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Creo que el quid de todo este lío está la conciencia y la impostura. Dos palabras que realmente definen cualquier decisión o forma de ser ante el mundo. Sin haber calibrado antes la autoconciencia y la impostura de alguien, lo que diga ese alguien, a priori, no me parece más interesante que un ruido de fondo.

Primero la AUTOCONCIENCIA. Ser consciente de que todo lo que decides, haces, consumes es, en puridad, la misma papilla. Ser consciente de que es tan ridículo ser choni como ser gafapasta, heavy, hardcoreta, padre de familia o ejecutivo encorbatado. Ser consciente de que sólo son posturas que se valen del metalenguaje inconsciente para proyectarnos y reafirmar lo que somos. Conscientes de que no somos coherentes, ni honrados, ni listos, ni siquiera, aunque suene paradójico, conscientes. Tal vez lo seamos más o menos que el vecino, pero no lo seremos por lo que hagamos sino por la conciencia objetiva, distante, cenital de lo que hacemos, sea cual sea su naturaleza.

Dejando a un lado los infinitamente discutibles valores artísticos de tal o cual obra literaria o de determinado chute a portería (a ver quién es el listo que se pone a estas alturas de la película a introducir jerarquías… ¿jerarquías en base a qué? ¿A lo fructífera que es la actividad en el ámbito intelectual, psicoemocional, endorfínico…?), dejando a un lado esto, que sería otra larga reflexión, no puedo estar de acuerdo con ninguno de mis dos conocidos.

Con el primero, el insular, estoy más próximo, por supuesto, porque yo también soy insular en el asunto del fútbol, y en otros. Pero él no atacó desde el ángulo correcto. Lo hizo desde el endeble “lo que yo hago es mejor que lo que tú haces porque así lo dicta la Biblia del gusto; lo que hago yo es mejor que lo que haces tú porque lo que haces conduce irremisiblemente a una miseria moral”.

El segundo, más continental él, defendió con demasiada grandilocuencia lo suyo. Adujo que mucho “bla, bla”, pero que mira, mira cuánto arte en estas imágenes del balompié patrio. Mira cuánta emoción. Mira cuánta técnica. Pero no dijo: es verdad, lo que rodea el fútbol es infame, por eso me da hasta vergüenza admitir que consumo fútbol, no por el fútbol en sí, sino porque si me descuido se me puede confundir con esa infamia que rodea al fútbol.

Ambas posturas reflejan una falta de conciencia (sé que no es real, porque me consta que ambos son muy conscientes de esto, sólo fue una falta de conciencia funcional) acerca de que sus posturas son sólo eso, posturas, igualmente ridículas, igualmente guiadas por los mismos o por parecidos alicientes.

Y entonces llegamos a lo segundo. La IMPOSTURA. Defender lo bizarro o lo popular desde un punto de vista intelectualmente elevado no es más que impostura, la impostura del “esta tan malo que es bueno”. O dicho en términos más pertinentes: YO soy tan bueno que soy capaz de escalar cumbres de sibaritismo a la vez que me sumerjo con idéntico sibaritismo en lodazales de oligofrenia y friquismo.

El gafapasta, por otro lado, está invadido por tal grado de impostura que, literalmente, vive con un palo introducido en su recto. Aunque tenga el más mínimo deseo de consumir algo popular, ese deseo debe de ser rápidamente eliminado y reeducado, pues es inadmisible en su egregia persona. (Es más, es posible que ese deseo sea satisfecho lejos de las miradas de los demás, incluso la de uno mismo, como un adicto a alguna parafilia innombrable).

El gafapasta es idéntico, pues, al hardcoreta que dice divertirse y disfrutar montañas con esa música que es un disón repetitivo y tribal y que suena en las discotecas que frecuenta. Ambos se acomodan y elevan a la categoría de intocable su credo. Aunque a veces, por tiempo de un segundo, puedan pensar: ¿qué diablos hago aquí? Pero los nichos sociales son así, o eliges uno y prosperas, o no prosperas en ninguno y vives en el desierto.

Si el gafapasta o mis conocidos hubieran alegado todo esto que yo alego aquí y ahora, posiblemente hubieran salido indemnes de esta crítica. (Secretamente, yo escribo esto para salir impune de mis propias inconsciencias e imposturas). (La anterior autocrítica, a su vez, me exime de caer en lo que predico o en una superioridad intelectual intolerable si pretendo relacionarme con los demás en un ambiente cálido). (Y así sucesivamente).

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