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Scriptura continua: cuando no había separaciones entre palabras y leer era como resolver un rompecabezas

Scriptura continua: cuando no había separaciones entre palabras y leer era como resolver un rompecabezas
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Hoy le dices a un adolescente que se ponga a leer y se siente como un condenado a las galeras, tam, tam, tam. Pero leer, en la actualidad, es una actividad muy asequible si la comparamos con la scriptura continua, la escritura temprana en la que no se usaban espacios para separar las palabras.

En los libros de los escribas, las palabras se sucedían ininterrumpidamente en toda línea de toda página. Esta falta de separación reflejaba los orígenes orales del lenguaje escrito: cuando hablamos no hacemos pausas entre dos palabras: las sílabas fluyen continuamente de nuestros labios.

Así que leer en aquellos tiempos suponía una carga cognoscitiva que no era moco de pavo, como explica John Saenger en Space Between Words (Espacio entre palabras): los ojos de los lectores, entonces, debían moverse lentamente, minuciosamente, como si observaran una colección de insectos aplastados en el libro, teniendo con frecuencia que detenerse a recapitular al comienzo de cada oración, ya que la mente luchaba por entender dónde acababa una palabra y empezaba otra nueva, así como la función de cada palabra en el sentido de la frase.

La lectura era una ordalía, un rompecabezas, una sopa de letras: toda la corteza del cerebro, incluidas las áreas frontales asociadas a la solución de problemas y adopción de decisiones, estaban obligadas a hervir de actividad. Ésa era también la razón de que la lectura fuera una actividad casi ritual y reconcentrada, algo así como un retiro espiritual.

A los primeros escritores nunca les pasó por la cabeza insertar espacios en blanco entre las palabras. Se limitaban a transcribir el habla, escribían lo que les dictaban sus oídos (hoy, cuando los niños empiezan a escribir, tampoco separan las palabras: como los antiguos escribanos, transcriben lo que oyen). Así pues, los escribas no prestaban mucha atención al orden de las palabras en una frase dada. En el lenguaje hablado el significado siempre se había transmitido principalmente a través de la inflexión, un patrón de los acentos que el hablante pone en determinadas sílabas; y esa tradición oral continuó gobernando el lenguaje escrito.

Hoy nos parecería una tortura leer de esta forma porque la mayoría de nosotros estamos habituados a leer con rapidez, a leer para recabar información. Pero la mayoría de los griegos y romanos alfabetizados gustaban de los melifluos patrones métricos y tónicos del texto pronunciado. Como quien entona una canción.

Vía | Superficiales de Nicholas Carr

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