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Si no lo entiendes así es que no entiendes lo que lees

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Me declaro a favor de Susan Sontag y de su influyente manifiesto de 1966, Contra la interpretación. El estudio académico profesionalizado de los textos literarios me agota hasta límites siderales. Tuve que soportarlo durante mis años de instituto y universidad, e incluso ahora debo esquivarlo de determinadas personas que me rodean: la mayoría gafapastas que sientan cátedra artística sobre tal o cual obra, y si no la entiendes así (o no eres suficientemente onanista para entenderlo así) es que te faltan neuronas.

Tamaña impostura sobre los textos literarios me parece un buen ejercicio mental, como hacer gimnasia o resolver crucigramas. Pero ir más allá, creando cánones estéticos o interpretaciones unívocas (o exageradamente alambicadas) a fin de que se instalen catequísticamente en todo aquel que pretenda llamarse culto, no, por ahí no paso.

Leer es, sobre todo, disfrutar. Y luego viene la empatía, la sensibilidad, el entendimiento profundo, llamadlo como querías, pero todo ello lo considero idiosincrático, personalísimo, incluso muy íntimo. Quizás sirva para plasmarlo en un examen sobre comprensión lectora, pero en ningún caso debe usarse como paradigma de que se ha entendido la obra.

Porque a saber. A saber qué quería decir el autor. Este problema suscitó tanto interés durante los siglos XVIII y XIX entre los eruditos alemanes de la Biblia, que la hermenéutica se convirtió en una herramienta muy usada por los estudiosos: ¿el texto sagrado debía interpretarse de forma literal o figurada?

Esa pregunta es imposible de responder porque no podemos introducirnos en la cabeza del autor del texto sagrado. Sí, puede haber un consenso o un canon, pero no dejará de ser un acuerdo más o menos arbitrario de diferentes grupos sociales. No hay un significado, sino tantos significados como mentes para crearlos y recibirlos.

Prueba de ello es la variedad de interpretaciones que se ha hecho sobre una obra como El amante de Lady Chatterley. Entre 1930 y 1959 se consideraba una obra obscena. Pero en 1983 era difundida por la BBC como “libro de cabecera”.

Imaginad que los académicos literarios inventaran una máquina del tiempo, una herramienta que usasen por fin para interpretar en profundidad una obra como, por ejemplo, Hamlet. Tienen dos opciones:

Pueden ir al futuro, hasta el fin de los tiempos, justo cuando se emita el último juicio crítico sobre la obra de Shakespeare a fin de hacer una especie de compilación o síntesis. La otra opción pasa por viajar atrás en el tiempo, a la primera representación en el Globe Theatre en 1601, para captar todos los detalles in situ de la obra, sus efectos en la gente, la iluminación, la interpretación de los actores, viendo incluso a Richard Burbage declamando por primera vez esos textos recién escritos. Todavía no existiría ninguna sobra crítica que empañara nuestro juicio. Estaríamos limpios de prejuicios.

¿Qué escenario es el idóneo para interpretar correctamente una obra literaria? Según vuestra respuesta, estaréis de lado de los pedantes académicos obsesionados con articular un canon estético intocable o de la mano de Susan Sontag.

Yo, por supuesto, le daría a la manivela de la máquina del tiempo hacia 1601.

Vía | 50 cosas que hay que saber sobre literatura de John Sutherland

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