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Sócrates y el peligro de saber demasiado leyendo

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Uno de los aspectos que Sócrates temía de la gente que aprendía a leer era que, una vez abierto el libro, el lector estaba sometido a ingentes cantidades de conocimiento descontrolado.

Sócrates tenía miedo del exceso de datos, y de la escasez de criterio para separar el grano de la paja. Es decir, lo que antaño pasaba con el invento de la lectura, hogaño pasa con el invento de Internet, San Google o la Wikipedia.

Decía Sócrates:

Una vez que algo se escribe, la composición, sea ésta la que fuere, empieza a moverse por todas partes, cayendo en las manos no sólo de aquellos que la comprenden, sino de igual manera en la de aquellos que nada tienen que ver con ellas; el escrito no sabe cómo dirigirse a la gente adecuada y no dirigirse a la equivocada. Y cuando se lo maltrata u se abusa de él injustamente, siempre necesita que sus padres acudan en su auxilio, puesto que es incapaz de defenderse o de ayudarse.

Sócrates no temía a la alfabetización. La alfabetización es buena, permite que la cultura fluya mejor entre personas, que se generen nuevas ideas, que se alcances cotas intelectuales más elevadas. Lo que temía Sócrates es que esta alfabetización permitiera acceder al conocimiento de manera irresponsable, sin la orientación de un maestro, sin suficiente espíritu crítico.

Por ejemplo, ¿se verá saciada la actual curiosidad por la avalancha de información fácil, a menudo superficial, obtenida en una pantalla, o por el contrario esto conducirá al deseo de un conocimiento más profundo? ¿Cómo jerarquizar ingentes conocimientos de las que apenas sabemos nada? ¿Una atención discontinua y parcial sobre tantas áreas no devalúa el conocimiento? Éstas y otras preguntas son las que probablemente se formularía Sócrates ante un ordenador… y son preguntas de las que todavía no tenemos respuesta.

En Protágoras, Sócrates también ataca a quienes repiten como loros lo que leen, a las falacias de autoridad, a quienes piensan “igual que los rollos de papiro, incapaces de responder a tus preguntas o de preguntarse a sí mismos.”

Tal vez se impondrá una especie de inteligencia emergente o de inteligencia artificial que deberá actuar como guía del lector. Un orientador a fin de que no naufraguemos ante la avalancha de inputs.

Un ejemplo muy conocido en la ciencia ficción de esta clase de libros interactivos aparece en la novela de Neal Stephenson La era del diamante: manual ilustrado para jovencitas, galardonada con el premio Hugo y el Premio Locus a la mejor novela de ciencia ficción de 1996. En ella se describe un manual con voz e Inteligencia Artificial que educa a su poseedor a la manera socrática: mediante preguntas, sugerencias y pistas, jamás aleccionando o aportando un conocimiento indiscutible. Unos años leyendo este manual pueden convertir a cualquier persona en alguien totalmente diferente.

A las puertas del acceso a la biblioteca de Alejandría, cada vez se vuelven más acuciantes herramientas semejantes a la descrita por Stephenson. Pero como no tengo bola de cristal y como casi todos los pronósticos acaban siendo erróneos, admito que no tengo ni idea de cómo serán las cosas dentro de 10 o 20 años. ¿Y vosotros?

Vía | Cómo aprendemos a leer de Maryanne Wolf

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