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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (I)

Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (I)
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No es la primera vez que desde esta palestra he hecho apología de la claridad expositiva sobre la pedantería, como en Para los que escriben rarito: la pedantería en la no ficción (I) y (y II).

Sin embargo, por mucho que intentemos ser perspicuos (si se me permite la pedantería), el lenguaje no está diseñado para serlo. La claridad expositiva, pues, es un fin inalcanzable, una entelequia.

Si el lenguaje hubiera sido diseñado por un ingeniero tal y como se diseñan los lenguajes informáticos, entonces los intérpretes no tendrían trabajo, y las academias de idiomas serían lugares de paso, sin la necesidad de comprometerse a pagar una cuota de por vida.

Las palabras mantendrían relaciones semánticas entre sí, y los fonemas se pronunciarían de forma consistente. No habría lugar para la ambigüedad, ni las irregularidades sin sentido. Cuando alguien dijera que tiene un disco de Madonna, sabríamos si se refiere a que posee un disco grabado por Madonna o si posee un disco de cualquier otro intérprete que pertenecía a Madonna, por ejemplo. Si el lenguaje no fuera como es, la gente diría lo que quiere decir, y lo dicho significaría exactamente, punto por punto, lo que se pretendía.

Pero las cosas distan mucho de ser así. En ocasiones nos resulta muy difícil encontrar la palabra adecuada, aunque parezca que la tengamos en la punta de la lengua. La gramática no es nada sencilla y nos transporta a situaciones de las que pocos saben salir airosos (¿se dice “Un grupo de personas es” o “Un grupo de personas son”?). La sintaxis de cualquier idioma es un nudo gordiano que parece porfiar en enredarse cada vez más.

Pero si el lenguaje nació aparentemente para comunicarnos entre nosotros, y la mayoría de problemas entre las personas surgen de las dificultades en la comunicación, ¿cómo es posible que el lenguaje parezca estar lleno de parches?

El lenguaje no es un desastre, pero podría ser mucho mejor de lo que es. Estas deficiencias no se deben a cuestiones políticas o culturales, sino a cómo es nuestro cerebro, a cómo está cableado, y s cuáles son las características morfológicas y fisiológicas de nuestro cuerpo. La evolución biológica es la responsable, en último término, de la clase de lenguaje que hoy en día usamos.

Co-articulamos, producimos sonidos de habla diferenciados, en función del contexto, porque producimos el sonido, no pasando cadenas de bits por un amplificador digital a unos altavoces controlados electromagnéticamente, sino moviendo la lengua de aquí para allá en cavidades tridimensionales que en su origen fueron canales para la digestión, no para la comunicación. (…) Porque el lenguaje se construyó rápidamente sobre una azarosa mezcla de mecanismos que inicialmente se desarrollaron con otros fines.

A esto se le suma, como he dicho, las imperfecciones en el diseño de nuestros cerebros, que también son productos azarosos de la evolución. Nuestros cerebros son proclives a la ambigüedad, a la memoria idiosincrásica, a los juicios instantáneos, a las asociaciones arbitrarias, etc. Por tanto, los lenguajes que fabricamos adolecen de idénticos problemas.

Sin embargo, todos estos errores han servido para algo importante. Sin ellos, no existiría la literatura tal y como la conocemos, y la poesía no tendría sentido. Pero sobre las ventajas de nuestros errores inherentes al comunicarnos os hablaré en las próximas entregas de esta serie de artículos.

Vía | Kluge de Gary Marcus

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