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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (III)

Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (III)
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Presumiblemente, un idioma, para ser perfecto, tendría que reunir una serie de características que no reúne ningún idioma del mundo:

-No ser ambiguo (salvo, quizá, cuando el hablante pretende ser ambiguo a propósito).

-Ser sistemático (en lugar de idiosincrásico).

-Ser estable (de manera que, por ejemplo, los abuelos fueran capaces de comunicarse sin fisuras con los nietos).

-No redundante (para no perder tiempo ni energía)

-Y capaz de expresar todos y cada uno de nuestros pensamientos.

Un idioma perfecto sería algo como lo que describió el filósofo Bertrand Rusell:

En una lengua lógicamente perfecta, habrá una sola palabra y nada más que una para cada objeto individual, y todo objeto que no sea simple se expresará mediante una combinación de palabras, mediante una combinación derivada, claro está, de las palabras destinadas a los objetos simples que la integran. Una lengua así será totalmente analítica, y mostrará a simple vista la estructura lógica de los hechos aseverados o negados.

Pero esa lengua no existe en ninguna cultura del mundo. Al menos no de forma que se use normalmente. Y podemos estar razonablemente seguros de que si alguna cultura optara por el uso de una lengua que reuniera todos los requisitos anteriormente expuestos, sería una cultura sin poesía.

Porque la poesía nace precisamente de las deficiencias de la comunicación. El misticismo y la literatura se alimentan de la falta de los requisitos anteriores. La poesía, la literatura y las figuras estilísticas son nuestra forma de sacarle provecho a nuestras imperfecciones inherentes, elevándolas a la categoría de arte.

Y, bueno, también puede ayudar a sacarnos de algún que otro atolladero… que se lo digan a Bill Clinton, cuando declaró a propósito de las supuestas relaciones sexuales con Monica Lewinsky: “Todo depende de cuál sea el significado de la palabra “es”.

Pero aquí hemos venido a hablar de literatura, de modo que ¿cómo nos ayudan nuestros defectos en la comunicación para fortalecer los libros que escribimos?

Por ejemplo, el caso de no ser ambiguo. La ambigüedad es una fuente infinita de juegos de palabras y de descripciones más vivas sobre las cosas. O en el caso de las redundancias, observemos algunas construcciones que seguramente consiguen efectos emocionales inalcanzables por una lengua lógica: pleonasmos como “escribir de su puño y letra”, “callarse la boca” o “verlo con sus propios ojos”.

¿Y la imprecisión? La imprecisión permite que el lector obtenga imágenes más personales de lo que lee. Algo parecido a lo que ocurre con un cuadro impresionista. Si las descripciones fueran precisas y unívocas, no habría lugar para que el lector fuera idiosincrásico en la lectura (a no ser que el escritor omitiera muchos detalles a conciencia).

Y también permite cultivar la filosofía, como veremos en la próxima entrega de esta serie de artículos.

Vía | Kluge de Gary Marcus

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