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Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (y IV)

Todos los errores que cometemos al hablar como forma de enriquecer la literatura (y IV)
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Como os decía en la anterior entrega de esta serie de artículos acerca de las limitaciones del lenguaje como forma de alimentar la literatura, la imprecisión del lenguaje también puede favorecer las elucubraciones filosóficas.

Por ejemplo, la palabra “montón”, como precursora del juego de ingenio filosófico llamado paradoja sorites:

Sin duda, una piedra no constituye un montón. Si una piedra no basta para considerarse un montón de piedras, tampoco bastarán dos, ya que añadir una piedra a una pila que no es un montón no convertirá esa pila en un montón. Y si dos piedras no constituyen un montón, tampoco lo constituirán tres piedras… por una lógica que aparentemente debería prolongarse hasta el infinito. Si nos movemos en dirección contraria, un hombre con diez mil pelos desde luego no es calvo. Pero, con la misma certeza, arrancar un pelo a un hombre que no es calvo no debería producir la transición de la no calvicie a la calvicie. Por tanto, si un hombre con 9.999 pelos no puede considerarse calvo, lo mismo sería aplicable a un hombre con 9.998. Llevando esta misma lógica hasta su extremo, pelo a pelo, al final no podemos llamar “calvo” siquiera a un hombre con cero pelos.

Si los límites de las palabras fueran más precisos, pues, esta clase de razonamientos (supuestamente falaces) tal vez no serían tan interesantes.

¿Y la continúa evolución de los idiomas? Las palabras a menudo cambian de significado cuando transcurren los años. Añadimos continuamente nuevas palabras a nuestro vocabulario, y eliminamos otras. Cambiamos incluso la forma en la que se escriben esas palabras. Y lo hacemos continuamente. Un idioma lógico no debería ser tan poco estable, porque la falta de estabilidad crea brechas en la compresión y distancia entre los hablantes de tiempos pretéritos.

Hasta Platón ya se lamentaba de esta situación en su diálogo Crátilo: “la refinada y elegante lengua de los tiempos modernos ha tergiversado y camuflado y alterado por completo el significado original.

Pero este mejunje de palabras cambiantes permite que la literatura no sea un mero juego del Scrabble consistente en unir letras para conseguir puntos, sino algo mucho más fértil y connotativo… que incluso da de comer a las legiones de exegetas y buscadores de vetas históricas en las simples construcciones de frases.

Sin embargo, no todo el mundo está a gusto en el caos ni considera el caos como una fuente inagotable de creatividad. Incluso los hay que han intentado crear idiomas desde cero que no presentaran ninguna de las deficiencias de nuestros actuales idiomas. Os explicaré algunos de los intentos más curiosos en una próxima serie de artículos titulada ¿Cómo crear la lengua perfecta?

Vía | Kluge de Gary Marcus

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