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¿Un clásico de la literatura es bueno por el hecho de ser un clásico? ¿Y un libro que gusta a la mayoría de la gente? (II)

¿Un clásico de la literatura es bueno por el hecho de ser un clásico? ¿Y un libro que gusta a la mayoría de la gente? (II)
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Todo lo que ya expuse en la primera entrega de esta serie de artículos me sirve para aclarar algunos puntos antes de arremeter con lo siguiente: dada la complejidad arenosa de asuntos como la literatura, el arte y lo que es calificado de bueno y malo, todo el mundo puede, más o menos, posicionarse si dispone de los argumentos suficientes. Son frecuentes las discusiones sobre si Harry Potter o Los juegos del hambre son verdadera literatura o no, sin embargo casi nadie discute si la segunda ley de la termodinámica se cumple en todas las partes del universo o solo en algunas.

(Sí, me diréis: pero la literatura tiene reglas fijas para determinar las bondades de un texto. Cierto. Pero sin reglas que solo existen bajo un consenso, no se desprenden de una realidad objetiva).

Pero lo más llamativo es que esa discusión también existe entre los expertos en literatura. Y si no se produce, debería producirse. Si se produce es porque, como he apuntado anteriormente, todo parece discutible si se dispone de los argumentos suficientes. Pero si no se produce es porque en el ámbito de la literatura, así como en las ciencias sociales, florece con más facilidad el argumento de autoridad.

Cuando las cosas son como son y la única forma de discutirlas es demostrar que son falsas con pruebas verificables (método científico), resulta complicado que surjan figuras respetadas simplemente por su apellido y no por el fruto de su trabajo. Einstein no es respetado porque se llame Einstein sino porque revolucionó la Física. Lo mismo hizo Darwin con la Biología. (Con todo, la Física y la Biología hubieran llegado igualmente a ser como son ahora aunque Einstein y Darwin no hubieran nacido). Sin embargo, para obtener respeto en el ámbito de la literatura no es condición sine qua non el revolucionar la literatura en algún aspecto (principalmente porque no es posible revolucionarla aún: solo se avanza y se retrocede por la misma guía de opiniones). Quedaos con la idea conceptual, obviamente hay muchos matices que la extensión de este artículo no me permite desarrollar.

Dicho lo cual, la mejor forma de parecer un experto o ser respetado por los expertos es opinar tal y como lo hacen los expertos. Hacer lo contrario podría condenarte a soportar una serie de arqueos de ceja escépticos, tal y como me estará ocurriendo ahora a mí (suponiendo, como dijimos, que sé más que vosotros y que soy un experto de alto nivel). La mejor manera de encajar entre los que dicen saber es ponerse frente a determinada obra de arte considerada buena por el establishment y fingir (o aprender a fingir hasta el punto de que tú mismo te lo creas) que sientes algo similar a lo que afirma el establishment, y que sus valoraciones son naturalmente objetivas e indiscutibles.

Por ejemplo, es el argumento que me aportan muchos cuando asevero que determinada obra clásica me parece un pestiño. Me dicen: pues si es un clásico universal y aún se sigue leyendo será porque tiene cualidades intrínsecas que la hacen merecedora de ese estatus.

Pero eso, de nuevo, es simplificar la literatura y la relación que el ser humano mantiene con el arte y la belleza. Y, por supuesto, también es simplificar cómo funciona nuestro cerebro o cómo se propagan las tendencias sociales. Desde las ciencias naturales, todo ello lleva décadas teniéndose en cuenta. Desde las ciencias sociales más blandas, como la literatura, apenas se invoca: mayormente porque el experto ignora lo que se cuece en lugares como el MIT o porque directamente lo desdeña.

Por ejemplo, existen miles de experimentos psicológicos para demostrar cómo nuestras opiniones o incluso nuestras percepciones estéticas se ven influenciadas por el entorno o por lo que piensen las personas que nos rodean (o más exactamente, las personas por las que competimos en prestigio o a las que queremos parecernos). El más clásico de ellos pertenece a Salomon Asch, y muestra de forma sencilla cómo la opinión unánime, en cualquier contexto, no es significativo de nada (salvo si esa opinión se puede respaldar y verificar con herramientas objetivas, tal y como ocurre en la ciencia dura).

Os explicaré el experimento en la tercera entrega de esta serie de artículos. Preparaos porque será la última entrega, y en ella sacaré toda la artillería.

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