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¿Un clásico de la literatura es bueno por el hecho de ser un clásico? ¿Y un libro que gusta a la mayoría de la gente? (y III)

¿Un clásico de la literatura es bueno por el hecho de ser un clásico? ¿Y un libro que gusta a la mayoría de la gente? (y III)
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El experimento que os referí en la anterior entrega de este artículo consistía en sentar a varias personas en una mesa para mostrarles un par de tarjetas, una con una línea y la otra con tres líneas de diferentes longitudes, llamadas A, B y C. El experimentador les solicitaba entonces que dijeran cuál de las tres líneas tenía la misma longitud que la línea de la primera carta. Era una tarea sencilla, pero tenía truco: todas las personas sentadas a la mesa, menos una, eran actores contratados por Asch.

Cada uno de estos actores fue dando la misma respuesta equivocada. Cuando Asch llegó al verdadero sujeto del experimento, el pobre hombre se sentía inseguro porque él no creía que dichas respuestas fueran verdaderas. Pero tenían que serlo si todos ellos habían afirmado tal cosa. Así que el voluntario simplemente creyó que sus ojos le engañaban, que estaba equivocado.

Y bastaron simplemente tres actores para producir este efecto. Imaginaos lo que ocurriría si el efecto estuviera producido por miles de personas, por personas incluso que ostentan posiciones académicas respetables. Imaginaos lo que ocurriría si, al afirmar que determinada obra clásica es insufrible y no tiene ningún valor intrínseco salvo los años que acumula, una pléyade de personas te calificaran de inculto.

Es justo lo que se pensará de mí por escribir este artículo. Aunque a lo mejor os sorprenderá saber que un gran número de expertos en literatura opinan lo mismo que yo. Y también un gran número de expertos en psicología, antropología y filosofía. Y, por supuesto, es lo que opina una gran mayoría de expertos que estudian en el MIT o Silicon Valley, que dan por supuesto que es una pérdida de tiempo seguir discutiendo con expertos en literatura sobre estos asuntos hasta que la literatura no dé el salto cognitivo que ya empieza a necesitar.

Tal y como señala el experto en literatura John Shuterland a propósito de la influencia de los expertos en tu audacia intelectual:

Una de las maneras en que los académicos, críticos y expertos miden su estatura es viendo con qué frecuencia sus colegas citan sus trabajos. Las puntuaciones se registran con exactitud en el inmenso Arts and Humanities Citation Index (AHCI). Se trata de un asombroso banco de datos. Por ejemplo, la aparición de los teóricos franceses de principios de la década de 1980 está registrada con todo detalle, con Michael Foucault y Roland Barthes a la cabeza de las autoridades citadas en todas las artes y campos de las humanidades, con cientos de éxitos cada uno. (…) La modestia debería prohibírmelo, pero no lo hará: John Shuterland tiene una respetable puntuación de 218.

Cuando se tenga en cuenta todo ese conocimiento multidisciplinar y se combine en una especie de Consilience como la que ya proponía Edward O. Wilson, empezaremos a captar la complejidad incomensurable de la literatura, el arte y lo bueno y lo malo. Y será solo el principio: habrá que transformar el estudio de la literatura de tal forma como se está transformando el estudio de la historia gracias a la genética de poblaciones.

Así que tomaos este artículo un poco incorrecto para empezar a pensar sobre el tema desde otra perspectiva. Y para discutirlo. Y para tratar de averiguar si estáis en lo cierto o solo os habéis dejado atrapar por una serie de tópicos que te evitan miradas suspicaces y levantamientos de ceja escépticos.

El cualquier caso, aquí abajo tenéis los comentarios para tildarme de imberbe, ignorante o lo que os apetezca. Que también me gusta.

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