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¿Un paisaje de Monet… o unos lindos gatitos? No lo pienses demasiado

¿Un paisaje de Monet… o unos lindos gatitos? No lo pienses demasiado
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El arte no es razón, sino sentimiento (o no es exclusivamente razón). Por ello, a la hora de racionalizar nuestros gustos o apegos estéticos, naufragamos. Por ello, también, hay obras que se consideran excelentes por parte de un grupo de expertos, y sin embargo resulta indigesta para otro.

Porque la razón entorpece el arte. Y por ello también somos capaces de escoger unos lindos gatitos en vez de un paisaje de Monet.

Un experimento realizado por Timothy Wilson, psicólogo de la Universidad de Virginia, aporta evidencia al respecto. El experimento de Wilson consistió en solicitar a un grupo de universitarias que escogieran su cartel preferido.

Entre los carteles disponibles estaban un paisaje de Monet, un cuadro de Van Gogh con lirios morados y tres carteles muy graciosos y muy monos de gatitos.

El grupo de universitarias se dividió en dos. El primero subgrupo debía simplemente puntuar del 1 al 9 los carteles, a ojo cubero. El segundo subgrupo, sin embargo, debía rellenar unos cuestionarios donde se les preguntaba por qué les gustaba o no cada una de las cinco opciones; y a continuación ya podían puntuar. El experimento concluía así: cada universitaria podía llevarse a su casa su cartel favorito.

Estamos hablando de universitarias, así que ya os podéis imaginar el resultado: el 95 % escogieron Monet o Van Gogh. (Ojo, no sugiero que las universitarias tengan mayor o menor sensibilidad artística per se, sino que las universitarias encajan generalmente en una serie de arquetipos en los que caben obras de arte de este calado por encima de carteles más comunes: es decir, no sólo escogen porque les gusta la obra de arte sino porque se espera de ellas que escojan la obra de arte: no hacerlo las convertiría frente a los demás, quizá, en unas simplonas).

¿Qué pasó con las universitarias que tuvieron que justificar sus gustos en el cuestionario? Se dividieron en partes iguales entre los cuadros y los gatos divertidos. La explicación de ello la aporta el propio Wilson:

Al contemplar un cuadro de Monet, en general la mayoría de las personas tienen una reacción positiva. Al pensar por qué sienten tal o cual sensación, sin embargo, lo que les viene a la cabeza y es más fácil verbalizar quizá sea que algunos de los colores no son muy agradables y que el tema, un pajar, es bastante insulso. Como consecuencia de ello, las mujeres acabaron seleccionando los pósters graciosos de felinos, aunque sólo fuera porque éstos les permitían explicarse mejor.

Al cabo de un tiempo, las universitarias seleccionadas fueron sometidas a otra entrevista en la que se les preguntó hasta qué punto estaban satisfechas con el cartel escogido para su casa. El 75 % de las que escogieron gatitos, lo lamentó. Pero nadie se arrepintió de su elección de Monet o Van Gogh.

Las mujeres que hicieron caso a sus emociones acabaron tomando decisiones mucho mejores que las que confiaron en su capacidad de razonamiento. Cuanto más pensaban en los pósters que querían, más engañosos se volvían sus pensamientos. El autoanálisis se traducía en menos conciencia de uno mismo.

Algo parecido ocurre con la música, concretamente con los cantantes o los músicos ejecutantes. Existen casos de estrellas de la ópera que, justo una noche en la que se pide lo mejor de ellas, acaban por cometer clamorosos errores. Estos problemas pueden volverse crónicos, hasta el punto de que una estrella de la ópera se puede llegar a plantear abandonar porque ya no es capaz de cantar bien. Como si lo hubiera olvidado todo.

La razón última de este proceso es el exceso de razón, de pensamiento. Ello menoscaba la naturalidad. Es lo que los cantantes llaman “ahogamiento”: lo único que incapacita al intérprete son sus propios pensamientos.

Señala Johan Lehrer:

Aunque pueda parecer una categoría amorfa de fracaso, o incluso un caso de exceso de emoción, en realidad el ahogamiento se debe a un error mental concreto: pensar demasiado. En general, la secuencia de episodios es como sigue: su una persona se pone nerviosa sobre su actuación, por lógica se vuelve más autorreflexiva. Empieza a centrarse en sí misma, intentando asegurarse de no cometer fallos. Comienza a inspeccionar acciones que como mejor se realizan es como el piloto automático.

Así es el arte. Visceral, emotivo, epidérmico, límbico. La razón poco o nada puede hacer ahí. Las exégesis, a veces, le quitan la gracia. ¿Tal vez sólo existe un análisis perfecto pero, a causa de limitaciones epistemológicas, nos limitamos a dar válidas cualquier exégesis porque no hay forma de impugnar lo que ignoramos? Ya estoy pensando demasiado

Vía | Cómo decidimos de Jonah Leherer

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