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Una visita con mi abuela a la biblioteca de mi infancia

Una visita con mi abuela a la biblioteca de mi infancia
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Abuela –le dije una tarde-, ¿podemos ir a aquel sitio?
-¿Adónde?
-Allí –le señalé con el dedo. –Me han dicho mis amigos que hay muchos libros y revistas.
-Ah, eso. Es la biblioteca del barrio.
-Entonces, ¿qué?
-¿Qué de qué? –Aquel alarde de retórica unió a la impaciencia el desconcierto.
-Que si me llevas.

Cruzamos toda la plazoleta, y luego recorrimos un sendero de grava que nos condujo a la puerta principal de la biblioteca, custodiada por dos altos cipreses. Era un edificio de dos plantas, rectangular, de líneas sobrias y fachada restaurada hacía poco tiempo.

La barahúnda del exterior (sobre todo la monótona cantinela de una anciana que voceaba cupones) fue sofocada como por ensalmo al adentrarnos en el vestíbulo. Resaltamos enseguida, a los pocos segundos de franquear la puerta, ya que el lugar no estaba precisamente concurrido. En realidad no era la primera vez que entraba en una biblioteca, pero sí era la primera vez que entraba con mi abuela, que sinceramente no era muy leída.

Me acometió la imperiosa necesidad de contaminarla del entusiasmo que me embargaba; de explicarle lo fascinante que sería leer aquellos volúmenes; que todas aquellas obras eran una suerte de ruedas Catalinas, pequeñas y sin importancia aparente, pero decisivas para el devenir del tiempo y el movimiento hacia el futuro. Pero cuál fue mi sorpresa al advertir como ella, por sí misma, avanzaba por el vestíbulo, pasando junto a las fotocopiadoras, las vitrinas de exhibición de los recursos de reciente ingreso en el sistema y el mostrador de Circulación y Préstamo, tomaba un diccionario, ubicado en las estanterías que rodeaban la sala de lectura, y lo abría por la primera página.

Me acerqué, asomándome a las mohosas páginas del volumen número tres de un lexicón de griego clásico. Parecía que lo estaba leyendo, pero mi abuela no era capaz de tal cosa. No era ciega, ni tampoco padecía alexia, una incapacidad para descifrar la escritura producida por una lesión de la circunvolución angular del neocórtex, en el lóbulo parietal. Simplemente era analfabeta, la lesión había sido cultural, no cerebral. Se detuvo en algunas páginas, observando aquellas indescifrables líneas repletas de palabras y definiciones, hasta que lo cerró y, con una sonrisa en los labios, me preguntó si no sería más divertido mirar un libro con dibujos o fotografías.

Aquella no era la Biblioteca Lenin de Moscú, ni la Biblioteca del Congreso en Washington, ni siquiera la Biblioteca Nacional de Pekín, la Nationale de París o la Británica de Londres… y mucho menos la de Alejandría. Pero no importaba. Los libros son idénticos en todos los sitios.

Para mi abuela, sin embargo, la mayoría de libros solo estaban llenos de garabatos de una excesiva horizontalidad. Aún hoy me sorprendo de la paciencia de mi abuela. Sabía de su aburrimiento en aquel lugar incomprensible para su masa gris, pero jamás me lo comunicó directamente, supongo que por temor a que me enfadase con ella.

Tan sólo se limitaba a lanzarme indirectas y a observar mi trabajo, intentando adivinar cómo lograba entretenerme durante tanto tiempo con aquellas líneas aserradas (como las que muestran las constantes vitales en el monitor de un hospital) y ondulantes (como un osciloscopio de rayos catódicos), para terminar exhalando un suspiro. Me sentía como Edward Gibbon elaborando su Decadencia y caída del Imprerio Romano, escrutado constantemente por el primer duque de Gloucester, William Henry:

Otro maldito libro, grueso y cuadrado. ¡Siempre garabateando, garabateando y garabateando! ¿Eh, señor Gibbon?

Cerré el libro y, armándome de paciencia, traté de explicarle porqué no era extraño que me fascinara la lectura.

-Estos libros que estamos mirando ahora han costado tanto o más que el transistor que te pones por las noches, pero los libros están construidos esencialmente de neuronas.
-¿Neronas?
-O sea, cerebros. Es como si la gente que hace estos libros copiara una parte de su cerebro a estas páginas, yo las leo, y por eso aprendo tantas cosas, porque estoy leyendo los cerebros de otras personas.
-¡Anda! Entonces… ¿por eso sabes tantas cosas?
-Por eso. Imagínate que puedes meter en un libro tus recuerdos del verano que pasaste en Valverde del Camino. O cualquier otro recuerdo.
-Mi primer novio, el Antonio, que era muy alto y fuerte.
-Pues eso. Lo metes en un libro y luego otras personas pueden enterarse de lo alto y fuerte que era Antonio.
-Vaya…
-Imagina poder leer con todos los detalles que quieras como dos chicos se suicidan porque sus familias no quieren que se amen como lo hacen, como un estudiante confiesa haber asesinado con un hacha a un prestamista y a un dependiente o como un príncipe se salva de que lo condenen por matar a su madre para vengarse del asesinato de su padre.
-¿Todo eso lees?

Me había referido a Romeo y Julieta, de Shakespeare, a Crimen y castigo, de Dostoievsky y a Las Euménides, de Esquilo. Mi abuela no lo sabía y lamentablemente nunca lo descubriría (salvo en alguna versión televisiva de las obras).

Ella examinó de nuevo el libro, frunciendo el entrecejo. Mi explicación la había entusiasmado, pero comprendía que, a pesar de todo, su lesión cultural le hacía contemplar la lectura como una actividad aburrida: debía fijar la mirada en un objeto plano, grueso, elaborado con pulpa de madera... tarea que de inmediato transformaba mi metáfora de los cerebros plasmados en papel era una fantasía infantil.

Me hubiese gustado, sinceramente, que algún día mi abuela escuchase la voz que resuena en la mente de cualquier lector cuando éste pasea sus ojos sobre las letras… como tú. (¿Qué tal? Ehh… ehh… hola, hola, ¿oyes como resuena mi voz? Ahora continúa, y perdona esta intromisión ilícita en tu cabeza).

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