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Usando las matemáticas para analizar obras literarias (I)

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Quienes me leéis a menudo ya conocéis mi rechazo a la exégesis literaria que se aparta de lo técnico y pisa el jardín de lo estético, cuando lo estético solo es un convenio. Naturalmente, ello incluye que una obra nunca será mejor que otra, en conjunto, por sus características técnicas (si acaso será más compleja en esas características, pero no más).

En ese sentido, el análisis de textos, cada vez más, deberá estar sometido a métodos matemáticos. Porque los departamentos de matemáticas pueden decirnos mucho acerca de las estructuras literarias, y probablemente las sedes de la crítica literaria deberán empezar a tomar cartas en el asunto.

Esta visión matemática o académica, insisto, no debería reflejar nada acerca de la belleza de un texto, o incluso acerca de la conveniencia de leerlo (basta ya de que en el colegio se trate de inspirar el amor por la literatura leyendo versiones adelgazadas de clásicos como Don Quijote). De lo contrario, incurriríamos en un error semejante al observado entre un miembro de la familia al afirmar que daría su vida por dos hermanos o por ocho primos: en las relaciones afectivas, el altruismo florece naturalmente, y resulta grotesco usar las matemáticas de los genes y la selección por parentesco para determinar hasta qué punto debemos invertir esfuerzo en uno u otro miembro del clan familiar.

Lejos de los coleccionistas del modelo aforístico, los haikus japoneses o el silencio a la palabra propuesta por el Tao Te Ching (quien sabe no habla, quien habla no sabe), la prolijidad de determinados autores permite emplear modelos matemáticos que acaso nos descubran secretos ocultos en los textos, como el armazón de un edificio.

Por ejemplo, en La vida, instrucciones de uso, de George Perec, leemos la fotografía de un instante de la vida de una comunidad de vecinos de diez pisos, cada uno con diez habitaciones: es decir, cien lugares en total. Cada lugar posee su propio capítulo. Y éstos corresponden a las casillas de un tablero de diez por diez.

Perez decidió que las distintas habitaciones debían contener, cada una, un persona que realizase una acción, y que debía existir diez tipologías de personajes, y diez acciones, tal y como explica Piergiorgio Odifreddi en su libro Elogio de la impertinencia:

Para determinar la disposición de las parejas personaje-acción en cada habitación, Perec decidió que las tipologías debían ser combinadas entre sí de manera más inventiva que en la batalla naval, en la que la primera línea contiene las parejas A1, A2, A3…, la primera columna las parejas A1, B1, C1… y así sucesivamente. El matemático Claude Berge le sugirió que dispusiera las letras de tal modo que cada una apareciera una y sólo una vez en cada línea y en cada columna, y que hiciera lo mismo con los números. No es en absoluto obvio que esto sea posible, hasta el punto de que en el siglo XVIII el famoso matemático Euler había conjeturado que no lo era.

Gracias a sus cuadernos preparatorios, sabemos que Perec sí que lo consiguió, gracias a que el problema que le planteaba tal estructura fuera resuelta en 1959 por los matemáticos Parker, Bose y Shrikhande. Así, de estos cuadrados alfanuméricos, es decir, compuestos por parejas de letras y números, usó nada menos que 21, para decidir los detalles de la estructura de su novela.

Para que la novela no fuera aburrida, Perec no se limitó a describir ordenadamente cada habitación sino que siguió el movimiento de un caballo de ajedrez por el tablero: es decir, una casilla en una dirección y dos en la otra. Pero entonces Perec se enfrentó a otro problema: ¿cómo recorrer todas las habitaciones sin traicionar este movimiento equino?

En el caso del caballo sobre un tablero de ajedrez se conocían varias soluciones desde el siglo XVIII, pero Perec ideó una propia, con algunas particularidades: por ejemplo, la primera casilla y la última no están conectadas por un movimiento, lo cual hace que la novela sea abierta, en vez de cerrada cíclicamente sobre sí misma.

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