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Astérix y Obélix, mucho más que un cómic para niños (I)

Astérix y Obélix, mucho más que un cómic para niños (I)
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Habiendo nacido a principios de los 80 pertenezco a una generación intermedia dentro del mundo del cómic: no viví la primera gran época del tebeo español (‘El Capitan Trueno’, ‘El Jabato’, ‘Hazañas Bélicas’, ‘Príncipe Valiente’...) ni llegué a entrar en la fiebre del manga, pues me quedé en aquellas míticas series de televisión como ‘Heidi’ y ‘Marco’ o las más ochenteras ‘Dragon Ball’ y ‘Dr. Slump’. Así pues, en lo que a las historietas se refiere, mi infancia estuvo marcada por obras españolas como ‘Mortadelo y Filemón’, ‘Zipi y Zape’, ‘Anacleto, agente secreto’, ’13, Rue del Percebe’..., y las francófonas ‘Tintín’, ‘Lucky Luke’ y, sobre todas ellas, Astérix y Obélix.

Mi idilio con la obra de René Goscinny y Albert Uderzo comenzó antes de que supiera leer: cogía los álbumes y pasaba las hojas tranquilamente, recorriéndolas de arriba a abajo y de izquierda a derecha, siguiendo el guión de la historia a través de los dibujos. Me convertí en seguidor, digo más, en amigo de tan singular pareja y les he sido fiel desde entonces, volviendo a disfrutar sus álbumes una y otra vez. A continuación os ofrezco un personal análisis de la obra, centrándome en algunos de los aspectos que me parecen más interesantes.

Astérix y Obélix, una oda a la amistad

El principal mérito de la obra de Goscinny y Uderzo, sobre cualquier otra virtud, es que supone una extraordinaria apología de la amistad. Sus principales protagonistas son dos hombres muy diferentes: Astérix es una persona inteligente, prudente, responsable y siempre antepone la astucia a la fuerza; Obélix es un tipo glotón y brutote, algo torpe y despistado, pero bonachón y amoroso (¡y no está gordo, sólo algo rellenito…!). Ambos son bastante cabezones y a veces discuten airadamente durante sus aventuras, pues suelen tener dos visiones muy diferentes sobre lo que debe hacerse. Pero siempre, sin excepción, acaban acercando sus posturas, fundiéndose en un abrazo para pasar página y seguir adelante juntos.

asterix-obelix.jpg
Nunca se meten en líos por su cuenta pues todas sus aventuras comienzan a partir de dos premisas: o bien salen de su aldea para protegerla de los muchos peligros que la acechan o acuden a la ayuda de otros pueblos amenazados. Las vicisitudes de la pareja de héroes galos los llevan por todo el mundo romano (Helvecia, Bretaña, Hispania, Bélgica… e incluso el Egipto de Cleopatra) y más allá, como cuando viajan a la India, llegan a América o encuentran la mítica Atlántida. La pareja de galos siempre salen victoriosos y vuelven a su aldea, donde son recibidos como héroes y celebrando un banquete junto a toda la aldea (exceptuando, claro está, al bardo Asurancetúrix).

Como ocurre con tantas otras parejas de la literatura (enseguida vienen a la cabeza Don Quijote y Sancho Panza), ninguno sería el mismo sin el otro. No habría Astérix sin Obélix y viceversa. Siempre están juntos y las pocas veces que se ven obligados a separarse, toda obligación queda en un segundo plano porque acudir uno en la ayuda del otro pasa a ser la más urgente prioridad. Más que nada, por encima de cualquier otra consideración, son una pareja de amigos dispuestos a ir al fin del mundo siempre y cuando vayan de la mano. Por ello nunca hablo de ‘Las aventuras de Astérix’ sino de las de ‘Astérix y Obélix’.

Reescribir la historia con ironía y sin revanchismo

De todos es conocido el supuesto con el que comienzan las aventuras de Astérix y Obélix:

mapa-aldea-gala.jpg
Estamos en el año 50 antes de Jesucristo. Toda la Galia esta ocupada por los romanos… ¿Toda? ¡No! Una aldea poblada por irreductibles galos resiste todavía y siempre al invasor.

A partir de esta invención, Goscinny y Uderzo se atreven a cambiar la Historia: Julio César y sus antecesores han conquistado todo el mundo conocido, imponiendo la pax romana en todo el territorio, exceptuando a una pequeña aldea de Armórica, en el noroeste de la Galia. Dicha población está regida por Abraracúrcix, un jefe tribal orgulloso de su raza, y se mantiene fuera del dominio romano gracias a la inusitada fuerza que les ofrece una poción mágica de su druida Panorámix. La aldea está situada a las orillas del océano y rodeada por cuatro campamentos romanos.

Ahí comienza el juego que plantan sus creadores: los romanos no son capaces de conquistar ese pequeño territorio y por más que César se empeñe, cada relevo de legionarios acaba viviendo totalmente acongojado por esos locos e irreductibles galos. Los romanos son constantemente ridiculizados por los galos y acaban invariablemente malparados. Pero el tratamiento de este giro histórico no posee el mínimo ápice revanchista por parte de Goscinny y Uderzo; no está exento de cierta mala leche, pero siempre haciendo gala de un fino humor, plagado de ironía y segundos sentidos.

Téngase en cuenta un aspecto que no se plantea expresamente en la obra, pero en el que hay que reparar precisamente por omisión: los irreductibles galos no utilizan el poder de su poción mágica para reconquistar su país y echar a los romanos; un gran mensaje: utilizan su poder para que nadie les pase por encima, pero no lo usan para pasar ellos por encima de nadie. Es un arma de naturaleza eminentemente defensiva a la que sólo acuden en caso de necesidad. En ciertas ocasiones aparece algún personaje que les pide la receta de la poción y los propios galos bromean sobre la posibilidad de “comercializarla”, pero finalmente, con Panorámix a la cabeza, se niegan a que nadie más disponga de un arma que nada bueno traería si cae en las manos equivocadas.

En muchos de los álbumes Astérix y Obélix viajan a otros países (o provincias romanas, según se mire) y siempre se muestran abiertos a los rasgos culturales de cada lugar (aunque Obélix siempre pregunte si hay jabalí para comer) y hacen amigos allá por donde van. Ni siquiera son agresivos con la cultura romana e incluso llegan a toparse varias veces con el mismísimo Julio César; dichos encuentros son bastante cordiales y respetuosos, con el dictator (mal llamado ‘emperador’ en esta obra y otras muchas) reconociendo el especial valor de los galos. Y, a su vez, los galos admiran y disfrutan algunos de los avances de la cultura latina, como son las carreteras empedradas por las que viajan o los baños y saunas que visitan en alguna ocasión. Eso sí, presumen constantemente de su cultura y no cabe duda de que viven a su manera. De este modo cumplen el rol de embajadores de la cultura gala, no sólo dentro de las historietas, sino principalmente para los lectores (no olvidemos que sus autores se dirigen principalmente a un público francófono).

Goscinny y Uderzo modifican ‘la Historia’ en favor de ‘su historia’ y se permiten bastantes anacronismos, pero no por ello dejan de tener un claro carácter divulgativo. Acompañando a Astérix y Obélix visitamos un gran número de regiones y pueblos y aprendemos con ellos algunos rasgos característicos de los mismos; si bien es cierto que los autores acuden muchas veces a los tópicos no por ello dejan de enseñarnos muchas cosas, tanto a los más pequeños como a los lectores adultos. Así pues, ‘Las aventuras de Astérix y Obélix’ cumplen con la máxima de la estética epicúrea, docere, movere et delectare, o lo que es lo mismo: instruir, conmover y deleitar.

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