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Astérix y Obélix, mucho más que un cómic para niños (II)

Astérix y Obélix, mucho más que un cómic para niños (II)
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El humor y los diferentes niveles de lectura

Las aventuras de Astérix y Obélix no están sólo enfocadas para los más jóvenes, sino que tras su apariencia de cómic infantil o juvenil, se esconde una obra más compleja, con más capas que la exterior. Los niños disfrutan con las aventuras de una pareja de amigos, a los que acompaña un perrito encantador, que se meten en un montón de líos en los que siempre acaban dándole unas tortas a los romanos.

Los adultos, en cambio, se deleitarán con el fino humor de los guiones, repleto de geniales juegos de palabras y referencias al mundo clásico (muchas de ellas irónicas), así como de los “cameos” de algunos personajes famosos, tanto del mundo real como de la ficción: en Bretaña se encuentran con un grupo de bardos de gran éxito sospechosamente parecidos a The Beatles, el líder de los esclavos fugitivos en ‘El Mal Trago de Obélix’ no sólo se llama Spartakis, sino que su cara recuerda irremediablemente a Kirk Douglas, al igual que el druida-espía Cerceroseix, de ‘La Odisea de Astérix’, es clavadito al Sean Connery de los años 60.

En gran parte el singular humor de las aventuras de Astérix y Obélix surge de los guiones de Goscinny, pero no por ello hay que desmerecer el trabajo de Uderzo. Sus dibujos van ganando en riqueza y expresividad a medida que el diseño de los personajes evoluciona y no cabe duda de que sus ilustraciones son el marco perfecto para el genio de su compañero guionista; asimismo, también hay que tener en cuenta que el propio Goscinny no se queda atrás y sus guiones se van enriqueciendo con bromas internas y cargándose de ironía con la publicación de cada álbum.

Y es que cada número de la colección contiene grandes momentos de diferentes tipos de humor, tanto de aquel que nos hace estallar en carcajadas como de aquel que nos hacer sonreír de un modo más íntimo y racional. A continuación destacaré algunos de los momentos que me resultan especialmente cómicos; algunos de ellos habían pasado totalmente desapercibidos en mis primeras lecturas infantiles y posteriormente redescubiertos como lector adulto. No son tantos como querría por cuestiones de espacio, pero espero que sirvan como justa muestra del ingenio de sus autores:

  • En ‘Astérix y Cleopatra’ presentan el diálogo entre la faraona y su arquitecto Numerobis con escritura jeroglífica y una nota del autor aclara: “Para mayor comodidad de nuestros lectores, les ofrecemos una versión doblada del diálogo”. Y por si fuera poco, una viñeta después nos dice lo siguiente: “El movimiento de los labios no corresponde exactamente a lo que dicen los personajes pues en aquella época la técnica de doblaje no estaba muy perfeccionada”.
  • En ‘Astérix y el Caldero’ aparece una mordaz crítica a la burocracia. Cuando nuestra pareja de héroes se topan con el recaudador de impuestos romano deciden robarle. Al acercarse a la caravana el cobrador les asalta a preguntas y para cada una de ellas ofrece diversas opciones de respuesta con sus correspondientes casilleros para marcar. Pero no acaba ahí la cosa, sino que una vez ejecutado el robo (con la consiguiente paliza a los escoltas romanos) el recaudador se muestra más indignado por el hecho de que no le hayan firmado un recibo que por el robo en sí.
  • En ‘El Mal Trago de Obélix’ nos encontramos a Julio César comentándole a Cleopatra que unos esclavos le han robado una galera y que si se hace público será “el hazmerreír de todo el Mundo Antiguo”. Cleopatra le replica que ya se da el caso por culpa del pueblo de irreductibles galos, a lo que César responde: “Bueno, bueno, los comentarios me los reservo yo…”, en clara referencia a su obra más famosa, ‘Comentarii de Bello Gallico’ (‘Comentarios a la Guerra de las Galias’), libro en el que el propio César narra, en tercera persona, su conquista de la Galia.

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Además hay una serie de gags recurrentes (running-gag, como dirían los bretones) que aparecen una y otra vez sin resultar repetitivos, sino que el efecto es justamente el contrario: los lectores los esperamos con apetito.

El más famoso es el ¡Están locos estos romanos! de Obélix, con el que subraya alguna característica de sus amados enemigos que no llega a comprender; pero los romanos no son las únicas víctimas de la crítica de Obélix, pues el portador de menhires echa mano de su frase con otros pueblos. Dos ejemplos: cuando viajan a Bretaña el galo más rellenito no deja de alucinar con las costumbres bretonas, empezando por su extraña forma de hablar, pasando por el hecho de que beban la cerveza tibia o conduzcan los carros por la izquierda y acabando con el infame sacrilegio de comer el jabalí hervido, así que les dedica su famosa frase. Y cuando acaban en Norteamérica en ‘La Gran Travesía’ Obélix cree que los indios son mercenarios de alguna provincia romana, así que ante su rareza no duda en afirmar ¡Están locos estos cretenses!

Otros gags recurrentes son las numerosas caídas de Abraracúrcix de su escudo, por las que siempre culpa a sus portadores, dos verdaderos sindicalistas descontentos con sus condiciones de trabajo. Esautomátix, el herrero, raramente acaba un álbum sin hacer una de las dos siguientes cosas: pelearse con Ordenalfabétix, el pescadero, por el hedor de su mercancía y amenazar y/o mamporrear a Asurancetúrix para que no se atreva a cantar. El propio Julio César tiene el suyo, pues no deja pasar la ocasión de decirle a su hijo Brutus, con más o menos mala leche, aquello de Tu quoque, fili (“¿Tú también, hijo mío?”), que aquí deja de ser la (ficticia) última y dramática frase del dictator para convertirse en una broma desternillante.

Y por último están los piratas, una tripulación de corsarios que se mueven por la costa gala y que tienen un mal hado: siempre se encuentran, de un modo u otro, con Astérix y Obélix (¡Los ga…! ¡Los ga-ga…! ¡Los gaaaalos!) que siempre se aprovechan de ellos de alguna manera y muchas veces acaban provocando el hundimiento de su drakkar. Entre ellos hay un personaje que me lleva al siguiente punto, pues en las historietas de Goscinny y Uderzo existe otro nivel de humor al que tiene acceso un público menor, pero que me merece una especial mención por su genialidad: las citas latinas que hacen algunos romanos y, sobre todo, las del viejo pirata Patapalo, de las que hablaré en un futuro post.

En Papel en Blanco | Astérix y Obélix, mucho más que un cómic para niños (I)

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