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'The Forty-Niners' y 'Albion', de Alan Moore

'The Forty-Niners' y 'Albion', de Alan Moore
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No debe ser fácil llevar el peso de ser considerado el mejor autor de cómics de la historia. Alan Moore ha gozado oficiosamente de ese título por casi tres décadas, y méritos no le han faltado. Fue el primero en darle dimensión de profundidad a los personajes planos de la historieta y convertir el lenguaje del cómic en expresión literaria. Sus superhéroes autoconscientes y existenciales de Watchmen fueron suficientes como para transformar el género para siempre jamás. Y sin embargo cabe preguntarse veinte años después lo que jamás pensé que diría, que la fórmula se ha agotado. O que el mago Moore está perdiendo la chispa.

En el mundillo irregular del cómic Alan Moore es uno de esos nombres incompatibles con el fracaso. Podrán hacerlo mejor o peor, más conseguido o no, pero son simplemente incapaces de hacer un mal cómic. Un problema con Moore es que quizás nos tiene acostumbrados a la excelencia, a verle producir una obra maestra una tras otra. Pero el síntoma que aparece en dos de sus últimas obras, The Forty-Niners y Albion, no es sólo una calidad aceptable sino una falta de creatividad al borde del autoplagio.

Vamos por partes, como dijo el protagonista de From Hell. The Forty-Niners es una suerte de 'precuela' a la serie en doce tomos del propio Moore Top Ten, que nos sitúa en una ciudad habitada enteramente por superhéroes y personajes de historieta en la que el cuerpo de policía se enfrenta a casos disparatados, desde infracciones de tráfico causadas por teleportadores a redes de pederastia camufladas bajo 'ligas de la justicia'. En The Forty-Niners asisitimos a la fundación de la ciudad justo después de la segunda Guerra Mundial y conocemos el trasfondo de alguno de los personajes más veteranos.

Albion, por su parte, es más difícil de definir. Un aficionado a las historietas británicas clásicas descubre que todos los personajes son reales y llevan desde la era Thatcher encerrados en un castillo escocés convertido en penal de máxima seguridad. Junto con la hija de uno de estos personajes y una leyenda popular del siglo XIX emprenderá la misión de liberarlos.

En ambas series encontramos una constante de Moore: la del afán recopilatorio y documental. De la misma manera que en Miracleman y Watchmen tomó a personajes convencionales ya existentes y les confirió espesor humano, aquí seguimos reconociendo figuras un tanto desubicadas al tener que comportarse como seres reales. El problema es que un rasgo que se advertía en la - a pesar de todo brillante - Liga de los hombres extraordinarios se exacerba aquí, y es que Moore parece querer reescribir por completo el universo ficticio anglosajón. Diría que la función del argumento es permitir el máximo de 'cameos' posibles. Algunos personajes sólo se justifican por el deseo de Moore de versionarlos a su manera.

Eso no quita que Moore posea todavía una inventiva y un ingenio a prueba de bombas. Valga citar la sensacional "mafia vampira" de The Forty-Niners (Soy un húngaro-americano con una condición médica congénita.) y su capacidad para plantear temas como la intolerancia, el racismo o la homofobia. Pero sus destellos ocasionales se ven empañados por viñetas a rebosar de morralla que darán un gran placer a los nostálgicos que reconozcan en ellas a personajes clásicos, pero que para los que no tienen un saber enciclopédico sólo entorpecen la acción. Y como hemos dicho, el argumento se resiente. Las tramas se resuelven abruptamente, las conclusiones apenas se esbozan y al que fuera meticuloso Moore parecen faltarle las páginas, como si se tratara de un recién llegado.

Eso para los Forty-Niners. Lo de Albion es de juzgado de guardia. Porque aquí Moore comparte el 'mérito' con su hija Leah y el marido de esta John Reppion. Como lo cuento. Los guiones a varios son siempre difíciles. Añade el nepotismo al cóctel y tienes el desastre servido. Por un lado, cualquier público que no sea el inglés de cierta edad se va a encontrar irremediablemente perdido, ya que es más que nada un museo de viejas glorias. Pero llama la atención ver cómo, sin la menor consideración hacia el lector, la familia Moore plagia a papá. Uno de los personajes principales, 'la juguetera', está literalmente calcado de Top Ten. Ahí es rubia, aquí es morena, y ya está. El Mr. Hyde de La Liga también se importa sin apenas matices. Lo del calcado se aplica también al dibujo. Del argumento mejor ni hablar: transcurre en una prisión en la que ocurre lo único que puede pasar en una prisión. Ni las imitaciones grandilocuentes del estilo literario de Moore son capaces de dignificarlo.

Alan Moore dijo hace tiempo que se retiraría de los cómics al cumplir los cincuenta. No lo hizo, y no tendría porqué, ya que aún conserva un enorme potencial. Conocidas son sus grandes polémicas con las editoriales de cómics hasta que logró crear su sello propio. Sin embargo, casi llega uno a lamentar que Moore no tenga a nadie que lo reconduzca y estimule, que le obligue a sacar maravillas de una trama banal. Y sobre todo, hay maneras mucho más dignas de colocar a la familia. No parece que la segunda generación sea capaz de mantener el Imperio Moore. Lo que ha hecho de momento es acelerar su decadencia.

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