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‘El séptimo velo’, de Juan Manuel de Prada

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El séptimo velo fue galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2007 y tiene hechuras de guía telefónica. Incluso, lo que se narra en la novela que nos ocupa se parece bastante a lo que hay en una guía telefónica (al menos en el 50 por ciento de sus páginas): mucha letra y poca historia. Y lo que es peor: todo lo que se presenta, por nimio que sea, se hace de forma tan épica y pomposa como una odisea homérica, o algo así.

En resumen: 650 páginas que habrían podido resumirse en 200. En 100, si me apuráis. Porque la novela incurre en el exceso, en el exceso de páginas, en el exceso de metáforas, en el exceso de frases preciosistas trufadas de subordinadas, en el exceso de... todo. Todo se explica, todo se detalla al milímetro, todo se menciona hasta la saciedad. No es extraño, pues, que el mero acto de tirarse un pedo requiera varias líneas de texto y tres o cuatro imágenes poéticas sobre los intestinos (el ejemplo es mío, a Dios gracias, pero los tiros van por ahí).

Me recuerdan estas muestras de descripciones minuciosísimas a un divertido texto de Julio Cortázar, en el describe pormenorizadamente cómo se sube una escalera.

Propongo algo: leer sólo las páginas impares. La novela se entenderá igualmente. Y se hace mucho menos pesada.

Porque la novela es pesada, lenta, morosa, meándrica, superflua, barroca. No negaremos que en algún que otro pasaje, de Prada demuestra una maestría estilística de la que muchos autores deberían tomar buena nota, y otros fragmentos me han atrapado o estremecido mucho más de lo que esperaba. Pero, en general, el tedio planea sobre la mayoría de páginas, y terminar la novela sólo es cuestión de inercia o de santa paciencia. Y encima, el misterio final no se desvela satisfactoriamente.

En cierta manera me hace recordar a ese divertido concurso auspiciado por los Monty Python llamado “Resuma usted a Proust”, un certamen público en el que los participantes debían resumir los siete volúmenes de la obra de Proust en quince segundos como máximo, lo cual vendría a demostrar que hay mucha, mucha paja en En busca del tiempo perdido. A quien le gusten los circunloquios, pues quizá también disfrute con El séptimo velo. A quien no, le invito a participar en dicho certamen, aunque quedáis advertidos que el resumen debe exponerse oralmente en traje de baño y luego vestidos de etiqueta.

El séptimo velo es una historia sobre buenos y malos, y sobre lo infantil que resulta tal maniqueísmo. Y también es una historia acerca de la memoria, y sobre cómo porfiamos en olvidar aquello que nos amarga, no sólo frente a los demás sino también frente a nosotros mismos. Es una historia, también, cuya trama bascula entre la época actual y la Segunda Guerra Mundial. Es dura, sin concesiones, pornográfica en ciertos momentos. Digerible si de Prada la hubiera adelgazado un poquito. Tal y como está, es un hueso duro de roer, un grueso manual de retórica. Muy interesante para los que quieren mejorar su técnica literaria, eso sí.

Ahí va un fragmento de los buenos:

Aunque no lo reconociera expresamente, Lucía seguía amando a Jules; lo amaba de ese modo esquinado, aguzado de aristas, ensordecido con una espesa capa de despecho, con que solemos amar a quienes más daño nos han hecho, a quienes en estricta lógica más deberíamos aborrecer. Pero los afectos nunca se rigen por la lógica, a diferencia de las rutinas; y, aunque lo expresaba de forma más delicada o eufemística, Lucía concluía que había llegado a encontrar en las rutinas la única anestesia medianamente eficaz contra los afectos defraudados. Esas rutinas, además, le habían deparado un remedo de felicidad que, con un poco de tesón, lograría confundir con la felicidad misma: tenía un esposo que le había regalado más amor del que merecía, un amor honrado y sin reticencias al que ella sólo podía corresponder, por desgracia, con un sucedáneo de amor; y tenía un hijo que ignoraba su origen y que lo seguiría ignorando durante mucho tiempo, al menos mientras ella sospechase que esa revelación podría quebrar el simulacro de normalidad que se esforzaba por renovar cada día. Ese hijo, que era su bendición, también era su condena, pues no había ocasión que lo mirase que no le recordara los rasgos de su padre, cuyo nombre además prolongaba.

Sitio Oficial | Ficha en la editorial Seix Barral

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