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‘Wilfred y la perdición’ de Ernesto Rodríguez

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La mejor forma de describir la sensación que me transmite Wilfred y la perdición, la primera novela de Ernesto Rodríguez (avalada por el Premio de Narrativa Jóvenes Escritores Valentín García Yebra) es explicaros en qué consiste la LAN.

La LAN (o IDS en sus siglas inglesas) es la particular forma en la que los adultos de todas las culturas del mundo hablan a los niños hasta que adquieren plena competencia lingüística (es decir, hasta los tres años, aproximadamente). La Lengua Adaptada a los Niños o maternés (si nos guiamos por una traducción literal de motherese) se caracteriza por un tono alto, mayor variación tonal, vocales y pausas articuladas exageradamente, frases breves y elocuentes y repeticiones para asegurar el mensaje. Algo así: Holaa, bebééé… ¿quién te quiere a tiiii? ¿Ehhh? ¿Quiéééén?

Wilfred y la perdición parece estar concebido por un autor que usa una versión paródica y turulata del maternés para exponer un ideario corrosivo del que debería valerse todo adulto responsable (es decir, todo adulto que aspire a derribar el establishment).

Una cafrada, un despiporre destroyer contado a ritmo condemorl que, sin embargo, habla de cosas importantes y tremendamente serias.

Wilfred, el protagonista de la novela, representa el paradigma que todo el mundo quisiera alcanzar. Tiene 29 años y lo tiene todo. Trabajo, dinero, amor, éxito. Y entonces, Wilfred decide perderlo todo, boicoteando su propia (en apariencia) vida ideal, como si de pronto participara en un anti-grand-prix hacia la Nada. En un camino de autodestrucción/autoconocimiento. Como una versión cañí del Edward Norton de El club de la lucha.

Así pues, encontraréis capítulos titulados “Perder el trabajo”, “Perder el dinero”, “Perder la novia”, Perder a los padres”, “Perder a los amigos” y así sucesivamente, como en un manual de antiayuda. Aunque no todo está tan firmemente estructurado en Wilfred y la perdición.

Ernesto Rodríguez, orgulloso de ser hijo de un mundo mediático, ha construido una ficción al estilo de un documental de Callejeros. Un reportaje o docudrama cuya narración se ve continuamente interrumpida por entrevistas a los personajes que orbitan a Wilfred, constantes notas a pie de página, entran y salen voces, incluye el fragmento del diario de un personaje, retales biográficos, canciones, bibliografía inventada. Todo cabe. En ese sentido, Wilfred y la perdición es una novela muy posmoderna, muy audiovisual, de prosa directa y sin florituras, donde priman los diálogos antes que una descripción que pueda romper el ritmo. Una técnica quizá irregular en algunos pasajes, aunque brillantísima en otros, como sucede con todo autor novel que se arriesga para alcanzar nuevos finisterres (y, por lo tanto, al que hay que empezar a seguir muy de cerca).

El texto también está lleno de guiños de complicidad al lector: la novia de Wilfred se llama Sara Maclahann, la protagonista del spot de la empresa en la que trabaja Wilfred es Ana García Obregón, el perro de Wilfred se llama Fary. Hasta Andrés Pajares tiene una pequeña intervención en este alucinado reparto coral.

Así pues, para entender de verdad todas las cargas de profundidad de Wilfred y la perdición hay que ser extremadamente culto y erudito. Culto de verdad. No esa clase de culto que Ernesto describe en su novela: gafas de pasta, bufanda a cuadros y pipa. Hay que ser culto en el sentido más amplio de la palabra. La clase de lector culto que pueda aún recordar de dónde procede el nombre del autor de algunos de los libros que se citan en la bibliografía inventada de la novela: Raphael de la Guetto.

El lector al que ni siquiera le suene este nombre (no vale Google) no disfrutará en toda su dimensión de la experiencia chiripitifláutica de sumergirse en este texto con forma de libro que bien podría haber adoptado el soporte aviñetado de un cómic o, por qué no, el digital de un DVD con múltiples menús y hasta easter eggs.

Y ahora os recomiendo encarecidamente que os perdáis con Wilfred.

Lo primero que Wilfred hizo en la tienda fue adquirir un casco de Darth Vader y una camiseta que rezaba: “Soy demasiado sexy para esta camiseta” y colocarse ambos complementos. Luego, con el casco y la camiseta puestos, compró todas las temporadas en DVD de Shena, Star Trek, Los vigilantes de la playa y Los mundos de Yupi. También adquirió la colección en DVD de las mejores jugadas de petanca de Romario Das Pastoras, un póster gigante de un primerísimo primer plano de las fosas nasales de Frank Sinatra, las figuritas en miniatura de todos los concursantes de todas las ediciones de Mira Quien Baila emulando la postura de final de baile, la colección de cómics guionizada por un hijo ilegítimo de Julio Iglesias, y una fiambrera rosa con la cara de Matias Prats.

Sitio Oficial | Editorial Nostrum

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