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'El décimo don', de Jane Johnson

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Hay un excelente capítulo de Los Simpsons en el que Marge desahoga la frustración de su matrimonio escribiendo una novela romántica ambientada en la "época ballenera". El final venía a ser algo así como Temperance Williams sólo pudo ver cómo el mar se llevaba a los dos únicos hombres que había amado y a la única ballena que había admirado. Una parodia genial del subgénero de literatura que lleva siempre la palabra "rufián" en el título y a un adonis despechugado en la portada.

No es el caso de El décimo don, que en su mayor parte es una novela de aventuras históricas perfectamente decente y disfrutable. Pero la autora introduce toda clase de guiños y clichés del folletín sentimental más burdo que más que enriquecer desvirtúan su material, por muy femenino y casual que sea el público al que se dirige. Empecemos por el argumento:

Julia, una joven londinense, se acuesta con Michael, el marido de su mejor amiga. Este rompe repentinamente la relación con ella y le regala como despedida un libro de bordados original del siglo XVII que ha encontrado en el desván de un amigo. Julia descubre que la antigua propietaria, una tal Catherine, lo había usado como diario. Y su historia le fascina, ya que fue raptada por piratas berberiscos. Pero resulta que Michael le regaló el libro por error y quiere recuperarlo, así que Julia deberá huir de él mientras investiga la historia de Catherine.

Hay así dos narraciones entrelazadas en esta novela que difieren en el tiempo, pero también en cuanto a calidad literaria. La mejor es como indicamos la de Catherine. Lo primero que podemos decir a su favor es que la reconstrucción histórica es irreprochable, lo que suele ser el talón de Aquiles de la mala novela romántica. Johnson ilustra y documenta con rigor hechos como la expulsión de los moriscos de España o el fenómeno de la piratería corsaria en el Mediterráneo con su particular cultura y trasfondo económico.

Acompañando al esfuerzo de investigación la trama, los personajes y el lenguaje están mucho mejor trabajados en el segmento histórico que en el contemporáneo. Jane Johnson es de la escuela de Noah Gordon: los personajes de hace cuatro siglos hablan prácticamente como ahora, colando algún Sir o Lady, pero hay gusto en reconstruir pequeños detalles artesanales, en este caso el omnipresente arte del telar. Esta voluntad de rigor también la lleva a atemperar el idealismo: la joven Cat sueña con ser raptada por los musculosos brazos de un broncíneo truhán, pero cuando llegan los piratas estos están muy lejos de su fantasías. Al menos, al principio.

Es una vez más la historia de una joven hermosa, decidida y valiente que triunfa en una época oscura y patriarcal básicamente porque los hombres que en principio son una caterva de misóginos tienen una reserva ilimitada de paciencia y respeto con ella. No es nuevo, pero sigue funcionando. Además, el contraste con el segmento contemporáneo lo dignifica aún más. En este la protagonista es un remedo de Bridget Jones, una treintañera angustiada por no tener todavía marido e hijos. Sólo le conocemos dos aficiones, el bordado y el sexo, y se va a pasar la primera mitad de su historia en constante trepidación hormonal.

En la segunda mitad encuentra algo que hacer, un viaje a Marruecos, lo que afortunadamente la centra un poco, a cambio de convertirla en una carícatura de la estúpida turista blanca. Todos somos torpes cuando viajamos, pero lo suyo es pasarse. (Nunca pensé que alguien encontraría mis ojos azules 'exóticos'. Cuánto tengo que aprender sobre interculturalidad). Los que la rodean no son mucho mejores: al galán se le ve venir desde el capítulo anterior, mientras que el villano sólo podría ser más tópico si se frotara las manos y estallase en carcajadas hablando a solas de su brillante plan.

Pero dos cosas se llevan la palma. Primero, el argumento, arbitrario y culebrónico. Partamos del principio de que una persona tiene dos ejemplares del mismo libro, uno valioso porque está anotado y el otro no. ¿Qué hace? Pues obviamente envolverlos de forma idéntica y llevarlos en el mismo sitio, para poder confundirlos a la primera. Con una premisa así ya te dan igual el resto de incongruencias, como que manuscritos del siglo XVII surjan a puñados de desvanes y estén escritos en inglés contemporáneo. Lo segundo es cuándo la autora imita el lenguaje eroticoide de la subnovela romántica: Julia sufre descargas de electricidad sexual cuando Michael le toca el brazo y sus muslos dan pequeñas punzadas de deseo al oír su voz. Menuda ebullición erógena.

Una última dificultad: el final. La novela sentimental pide dos cosas, un final de cuento de hadas o una tragedia. Y la historia de Catherine, dividida entre dos mundos/hombres (Oriente y Occidente), parece dirigirse hacia lo último. Pero en realidad su dilema se resuelve cebándose con el personaje más noble de la novela. Hasta la más acérrima defensora de la independencia incólume de la mujer reconocerá que este final es una faena. Le pasa incluso a Julia, que se vé en la tesitura de darle una solución medio decente al desaguisado.

El décimo don (a todo esto no se habla mucho de dones y aún menos del décimo de ellos) es una novela de excesivos contrastes, que a la postre no la benefician. Parece que el segmento contemporáneo está encajado para las lectoras de literatura romántica pero no sé si realmente satisfará ya que la intriga sentimental-detectivesca es muy pobre. El segmento histórico sí puede ser disfrutado por cualquier lector, pero se aprecia sobre todo al final su subordinación a la trama rosa, coartando su potencial.

Sitio Oficial | El décimo don

Planeta, 2008 410 páginas

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