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'El lector', de B. Schlink: los placeres de la carne y la lectura (I)

'El lector', de B. Schlink: los placeres de la carne y la lectura (I)
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No leer si no se ha leído la obra

El lector (‘Der Vorleser’ en alemán, literalmente: ‘El lector en voz alta’) es una novela escrita por Bernhard Schlink, publicada en 1995 (y traducida a treinta y nueve idiomas) y que nos cuenta, en un primer plano, la relación entre el joven Michael Berg, narrador y personaje principal, y su amada Hanna Schmitz. La trama está dividida en tres actos: los primeros tiempos de su relación amorosa, su reencuentro unos años después durante los juicios contra los criminales nazis y su nueva toma de contacto dos décadas más tarde.

Su historia comienza en 1958 cuando él es un estudiante de 15 años y ella una cobradora del tranvía de 36. A partir de un encuentro fortuito, comienzan una relación íntima que crece alimentada por un pacto no escrito: ella lo introduce y tutela en el mundo del placer carnal y él, por su parte, le lee libros en la cama.

Durante este primer acto, vivimos en primera persona el impacto vital que supone para Michael (pronúnciese en alemán, no en inglés) su amanecer sexual: va y viene de casa al colegio y de éste al lecho de Hanna. Para él, ella no sólo es un lujo, un placer inimaginable para un adolescente, sino que se convierte en una motivación en su proceso de madurez (se aplica en sus estudios, se aleja del nido familiar…). Sin embargo, no todo es tan sencillo y acaba viéndose obligado a soportar los cambios de humor de su mentora, incomprensibles para el joven Michael, que se ve sumergido en un mundo más complejo de lo que pensaba: el mundo de los adultos, con su irracionalidad, su cambiante sentido del bien y el mal y sus inesperados actos infantiles.

A medida que la relación avanza, Michael comienza a distanciarse de sus padres e incluso acaba logrando convencer a Hanna para pasar un fin de semana juntos en un bonito pueblo germano, lo que supone el punto más álgido de su relación. Durante todo el tiempo que permanecen unidos, el vínculo establecido se fortalece por las lecturas que el adolescente hace en voz alta para su madura compañera de cama; Michael es perfectamente consciente de que sin ellas, no existiría lo demás, pero le parece un precio asequible ya que, para él, leer es un sencillo ejercicio natural. Hanna, como descubriremos más tarde con Michael, es analfabeta y por ello recibe las narraciones de su lampiño amante con verdadero fervor, escuchando atentamente, riendo, llorando, como un ser puro que disfruta por primera vez de poder alejarse de la realidad a través de la ficción.

Un tiempo después, ya de vuelta a la ciudad, Hanna ve por la calle a Michael con sus amigos y decide que, por su bien, debe desaparecer de su vida. El joven llega una tarde a su apartamento y no hay rastro de ella. Vuelve otro día y nada: se ha esfumado. Su corazón y, por extensión, su mundo, se rompen. Y ese dolor supone el primer gran cambio en su devenir vital. El segundo bloque de la obra comienza unos años después, cuando Michael es ya un universitario estudiante de leyes que, por sus prácticas, asiste a un juicio contra carceleras nazis, entre las que está la propia Hanna. Sobre ello hablaré en el siguiente post y, siguiendo con lo que trata éste, salto al tercer acto.

Veinte años después de su reencuentro en el juicio, nos encontramos a un Michael en la cuarentena, divorciado y padre de una hija que, en un momento de reflexión sobre su pasado, se da cuenta de que no puede seguir haciendo como que Hanna no existe. Entonces comienza a mandarle unos casettes de audiolibros a una ya anciana Hanna, con la intención de que ésta encuentre un consuelo dentro de su privación de libertad. Se convierte en una imperiosa necesidad para él, casi una obsesión, y noche tras noche se dedica a leer, de nuevo en voz alta, para el amor de su vida. Ésta recibe las cintas no sólo como un inesperado regalo, sino casi como un alimento para un alma que hace ya mucho había dejado de nutrirse de algo tan bello como la literatura. Pero no se queda ahí: Hanna, en un primer y último acto de rebeldía contra su sino, acaba empezando a recopilar todas las herramientas a su alcance para ponerse ahora, en el ocaso de su vida, a aprender a leer y a escribir. A medida que avanza (de modo autodidacta y utilizando las narraciones de su amigo) empieza a escribirle cartas a Michael; ello coge a éste de sorpresa y le coloca en una situación que le incomoda: de su casi poético e unidireccional acto de envíos literarios, Hanna quiere evolucionar a una comunicación terrenal y recíproca. Presa de emociones y sentimientos contradictorios, esta vez es él quien rompe los lazos. Hasta que, tiempo después, recibe la noticia de que Hanna está pronta a recibir su libertad y él, como único contacto con el mundo exterior de la prisión, se ve casi forzado a hacer acto de presencia unos días antes.

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Por fin vuelven a verse cara a cara y el encuentro resume todo lo que han sido: se sienten fuertemente ligados el uno al otro, pero sin embargo hay algo que los separa. Michael vislumbra entre las arrugas de Hanna todo lo que ha amado y odiado de ella, mientras ella se encuentra de nuevo a ese niño con un corazón gigante, pero débil y dubitativo, y se da cuenta de que ha condicionado (y condiciona aún) toda su vida. Un día después, la anciana se suicida en su celda.

De nuevo Michael se ve tambaleado por la onda expansiva de los actos de Hanna, pero acepta convertirse en el albacea de su última voluntad. A petición de su amada fallecida, Michael busca a la superviviente del incendio para darle el dinero que Hanna había ahorrado durante su vida. Ésta no lo acepta pero da el visto bueno a Michael para que éste lo done a una organización de ayuda a los judíos con un proyecto de alfabetización. Un epílogo que, desde mi punto de vista, le sobra a la historia; al menos, contado tan pormenorizadamente. Hubiera preferido un desenlace más centrado en lo que supone el suicido de Hanna y creo innecesario que se nos cuente el resto: con una alusión a los deseos de ella hubiera bastado.

Una novela por lo demás excelente, narrada con grandes dosis de pasión y que nos acerca con increíble verosimilitud al devenir vital de un hombre, desde la adolescencia hasta la madurez; un proceso que a veces es lento y difícil de sentir y otras, se nos revela como un paso agigantado que se da en un segundo. Pero lo que más me ha gustado de Schlink es que, teniendo en cuenta que nos narrará una tragedia, haga uso de elementos y patrones clásicos que comentaré en el siguiente post.

Más información | Editorial Anagrama
En Blogdecine | ‘The reader’, de Stephen Daldry

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