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'El lector', de B. Schlink: una tragedia con tintes clásicos y el sentimiento de culpa (y II)

'El lector', de B. Schlink: una tragedia con tintes clásicos y el sentimiento de culpa (y II)
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No leer si no se ha leído la obra

El segundo bloque de la obra es el nudo de la trama, su parte central, y supone el desarrollo de la tragedia de Hanna y, con ella, la del propio Michael. Ahora, unos años después de la marcha de su amada, Michael es un joven veinteañero estudiante de leyes. En su niñez había sido un crío con pocos amigos, que vivía en un ambiente muy familiar y con cierta fragilidad de salud, lo que aún incrementaba más, si cabe, la excesiva protección materna. Ahora lo encontramos fuerte, saludable y su vida social es rica: se relaciona con un gran grupo de gente, hace nuevos colegas en sus clases universitarias e, incluso, comienza a llamar la atención de una hermosa amiga. Por el otro lado, sus vínculos familiares se han ido diluyendo. Y es que éste es otro de los temas centrales de la novela: la ruptura generacional entre los jóvenes post-nazismo con sus padres.

En los años 50, se fue extendiendo entre muchos jóvenes germanos la creencia, desde una conciencia más o menos crítica, de que lo que había ocurrido en (y por culpa de) Alemania no había sido sólo una labor de unos pocos iluminados, sino que, obligatoriamente, había sido necesaria la cobarde equidistancia de muchos e incluso el colaboracionismo de otros tantos. Ésto aparece en la novela dentro de algunas de las interesantísimas discusiones entre los compañeros de proyecto universitario de Michael, moderadas por su profesor, uno de esos maestros que marcan la vida de sus estudiantes y, visto con ojos de narratario, un excelentemente dibujado personaje secundario. Sin embargo, el distanciamiento de Michael con sus padres no responde a causas políticas o morales, sino más a una necesidad vital, pues su madre es un torrente que lo ahoga y su padre, con el que apenas habla, hace mucho que dejó de ser una figura paterna y, mucho menos, un ejemplo a seguir.

Sus prácticas universitarias lo llevan a asistir, junto a ese admirado profesor y sus compañeros, a los juicios contra las guardias de un campo de concentración nazi, acusadas (además de por formar parte del equipo de selección de reos que debían morir o ser enviadas a Auschwitz) de dejar que unas presas se quemaran por encontrarse encerradas en una iglesia que comienza a arder. Y allí, como si se tratara de un fantasma del pasado, se encuentra a Hanna en el banquillo de acusados. Michael vive los días del proceso con un agobiante desasosiego (que no pasa inadvertido para su profesor): le llueven los recuerdos del pasado mientras conoce como el amor de su vida fue una jefa de carceleras nazis. Aprovechando el testimonio de una superviviente, las compañeras de Hanna planean un complot (apoyado en una supuesta prueba escrita) y ésta se convierte en la principal acusada. Michael entiende que no puede ser cierto, pues ahora ya sabe que Hanna es analfabeta, y descubre con horror como ella prefiere acarrear con toda la culpa antes que revelar la vergonzosa realidad. Está muy cerca de intervenir para evitarlo, pero tras una conversación con su padre (que no es que le ayude mucho, mas es el único momento en que acude a él), acaba reflexionando que no ha de inmiscuirse; primero porque sería actuar en contra de los deseos de otra persona y, segundo y más importante, porque la propia Hanna había decidido hace mucho separar sus caminos y él no iba a saltar delante del tren que estaba a punto de arrollarla. Además, ella no sabía que él estaba contemplando el proceso desde las gradas; o eso creía, hasta que el día de la sentencia, Hanna busca su mirada, petrificando a un todavía ingenuo Michael.

En este acto central se nos presenta la tragedia mediante una serie de elementos clásicos. El principal es la causa que lleva a Hanna a la cárcel. Su error (mantener bloqueadas las puertas de la iglesia a pesar de que las presas estaban siendo comidas por el fuego) no nace de la maldad, sino del desconocimiento, de la ignorancia. Es lo que en la tragedia clásica se conoce como hamartía, el error fatal que lleva al héroe a sufrir un destino aciago. Hanna no se involucra en el Holocausto empujada por una ideología, sino que acaba trabajando en Auschwitz por un contrato laboral. Y no deja que las presas mueran porque no le importen, como demuestra que ayudara a las más débiles utilizándolas (igual que a Michael) como lectoras. Simplemente, su código de valores (alimentado por su analfabetismo, su ignorancia, su incultura) le dicta que su deber es seguir las órdenes. Luego, cuando le llega la hora del juicio, es otra mujer, que durante un tiempo fue feliz oyendo leer a su joven amante, y acepta su destino con resignación, lo que, llegado el momento de la sentencia y sus consecuencias, nos empuja a la catarsis porque, de alguna manera, nos apiadamos de ella. Se cumplen, luego, parte de los parámetros de la tragedia clásica: hamartía, aceptación del destino y catarsis (por compasión) del lector.

Entre la comisión de su error y la aceptación de sus consecuencias, Hanna vive su historia con Michael. Y el momento más perfecto de su relación amorosa es su viaje al campo. Allí, rodeados de un ambiente bucólico, en un escenario donde sólo existen el uno para el otro, Schlink enmarca su amor en un verdadero locus amoenus, lo que supone otro fundamento clásico. Además, me parece bastante significativo el hecho de que uno de los libros que Michael le lee a Hanna es La Odisea: parece una pista, un guiño de Schlink para los lectores.

‘El lector’ es una maravillosa novela trágica compuesta en tres actos (más el innecesario epílogo) y estructurada alrededor de dos personajes que que se ven inevitablemente vinculados al otro para siempre. Cada uno a su manera, luchan contra su realidad, contra lo que les ha dado la vida, tomando decisiones en las que deseo y responsabilidad pugnan entre sí. Pero, sobre todo, movidos por la culpa, el sentimiento que se apodera irremediablemente de sus corazones. Schlink maneja con precisión los resortes que nos hacen reflexionar sobre la naturaleza de la culpabilidad, presentándonosla de múltiples maneras: la que siente Hanna por no saber leer y la de el quinceañero Michael por haber dejado escapar al amor de su vida; la que sufre ella por sus actos durante el Holocausto y la que tienen que acarrear los jóvenes alemanes por lo que hicieron sus padres; la que se autoimpone el joven por callar el secreto de su analfabeta amada y la de ella al ver como el estudiante descubre lo que hizo; la de un ya cuarentón Michael que se arrepiente de haber dejado atrás a una mujer que siempre amará cuando más le necesitaba y, finalmente, la de la anciana Hanna cuando entiende, justo antes de salir de la cárcel, que si no se va de una vez por todas, seguirá condicionando toda la vida de aquel hombre.

Más información | Editorial Anagrama
En Papel en blanco | ‘El lector’, de B. Schlink: los placeres de la carne y la lectura (I)
En Blogdecine | ‘The reader’, de Stephen Daldry

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