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'El último crimen de Pompeya', de Emilio Calderón

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El último crimen de Pompeya es una novela corta de Emilio Calderón, licenciado en Historia Moderna y ganador del Premio de Novela Fernando Lara 2008 por El judío de Shanghai. Además, es autor de varios ensayos históricos, cuentos infantiles y obras juveniles y en las que el pasado sigue teniendo un papel fundamental.

Tal vez ahí radique el interés principal de esta narración, los datos que conoceremos del pasado de Pompeya y el modo de vida de entonces en buena parte del Imperio Romano, curiosidades y enigmas que pasan página tras página para mostrarnos la lucidez inverosímil del protagonista venido a detective.

En El último crimen de Pompeya vamos a encontrar una historia que enlaza el presente y el pasado de la ciudad romana a través de un punto de partida interesante: el hallazgo y resolución de un asesinato cometido al tiempo que la ciudad quedaba sumergida bajo las cenizas hace 2000 años. Será Chema, un estudiante español que realiza sus prácticas de Arqueología en los restos de esa ciudad el que, enfrentado a los calcos o figuras en tres dimensiones de los últimos pompeyanos, se tope con una pareja muy particular: un varón que parece apuñalar al otro.

Este hecho le llevará a investigar lo sucedido, con el Vesubio y Nápoles como testigos, y con la ayuda de la chica de la novela, Popea, que aportará el toque sentimental al argumento, aparte de convertirse en representante de la particular personalidad del sur de Italia que sigue representada con otros personajes rocambolescos que sólo pueden ser vistos como exageraciones prototípicas con cierta sonrisa.

La obra recoge lugares y datos reales del Imperio Romano y de Pompeya y les inventa una historia, como la explicación a la extraña presencia de una rica mujer engalanada con sus joyas en el cuartel de gladiadores, junto a los cuerpos de los hombres. En algunos momentos nos vemos paseando entre las calles de la ciudad, entrando a la casa de Obellio Firmo, huyendo por la puerta de Herculano ese 24 de agosto del año 79, entre gladiadores, judíos, gimnastas, emisarios del césar...

A pesar del interesante punto de partida, lo malo es que en la resolución del misterio navegaremos en un sinfín de deducciones y conclusiones imposibles que nos dejan con la sensación de soluciones preconocidas, precocinadas e insertadas de manera poco hábil en la trama, que se desarrolla en pocos días. Las explicaciones de los detalles históricos, desmenuzadas en exceso, restan agilidad a la novela, a pesar de que se lee en un santiamén por su extensión y simplicidad.

En un lenguaje claro, sencillo y rápido a pesar de algunos italianismos o tecnicismos salvados a pie de página, los diálogos entre los personajes son, del mismo modo, bastante artificiales, aunque podemos salvar la gracia con la que se desenvuelven los personajes de la pensión en que se aloja Chema. Aquí, un abanico de becarios, inmigrantes, mafiosos y porteras, todos complicados de creer, luchan en ingenio con sus ocurrencias.

Tal vez los personajes más apartados de la credibilidad sean los mafiosos de poca monta que ingenian un robo a cuenta del trabajo del protagonista, que sin quererlo se ve inmiscuido en ese mundillo. Ambiente mafioso del que, si en algo se pareciera a lo que nos muestran los personajes napolitanos, no quedaría ni rastro desde hace mucho tiempo.

En definitiva, es una pena que el interés histórico por los últimos momentos de Pompeya, por sus habitantes tan diferentes, por sus costumbres, por las intrigas en el poder, sean revelados de manera tan forzada y rodeados de personajes planos demasiado inverosímiles, con los que no acabamos de conectar mas que para reír sus gracias. La sensación que me queda es que me han mostrado el caramelo de un interesante pasado relleno de un presente difícil de tragar.

Más información | Emilio Calderón

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