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'Juegos de la edad tardía', de Luis Landero

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Juegos de la edad tardía fue la primera novela que publicó, en 1989, Luis Landero. Un año después obtuvo el Premio de la Crítica y el Nacional de Literatura, convirtiéndose en uno de los referentes de la narrativa española actual. La originalidad de sus temas, que parten de hechos cotidianos, casi vulgares, para erigirse en laberintos desbordantes de imaginación, junto con la pulcritud de su prosa y un sentido del humor entre la ternura y la fechoría, hacen de Landero un escritor personalísimo y que, a mi modo de ver, tiende puentes con parte de la literatura hispanoamericana.

No sabría decir si es la historia de una mentira o de una fabulación, quizás de un sueño perseguido y que comienza a hacerse realidad a partir de las palabras. Porque, en el fondo, todo este inmenso desvarío comienza con las palabras, nombrando cada cosa con un nombre distinto.

El punto de partida de la historia narrada en estos Juegos… es la vida monótona, estancada en el aburrimiento de Gregorio Olías, un gris oficinista de una empresa de vinos y aceitunas. Nada es como había soñado en su juventud: ni el trabajo, tan poco creativo; ni la vida amorosa, con una esposa apática y resignada. Pero la rutina en la que está inmerso se rompe con la aparición fortuita de Gil, un representante comercial con el que establece un contacto, en principio laboral, a través del teléfono. Es la oportunidad de Olías de convertirse en lo que siempre quiso ser, de tener todo lo deseado, aunque más no sea en la imaginación de dos personas.

Gregorio ya no es más Gregorio, sino Augusto Faroni: ingeniero, poeta, intelectual y, sobre todo, triunfador. Las mentiras de Olías/Faroni son acogidas con admiración y fe ciega por Gil, también él desesperado por creer en una vida mejor.

Lo que se inicia en una mentira piadosa, termina enroscándose y dando mil vueltas en una mezcla de compasión hacia un segundo y de sueño en primera persona. A cada ficción se suma una nueva, con matices diferentes según momento e interlocutor. Sin embargo, bajo tanta farsa subyace la coherencia (surrealista, rebuscada, irrisoria), un hilo invisible que lo une todo con un detallismo admirable. Una historia que no termina nunca, que sigue y sigue desmenuzando la madeja.

Me ha gustado especialmente, además de la trama y de su espectacular desarrollo, el perfil de personajes. No sólo el de Olías/Faroni y el de Gil/Dacio, sino que los secundarios me han parecido verdaderos hallazgos. Angelina, con esa indiferencia y actitud monótona ante la vida, casi rendida desde nacimiento, como una estatua; la suegra de Olías, con sus parlamentos en murmullos, como un eterno sonsonete religioso; el padre de las tres Marías, cuya historia me resultó hermosa y lamenté que se le concediera tan poco espacio; Antón, con ese fervor persecutorio contra las cornamentas...

Al final tanta vuelta de tuerca y retuerca se convierte en lástima. No sé si esta impresión es mayor hacia Olías/Faroni o hacia Gil. Creo que, en el fondo, la clave está en que se parecen demasiado. Gregorio ve su conformismo de años en Gil, apocado y sumiso, y crea la farsa con la intención de hacer renacer en éste un nuevo impulso vital, sin darse cuenta de que la ficción tiene en sí mismo a su principal receptor.

Landero toma personajes vulgares, varados en una existencia opaca, y los convierte en héroes de aventuras rocambolescas, en los protagonistas de hazañas creadas por la imaginación con consecuencias en escenarios reales. Cuando el horizonte es gris, siempre nos queda el recurso de soñar, de jugar a ser, aunque tardíamente, lo que alguna vez quisimos.

Por cierto, en 1992 se creó el Círculo Cultural Faroni (del que Landero es Ujier Honorario) que, entre otros, tiene como fines fundamentales: la secularización de las bienaventuranzas, luchar contra la burocracia cultural, promover el regio cumplimiento de la gastronomía…. [hacer] del afán por la investigación y el desarrollo de las humanidades su mira principal.

Haceos impostores de las ideas, suplantad cualesquiera vidas ejemplares, podéis manipular las grandes incógnitas del mundo. Sed en la vida Faroni.

En Papel en blanco | Luis Landero

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