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'La carretera', de Cormac McCarthy

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Cormac McCarthy es sin duda uno de los novelistas más interesantes del momento. Estados Unidos lo considera uno de sus últimos grandes épicos, junto a Salinger, Don DeLillo y Philip Roth. Personalmente leer a McCarthy me suele producir estupefacción. Es sorprendente ver como cada vez introduce un giro de tuerca que se enfrenta y polemiza con la concepción clásica de la novela. Lo que hay de experimental en McCarthy no siempre es afortunado, aunque en el caso de La carretera, premio Pulitzer 2007, el equilibrio entre tradición y ruptura está mejor conseguido y le pone las cosas más fáciles al lector.

La premisa es la de una 'novela río' en el sentido más literal, sustituyendo el líquido elemento por la titular carretera. En un futuro cercano devastado por una ignota catástrofe, un padre y un hijo la recorren con sus miserables pertenencias a cuestas en un panorama reducido a cenizas y barrido por un frío mortal. En un mundo en dónde todas las otras especies se han extinguido y todos los suministros agotado, los seres humanos han caído en una barbarie peor que primitiva y se cazan los unos a otros como alimento. El padre y el hijo, los últimos hombres que distinguen el bien del mal, emprenden una precaria huída en busca de climas más favorables y una improbable supervivencia en una tierra muerta.

Antes de seguir señalemos en qué McCarthy es polémico con la narrativa tradicional. El gran narrador del XIX Anton Chéjov tenía esta premisa: Si un clavo en la pared aparece en tu texto, debe servir para que se ahorque de él tu protagonista. En la narrativa de McCarthy, sin embargo, el clavo sirve para que el protagonista lo examine largamente, quizás recordando otros clavos de otros tiempos en los que fue feliz. Después cogerá el clavo con los dedos índice y pulgar y lo extraerá de la madera ajada tirando y haciendo movimientos de palanca, y se lo meterá en el bolsillo superior izquierdo de la chaqueta. Porqué quiere el clavo y para qué lo va a usar es algo que nunca sabremos, porque lo más probable es que no se le vuelva a mencionar.

McCarthy tiene una obsesión puntillista por las pequeñas operaciones, en especial las manuales. Es capaz de describir paso a paso los procesos del encendido de un hornillo de gas o la apertura de una lata de Coca-cola. En cambio siente un auténtico desprecio - imaginamos que intencional - hacia las estructuras argumentales más amplias, es decir, el bloque de la historia. De la catástrofe que ha asolado la tierra no se llega a saber absolutamente nada, aunque no es información trascendental. Sin embargo, el mundo post-apocalíptico en el que se mueven los personajes e incluso ellos mismos están rodeados de lagunas.

¿Cuál es el motivo de su soledad? ¿Porqué el padre posee aparentemente la única arma de fuego del mundo? ¿Qué hay de la mujer y madre a la que apenas entrevemos? ¿Qué hay de sus formidables y terribles enemigos, y porqué son poco más que una anécdota en el relato? ¿Porqué, en definitiva, sobreviven y siguen adelante pese a lo improbable que parece, porqué todo les es tan difícil y tan fácil por momentos? A McCarthy no parece importarle la coherencia argumental global. Así como escribe en cortos párrafos salteados, es un escritor de instantes, de pequeños relámpagos de situaciones. De ahí la impresión de que la relación entre pasajes adolece de cierta falta de continuidad.

Por ello La carretera puede ser leída, más que una novela, como un texto poético. Cada párrafo es una instancia por sí sola que por lo general goza del vívido estilo descriptivo del que hemos hablado antes, y es de agradecer que McCarthy haya abandonado la sintaxis acumulatoria y machacona de su anterior libro No es país para viejos. Pero en otros momentos su lenguaje se eleva para pronunciar una sentencia de calado lírico y trascendente. Es en estos momentos en los que encontramos la clave de la obra, que por lo demás podría pasar por una historia más de supervivencialistas con una tendencia cansina a la repetición (frio-hambre-peligro-refugio / frio-hambre-peligro-refugio /...).

Lo que aspira a ser La carretera es una parábola, evidente por la simbología y las alusiones religiosas que salpican de tanto en tanto la narración. En un mundo deshumanizado hasta el horror más abyecto, lo único que evita que el hombre se deje arrastrar por el abismo es la determinación de salvar a su hijo. Y su hijo, con sus continuas pataletas reclamando salvar y ayudar a la gente cuando está en juego su propia supervivencia, es lo único que mantiene al hombre, el último Hombre, ligado aunque sea tenumente al concepto de Bien. El niño que mantiene su compasión hacia los demás a pesar de las atroces pruebas por las que es obligado a pasar es genuinamente, como lo define una de los personajes, el 'último Dios' de una humanidad que ha abandonado todo cuanto esa palabra significa.

Leer a McCarthy suele ser una experiencia desasosegante, tanto por la dureza de sus temas como por su manera de narrar, en la que no le importa abandonar al lector a su suerte a mitad de la travesía. La carretera es sin embargo un trabajo satisfactorio una vez que se familiariza uno con las manías del autor. Parece hecha para detenerse en las imágenes, dejarse sugestionar y hacer que su sentido profundo emerja de la densa y gris capa de ceniza.

En Papel en Blanco | Cormac McCarthy

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