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'La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina' de Stieg Larsson

'La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina' de Stieg Larsson
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Esta novela es el segundo volumen de la trilogía ‘Millenium’ del sueco Stieg Larsson, y retoma la trama donde Los hombres que no amaban a las mujeres la dejó tras un paréntesis de un año. Lisbeth Salander, la conflictiva investigadora con increíbles dotes para la informática y nulas para las relaciones sociales, regresa a Suecia de incógnito. Su compañero el periodista Mikael Blomkvist, convertido en celebridad tras los acontecimientos del primer volumen, trabaja ahora en un reportaje sobre la trata de blancas.

Sin embargo una serie de brutales asesinatos irrumpen en la investigación del equipo de Blomkvist, y un arma sitúa a Salander como la principal sospechosa. Incapaz de creer en su implicación, Blomkvist encabezará unas pesquisas paralelas para intentar limpiar el nombre de su amiga antes de que la policía dé con ella. Pronto descubrirá que las claves de la intriga están relacionadas con el oscuro pasado de Salander, sobre la que se cierne una conspiración de crimen y espionaje.

Por decirlo rápidamente, lo bueno del primer libro de Larsson está en el segundo. Lo que no quiere decir que el libro sea igual de bueno. Porque el hecho es que no lo es. Algo destacable de Los hombres… es lo bien que controlaba Larsson la intriga, con un número cerrado de pruebas, sospechosos y lugares en la mejor tradición de la novela de Agatha Christie. No funciona igual La chica…, donde se acumulan un tropel de personajes, tramas y situaciones que enturbian ocasionalmente su desarrollo.

Uno de los principales defectos de La chica… es lo mucho que tarda en arrancar. Incluso incluye una primera parte aparentemente de transición que tiene poco o nada que ver con el primer y el segundo libro. Nos encontramos a una Salander en el Caribe operada para parecer menos chicazo, resolviendo crímenes por afición y enfrentándose a huracanes, como una aventurera de teleserie. En comparación al tono realista del resto de la serie el intervalo resulta sorprendente.

Otro detalle que lastra el arranque y la fluidez del relato es la manía de Larsson por las enumeraciones descriptivas superfluas. No exagero si digo que nos son enumerados uno a uno los muebles que Salander adquiere en el Ikea. Resulta sorprendentemente decepcionante descrubir que una súper-hacker de nivel mundial tiene tus mismas mesillas. El hecho de que haya varias investigaciones paralelas implica, además, que nos van a contar varias veces los mismos descubrimientos por distintas fuentes.

Como compensación el autor introduce un plantel de nuevos personajes que aportan variedad, en especial un villano literalmente grande, físicamente indestructible, al que humaniza con una vuelta de tuerca psicológica. Pero el mundo de las novelas de Stieg Larsson no deja de ser uno de buenos y malos, exactamente tal y cómo lo perciben sus protagonistas. Los buenos lo son hasta el final y los malos tres cuartos de lo mismo; los que no se definen son extras con frase. Es curioso ver, por ejemplo, como Larsson compensa sus críticas a la mentalidad machista metiendo en el bando de los buenos al personaje de Paolo Roberto, un tiarrón que resuelve los problemas con más músculos que neuronas.

Los rasgos particulares de la escritura de Larsson siguen presentes, en especial el compromiso social y la defensa de los marginados. Pero apreciamos que la trama dedicada a la trata de blancas decae muy rápidamente en detrimento del enredo tras la biografía de Salander. La propia protagonista aparecía en el primer libro como uno de los marginados, víctima de abusos y rechazos por su personalidad antisocial. Pero en esta novela es casi omnipotente, convertida en una hacker millonaria que puede arruinar a placer la vida de quien la incomode. Ya no provoca una mixtura de compasión y admiración: parece ser, como demuestra la inverosímil gesta que realiza en las últimas 50 páginas, sencillamente sobrehumana.

Stieg Larsson sigue siendo una lectura agradable, de diálogos fluídos con un tono muy ‘noir’, capaz de enganchar con una intriga eficaz, pero en La chica… son sus instintos más folletinescos los que toman la delantera sobre el realismo a pie de tierra. Para muchos de sus seguidores esto no será un problema, pero nos sigue gustando más el Larsson que denuncia al que entretiene.

En Papel en Blanco | Stieg Larsson

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