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'Las cosas' de Georges Perec

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Georges Perec fue un escritor peculiar. Amante de la experimentación, del juego literario, del descubrimiento de nuevas vías estéticas, obtuvo el Premio Renaudot en 1965 con su primera novela, Las cosas. Dos años más tarde se unió al OuLiPo (Taller de Literatura Potencial), creado por Raymond Queneau y François Le Lionnais en 1960, y del que formaban parte escritores (Italo Calvino, por ejemplo), matemáticos y pintores (Marcel Duchamp). Directamente ligado al Colegio de Patafísica, el objetivo del OuLiPo era la búsqueda de formas y de estructuras nuevas que podrán ser utilizadas por los escritores como mejor les parezca, todo esto, por lo general, mediante la unión de la literatura con las matemáticas.

Bajo esta influencia Perec compuso la mayor parte de su obra literaria: en La desaparición no aparece ni una sola vez la letra “e” (la más común en francés y que, en su traducción española, fue sustituida por la “a”); en oposición, en Les revenentes, sólo utiliza esa vocal. En Alphabets, no repite ninguna consonante sin haber usado antes todas las restantes del alfabeto, y en su novela más conocida, La vida: instrucciones de uso (1978), articula la trama mediante el movimiento del caballo en el ajedrez.

Si bien en Las cosas esta experimentación todavía no ha aflorado, sí se perciben en ella otros rasgos que serán constantes en la literatura de Perec. Uno de los más llamativos es la descripción al detalle basada en objetos, en posesiones, en cosas. Perec recurre con frecuencia a la enumeración de artículos que, lejos de ser una retahíla insustancial de elementos de catálogo, se convierte en la clave definitoria de cada personaje. En realidad, en esta su primera novela se erige en el centro de la historia. Son las cosas, que se poseen o que se anhelan, las que escriben el devenir de la pareja protagonista, Sylvie y Jérôme.

Conocemos la vida actual de estos jóvenes parisinos, su pasado y su proyección de futuro a partir de lo que tienen o dejan de tener, de aquello (material, vendible) que observan con fruición desde el otro lado del escaparate. Pasean por las suculentas calles de París atestadas de manjares, prendas de vestir a la última moda, muebles de lujo, antigüedades tentadoras. Opulencia y consumismo.

Les habría gustado ser ricos. Creían que habrían sabido serlo. Habrían sabido vestir, mirar, sonreír como la gente rica. Habrían tenido el tacto, la discreción necesarios. Habrían olvidado su riqueza, habrían sabido no exhibirla. No se habrían vanagloriado de ella. La habrían respirado. Sus places habrían sido intensos. Les habría gustado andar, vagar, elegir, apreciar. Les habría gustado vivir. Su vida habría sido un arte de vivir.

Su satisfacción, su confortabilidad, su felicidad al fin y al cabo descansa sobre la idea de riqueza. No son los objetos, o la vida que una buena cuenta corriente les permitiría disfrutar lo que les nubla la vista, sino el dinero que hay tras todo ello; es decir, simple y puramente la riqueza.

Quieren la superabundancia, y esa ambición determina sus decisiones, sus relaciones, sus compromisos. Todo lo que hacen, lo que piensan, todo a lo que renuncian es medido y valorado en función de lo que no tienen pero deberían tener. Esa inmensidad paraliza sus acciones y sus disfrutes. El cristal que los separa del objeto ansiado también los separa de ellos mismos, de la vida que se les escapa de los dedos a cada segundo mientras suspiran por la fortuna ajena.

En el mundo en que vivían, era casi de rigor desear siempre más de lo que se podía adquirir. No eran ellos quienes lo habían decretado; era una ley de la civilización. […] En nuestros días y en nuestros países cada vez hay más personas que no son ni ricas ni pobres: sueñan con riquezas y podrían hacerse ricas: ahí es donde empiezan sus desgracias.

Esta novela fue escrita en la década de los sesenta, cuando todavía el nivel de consumismo, de derroche, no era ni mucho menos como lo es en la actualidad. Estamos rodeados por carteles que nos gritan que seremos más felices cuanto más tengamos, quiero decir, cuanto más compremos. En efecto, siempre deseamos más de lo que tenemos y cada vez a niveles más altos. El gran problema aparece cuando la altura de nuestros deseos nos impide ver lo que efectivamente hemos logrado.

Sylvie y Jêrôme pasan sus años oprimidos por la riqueza que creen merecer, por los objetos que desean, por la vida que codician. Fuera de eso, sólo les queda el vacío y una comida insípida.

Una excelente novela que puede servir como suculento aperitivo para lo que todavía no conozcan a Georges Perec y, además, una lectura casi necesaria para los tiempos que corren.

Editorial Anagrama 158 páginas

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