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[Lectura para el Verano] ‘Putas es poco’, de Hernán Migoya

[Lectura para el Verano] ‘Putas es poco’, de Hernán Migoya
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Dicen que esta clase de libros son peligrosos, nocivos para la sociedad bienpensante. Y sin duda, Putas es poco es un libro con contenido de alto voltaje, pero también de alto octanaje: el asunto que trata es peliagudo pero lo hace con maestría y honestidad. Putas es poco es la segunda parte de Todas putas, volumen que fue censurado en numerosas librerías, siendo acusado de misógino, machista y apologeta de la violación. Putas es poco no ha disminuido ni un punto el alto voltaje de la primera parte, pero tampoco el octanaje.

Porque ¿la ficción debe evangelizar? ¿El arte debe de plegarse a las exigencias morales de la sociedad en el que se manifiesta? ¿Dónde, pues, trazar la línea? ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién decide si es más peligroso o irrespetuoso Todas putas que un pase de modelos de alta costura? Dicen que si no molestas a nadie, es que no has dicho nada. ¿Es más peligroso que de la lectura de Putas es poco nazca un violador o un machista (si es que eso es posible) o que de la lectura del último bestseller borderline nazcan mil idiotas? ¿Para cuándo una encuesta para decidir de una vez por todas sobre qué se puede o no se puede escribir para evitar que unas cosas se condenen caprichosamente y otras pasen inadvertidas? ¿El resultado de la encuesta sería que hay que censurarlo absolutamente todo?

Debates acerbos aparte, Putas es poco, de Hernán Migoya (1971, Ponferrada), es una antología de cuentos excepcional, en la que se mezcla una prosa estilizada y precisa (impresionante el despliegue narrativo que muestra el autor en una atroz secuencia de violencia de género) con puntuales expresiones vulgares o llanas palabrotas de la calle que (seré simple) en ocasiones me provocaban la pura carcajada. Mi cuento favorito, sin duda, es Seguro que lo tengo, donde Migoya es capaz de retratar una imagen desopilante y también terrorífica sobre la posibilidad de contraer el sida a causa de las servidumbres del deseo sexual.

Sí, sida y risa, violencia de género (con un giro final del cuento), apología de la violación (¿también era apología del asesinato el clásico de Thomas de Quincey?). Migoya no déjara títere con cabeza, ni siquiera él se salva de la quema: en este volumen descubriremos la segunda parte del controvertido cuento El violador, aparecido en Todas putas, donde descubriremos la campaña de acoso y derribo a la que fue sometida el autor, en una especie de cuento autobiográfico, donde finalmente admitirá que sí, que todos tenían razón, que debería ser censurado y hasta encarcelado, porque es un maldito violador.

Su libro recién publicado incluía un cuento titulado El violador en el que, adoptando un hipotético punto de vista de un susodicho, el narrador se explayaba sobre las ventajas sexuales y afectivas que procuraba el uso de la violación por encima del resto de las relaciones sentimentales socialmente aceptadas y loaba los supuestos beneficios físicos, anímicos y psicológicos que conlleva forzar mujeres, así como el ahorro de tiempo que implica el no enredarse en el farragoso proceso de cortejo, conquista y apareo de la hembra humana. Todo desde un punto de vista explícitamente satírico, faltaría más. O eso creía el autor.

-Pero… ¿por qué? ¿No se dan cuenta de que es humor? -Pues no les está haciendo ni puta gracia. Ni la más repajolera. Hoy día esos temas sólo provocan animadversión. Ahora mismo están todos a voz en grito para que prohíban el libro. -Pero… pero… es ficción. ¡No pueden hacer eso! Por si fuera poco, su editora, a la que había entusiasmado el relato en su momento, acababa de ser nombrada directora del Instituto de la Mujer. El escritor siempre había pensado que se trataba de un cargo anecdótico e insignificante dentro de la inevitable sección feminista –poseedora en todas sus encarnaciones de un esprit de corps que ni la Legión- del Ayuntamiento de su ciudad, pero nada de eso.

La diferencia entre los moralistas (sean del signo que sean) y los bufones, estriba en que estos últimos tampoco se salvan de su propio sarcasmo. Y Migoya es un bufón que dice lo que mucha gente piensa y que la mordaza de la corrección política no permite expresar (y esperemos siga su línea satírica cuando en breve se estrene como director de cine). En consecuencia, Migoya lo hace empezando por él mismo: en la portada del libro aparece una Pin-up posando como en un foto de los años cincuenta, que resulta ser el propio Hernán Migoya trasvestido. ¿No es genial?

Obviamente, esta obra está dirigida a quienes consideran la serie South Park como el epítome de la lucidez, la libertad de expresión y la crítica corrosiva quintaesenciada en 20 minutos de dibujos animados esquemáticos con propensión a la coprolalia. Intelectuales apolillados, abstenerse.

Ediciones Martínez Roca Colección Heterodoxia 284 páginas

Sitio Oficial | Ediciones Martínez Roca En Papel en blanco | Lectura para el verano

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