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'Los frutos de la niebla', de Luis Mateo Díez

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La literatura de Luis Mateo Díez dibuja geografías imaginarias, territorios conformados a los estados de ánimo y las experiencias de sus habitantes. Es al mismo tiempo un universo familiar, con los rasgos de una ciudad de provincias española de la posguerra, y uno onírico, brumoso y desleído. Su personajes parecen diluirse en una atmósfera irreal, como si vivieran en un mundo puramente simbólico y conceptual, como si no hubiera fronteras entre el suelo que pisan y sus monólogos interiores.

Es a esa región a la que regresamos en Los frutos de la niebla, que corresponde al ciclo de las 'leyendas' de Mateo Díez. Se trata de tres narraciones breves que basculan de lo mágico al realismo clásico. La primera trata de un encuentro entre dos antiguos amigos en el que uno le pide al otro, policía, que investigue la extraña 'enfermedad' que le aqueja y que va provocando la muerte a los que le rodean. La segunda es la historia de tres muchachos que se suicidaron o desaparecieron. La tercera, la defensa jurídica de una mujer humilde que sólo conoció el sufrimiento.

El nexo de coherencia de las tres historias lo encontramos en el estilo de Mateo Díez. Cabe decir que el autor en ningún momento narra: todos los párrafos son una generalización analítica, intelectual y distanciada. El argumento aparece así como pretexto para una descripción experimental de realidades emocionales. De ahí que la dificultad lectora sea notoria: para Mateo Díez en esta obra la forma más directa de contar nunca es la línea recta y procede por disquisiciones y rodeos cuyo abuso, honestamente, no está justificado.

El estilo de Luis Mateo Díez que hemos mencionado antes tiene instantes de gran altura:

Lo más duro de todo es tener un conocimiento bastante luminoso de tu propio interior, y saber que esa luz no significa nada fuera de tí mismo, apenas el reflejo de una oscuridad que aumenta el desconcierto.

Pero a continuación nos encontramos con conceptualizaciones prosaicas que se nos enredan en los pies:

Lo que el amigo no hubiera hecho, ya que ninguna sospecha me quedaba del comportamiento de Cimo, al menos en la realidad de los que me había confesado y hasta donde llegaba mi averiguación, lo podía hacer el policía. Seguirle era un acto de curiosidad y observación y, para que el seguimiento tuviese, por fácil que resultara, la connotación profesional requerida, era preciso el acicate de la sospecha.

A menudo nos veremos obligados a releer un pasaje para descifrar su farragoso contenido y, en casos como el citado, lo que nos encontraremos no será una perla de sabiduría sino algo reductible a una fórmula tan simple cómo: No podía seguirle como policía porque no era sospechoso de nada, así que le seguí como amigo. Es una dificultad que no redunda ni en belleza ni en profundidad, un lenguaje que se interpone entre el lector y la narración.

¿Merece la pena entonces el esfuerzo? Sí, en mi opinión, si aceptas dar por buena una de tres. Me refiero a la segunda de las historias, Príncipes del olvido, el relato del chico y la chica que se mataron y el tercero que desapareció. Es sin duda la que más solidez literaria tiene de las tres, la más vital a pesar de su argumento y en la que el estilo respeta más al relato.

El autor se plantea: ¿Porqué decidir morir en la adolescencia? ¿Qué medida de desencanto supone? ¿Qué secreto pacto unió a los tres? En esta novela breve encontramos al mejor Mateo Díez, el narrador incisivo y a sus personajes poéticos, sentimentales y vagarosos. Algo tiene el mejor Luis Mateo Díez que leerlo te mete el frío en el cuerpo.

Los frutos de la niebla, Luis Mateo Díez Alfaguara 244 p.

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