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Luis Mateo Díez: 'Un escritor leído no lee El Código da Vinci'

Luis Mateo Díez: 'Un escritor leído no lee El Código da Vinci'
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Luis Mateo Díez es una rara avis dentro del panorama literario español. Se empeña en ser el Galdós del siglo XXI en una época en la que la novela parece haber llegado a un callejón evolutivo sin salida. Pero eso a él no le preocupa. Tiene su nicho de lectores y un puesto de funcionario que no le obliga a escribir para vivir. Y todos los años publica una novela que aspira a la perfección estilística. Un crítico y profesor me confesó una vez: Si fuéramos coherentes, el premio de la crítica se lo llevaba todos los años Luis Mateo Díez. Es el Galdós del siglo XXI, pocos le conocen, y él mientras sigue construyendo pausada y sabiamente una biblioteca singular de la novela contemporánea española.

No se suele prodigar en apariciones pero este año ha impartido un curso de verano en la UIMP sobre su obra titulado Fábulas de la memoria y del sentimiento. En él ha criticado una propensión excesiva a la comercialización en el mercado editorial que estaría penalizando al lector cultivado en favor de productos degradados. Esto no sólo afectaría al lector sino también al creador, ya que se trata de una literatura intransitiva. Un escritor leído no lee El Código da Vinci, porque se trata de un tipo de novela dirigida al lector no exigente que lleva a la trivialidad.

Que Luis Mateo Díez está en su esfera particular de la actualidad lo demuestra el que use El Código da Vinci como ejemplo, un libro al que le ha pasado lo que a todas las modas, que ahora hasta citarlo suena rancio. Es como Paulina Rubio o los pantalones pirata, quienes los consumieran hace dos veranos hoy lo consideran 'out'. Pero hay un fenómeno que contradice a Mateo Díez. El leído no lee un producto de masas porque detecta sus abundantes defectos y le son insoportables, dice. ¿Pero cuántos 'leídos', veteranos de sentadas filológicas entorno a Tirso o Cervantes, no han admitido que El Código da Vinci les hizo pasar 'un buen rato'?

Yo no funciono así, y me sorprende. Un libro descuidado, predecible, machacón o embustero me disgusta. El tufo a producto fácil me echa para atrás, me duele pensar que la vida es corta y el arte largo y que diez mediocres no compensan perderte un obra maestra antes de irte a la tumba. Pero reconozco que mi lectura criticona por deformación profesional me priva de otra manera de ser lector. Hay personas capaces de desnudarse completamente de prejuicios, expectativas y demás bagaje. Aunque tengan una biblioteca a sus espaldas, cada vez que leen lo hacen como si fuera la primera vez.

Si el libro lo exige, su arsenal erudito les viene en ayuda. Y si no les pide nada, entonces se relajan y se dejan llevar por la montaña rusa. Como si nunca hubieran leído una novela de suspense, van a contener el aliento con cada nuevo giro argumental y devorar capítulo tras capítulo impelidos por un final cliffhanger tras otro. Y cuando terminen, no pensarán 'esto lo veía venir desde el principio' o 'espera, esto no tiene ni pies ni cabeza' o ni siquiera 'espera, esto lo había leído ya'. Ni siquiera se preguntarán si era alta, baja o literatura mediopensionista. Tan grande es su amor a la palabra escrita que su apetito es omnívoro.

Algunos hacemos lecturas hipercríticas, y es natural que tengamos nuestra antítesis en el lector anticrítico. Para los primeros, los Luis Mateo Díez de este mundo, la literatura es la caza del tesoro. Hay que trabajar, madurar, perseverar, exigir, descartar necesaramente las soluciones fáciles o engañosas y reclamar lo sublime. Pero para el lector anticrítico la literatura debe ser un océano infinito, insondable, sin puntos de referencia, sin centro de gravedad. La mayor dicha del anticrítico debe ser, imagino, la de dejarse engullir por la palabra escrita en un vórtice sin principio ni fin. Si los libros llegaran a terminarse un día, él podría estar releyéndos todos sin ni siquiera reparar en ello.

Vía | Yahoo! Noticias

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