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'Manual de literatura para caníbales', de Rafael Reig

'Manual de literatura para caníbales', de Rafael Reig
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Empecemos por el final y digamos sin más preámbulos que Manual de literatura para caníbales es el libro más escandaloso, subversivo y malintencionado que he tenido ocasión de leer en los últimos años. Su autor, Rafael Reig, sólo puede ser definido como un kamikaze, un inconsciente, un resentido, un pedazo de punki en definitiva que arremete con mayor acopio de vísceras que de sesos contra las letras hispanoamericanas de los últimos dos siglos.

Pero maldita sea si lo hace bien el condenado. Y sin dejarse nada en el tintero.

Tenemos una especie de manual crítico de literatura entre manos, completo temario con ejercicios al final de cada módulo, que pasaría mejor como instrucciones para la guerrilla literaria. Decir que Reig desmitifica a la nómina de figuras es poco, más bien las arruga o directamente tritura en la medida de la aprobación, antipatía o indiferencia que le provocan.

Tan a sus anchas se siente reescribiendo el canon que hasta se permite una saga à la Macondo: la de los Belinchones, marcados por un antojo encima de la nalga derecha y una aptitud congénita para fracasar. Y así, a pesar de ellos y sobre ellos, la literatura hispana avanza como un rocambolesco y fantástico relato épico.

Los pobres Belinchones albergarán las más elevadas aspiraciones y se codearán con los más grandes de su tiempo, pero jamás acertarán. Se empeñarán en ser neoclásicos en época de románticos, románticos entre simbolistas, simbolistas entre realistas, siempre insistiendo en que ‘nadie va a comprar esas novedades’. Así hasta nuestro contemporáneo, el último Belinchón y narrador del manual, que insiste en ser escritor hoy en día que nadie escribe.

Mientras, Reig disecciona la evolución literaria con dos procedimientos: un darwinismo figurativo mediante el cual representa los distintos movimientos como depredadores que se van reemplazando unos a otros en una cadena trófica. Los románticos son ornitorrincos, los realistas paquidermos, los del 98 voraces termitas. Un serie de imágenes insistentes que resultan a veces forzadas, pero que sirven como pauta para ir siguiendo la estampida literaria que describe el autor.

El segundo sería uno productivo-marxista, con perdón. Y es que si hay algo que Reig se esfuerza en desmitificar (en este caso la palabra es apropiada) es el propio oficio de escritor. Su definición de una cosa que hace un señor en pijama para un señor que lo leerá descalzo seguramente acabará algún día en los manuales reales, los herbívoros.

Se deriva de esta concepción que los movimientos literarios han sido todos un producto de marketing, empezando por el primero, el romanticismo, con su primera operación de product placement, la de Zorilla de espontáneo declamando versos en el funeral de Larra. A eso se reduce todo: no ha habido escritor que no intentara colar lo suyo, vender su tinglado, sacar tajada.

Todo esto acompañado de generosas descalificaciones hacia los susodichos y abundante arsenal de anécdotas, preferiblemente escabrosas. Reig disfruta ridiculizando no sólo la obra de sus bestias negras sino sus propias personas. Y para ello recurre a la munición más gruesa, regodeándose por ejemplo en su sexualidad vergonzante. No le basta reírse de la vacuidad de Azorín o la pretenciosidad de Ortega, tiene que insistir en que uno era un eyaculador precoz y el otro un sodomizador de marquesas. No es que nos escandalice, faltaría más a estas alturas; es que mentando el sexo, así cualquiera.

Reig es el profesor, y él da la clase magistral. Por lo tanto debemos someternos a los dictados de lo que su gusto salva (básicamente Darío, César Vallejo y García Márquez; a la larga, Galdós) y condena. Y si en general sus asaltos contra la figura y el figurón se secundan con regocijo (memorable y poliédrico el retrato que hace de Cela), otros no parecen tener más base que el hecho de que no traga al personaje y punto, como el caso de Carlos Fuentes.

Pero creo que sería un error tomárselo a las malas. Uno no escribe la historia iconoclasta de la literatura esperando ser tomado al pie de la letra como nuevo referente canónico. Reig ha hecho lo que todos los que hemos tenido un manual escolar entre manos querríamos, hacerlo saltar por los aires y liberarlo para que cuente nuestra historia.

Se aconseja encarecidamente abordar su lectura con la previsión de saltarse a la torera las recomendaciones que nos caigan gordas, como es conveniente hacer por otra parte con cualquier texto crítico. La verdadera enseñanza de este manual es la de perderle el respeto y por ende el miedo a las letras y nuestra relación con ellas. Su contrapartida es la inquietante certeza de que ese terrible, terrible Rafael Reig seguirá ahí fuera maquinando sus insidias. No dejen de vigilarle con el rabillo del ojo, fingiendo disimulo, no se vaya a crecer.

Aunque obviemos todo lo anterior: la verdadera razón para leer Manual de literatura para caníbales está en el último capítulo, con su descripción de la Guerra de las dos Marías, indispensable para entender el desolado panorama literario en el que vivimos actualmente. Un bocado jugoso para los que disfruten de las canalladas de este Risto de literatura, al que espero que el karma condene pronto a ser jurado de un reality show de aspirantes a bestseller para escarnio suyo y deleite de sus lectores.

Editorial Destino, 2006 311 páginas

En Papel en Blanco | Manual de literatura para caníbales: literatura a carcajadas

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