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'No es país para viejos', de Cormac McCarthy

'No es país para viejos', de Cormac McCarthy
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Imáginate que abres un libro esperando leer una novela y en su lugar recibes un puñetazo en el estómago. No se me ocurre otra manera de describir No es país para viejos. Tiene forma y aspecto de novela negra y por ella pasa durante un buen trecho. Sin embargo, cuando empieces a sospechar que las cosas no son como deberían será demasiado tarde, y tendrás un puño incrustado en el duodeno. Te sentirás dolorido, confuso y sin respiración, y por mucho que aprecies su autenticidad no habrá nada que te asegure que era realmente necesario.

Llewelyn Moss, un veterano de Vietnam que vive con penuria en el Texas fronterizo de los ochenta, descubre mientras caza en el desierto los restos de un tiroteo entre narcos mexicanos. Allí encuentra una maleta con más de dos millones de dólares que cogerá esperando cambiar su vida y la de su mujer. A partir de ahí comenzará un juego del gato y el ratón en el que se sumarán varios personajes. Por un lado Anton Chigurh, un imparable asesino sin escrúpulos que se considera un instrumento del destino. Por el otro el Sheriff Bell, un hombre hecho a la vieja usanza, de valores comunitarios y tradicionales, al que la situación desborda completamente.

No es por su argumento por lo que No es país para viejos se aleja del género, como vemos. Es por lo que hace McCarthy con él. El autor, aparentemente a propósito, echa por tierra a mitad del libro las convenciones básicas de la narratología. La tensión cuidadosamente acumulada en los capítulos previos se fulmina abruptamente cuando el momento cumbre de la novela, de cualquier novela, se despacha a ochenta páginas del final, fuera de campo, y contado como un resumen esquemático. Ahí descubrimos que no estábamos leyendo lo que creíamos. Que las minuciosas descripciones de fugas, planes, tiroteos y emboscadas estaban perfectamente de más. A partir de ahí la novela no ofrece incentivos a sus personajes para seguir adelante, aunque lo hagan, pero el problema es que tampoco ofrece demasiados al lector.

Para ser honestos, se puede intuir desde el principio que McCarthy no está dispuesto a hacer una novela, sólo algo que se le parece. Su lenguaje, que en todo momento es efectista y directo, alcanzando algunos momentos de poeticidad (como corresponde al género negro), procede por una acumulación que puede llegar a ser agotadora. El autor desprecia explícitamente la sintaxis literaria: Volvió a su habitación y metió en la bolsa su recado de afeitar y la pistola y cruzó el aparcamiento y subió al Ramcharger y arrancó y cruzó al aparcamiento de la tienda de electrónica colindante pasando sobre la divisoria de cemento y salió a la carretera. Este ejemplo no es una excepción sino la tónica general. Intercalando esta narración feísta con los monólogos interiores más tradicionales del Sheriff, está claro que McCarthy quiere conseguir algo, un contraste entre dos visiones de la realidad, aunque su efectividad es muy discutible.

Decía André Malraux que realismo no significa que de repente un personaje pueda ser atropellado por un coche sólo porque sí, porque estas cosas pasan. Y es que en la literatura, al contrario que en la vida, es necesario un sentido. No se escribe para no decir nada, al menos en principio. Y por mucho que la violencia y la muerte estén desprovistas de un sentido último, hacer de la violencia el corazón de una obra para que el resultado se nos escape entre los dedos parece trabajo perdido. Por mucho que No es páis para viejos no sea una obra menor (se sostendría únicamente con la escalofriante creación de Chigurh), no deja de ser el puñetazo en el estómago del que hablábamos al principio. El dolor nos hará sentir vivos y preguntarnos qué clase de mundo es este, pero pasadas la indignación y la rabia no quedará gran cosa.

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