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['Nuestros antepasados', de Italo Calvino] El Vizconde demediado

['Nuestros antepasados', de Italo Calvino] El Vizconde demediado
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Es con El Vizconde demediado que Italo Calvino aparca en 1952 la novela de corte realista e inaugura una nueva forma de narración histórico - fantástica que a la postre se concretaría en la trilogía de Nuestros antepasados, tres personajes de alcurnia cuyas insólitas existencias son un trasunto del hombre moderno. El primero de estos ilustres antecesores nuestros es Medardo de Terralba, primogénito del vizconde, enviado a batallar contra los moros en Bohemia. Mezcla de ardor guerrero, ingenuidad e inexperiencia, Medardo salta a la refriega en el lugar menos apropiado (delante de la boca de un cañón) y una bala incandescente lo parte limpia y simétricamente en dos, de cogote a entrepierna.

Quiere la historia que Medardo sobreviva a tan terrible herida. Y es la mitad de un hombre la que regresa a Terralba entre la expectación de su gente, incluído su sobrino, nuestro narrador. Pronto descubrirán que el horror de ese ser cuya mitad derecha flota en el vacío no es nada comparado a su maldad. El regresado condena a muerte, incendia casas, destruye cosechas, tiende trampas, y sobre todo secciona por la mitad todo lo que cae entre sus manos convencido que lo auténtico, verdadero y puro sólo se encuentra en las fracciones.

Para complicar las cosas, un segundo Medardo entra en acción, uno que carece en este caso de lado izquierdo. Toda la maldad del primero, del 'Amargado' como lo motejan, es en el segundo un espíritu de sacrificio, compasión y entrega fuera de todo límite. Es el 'Bueno', poco menos que un santo, al que su división ha conducido a sentirse uno con el sufrimiento universal. El primero busca deshacer las buenas obras del segundo, y vice versa. Entre medias la población de Torralba no se las apaña mejor con uno que con otro hasta que irrumpe Pamela, una moza montaraz de la que los dos Medardos deciden enamorarse y que precipitará la resolución inevitable.

El vizconde demediado, así como las dos novelas siguientes El caballero inexistente y El barón rampante, es fruto de las investigaciones de Calvino sobre la fábula tradicional italiana y la literatura medieval. Se pueden leer como un cuento, casi como un tablero alegórico, pero se trata de novelas modernas y no se puede soslayar su importante psicologismo. La tentación en el Vizconde demediado es la de extraer la moraleja fácil: en todo ser humano hay capacidad para el bien y el mal, y tan nociva es una llevada al extemo como la otra. La sabiduría está por lo tanto en el equilibrio. Pero quedarse con eso no es llegar hasta el final.

Para empezar el mundo imaginario de Calvino es demasiado festivo como para tomárselo muy en serio. La parte trágica está atemperada con puntos de humor brillantes. Un gran ejemplo es cuando el Amargado encarga una horca para colgar a veinte condenados de golpe. Su habilidoso carpintero Pietrochiodo le entrega una con capacidad mucho mayor, así que decide colgar dos gatos por cada condenado, y todos acaban admitiendo que el resultado estético es notable. O cuando Medardo el malo incendia la casa de los padres de Palmira como pretexto para entablar conversación y pedir la mano de su hija.

El quid no es tanto el mal o el bien que los Medardos pueden hacer, sino que son incapaces de interactuar con el mundo de otra manera, ni tan siquiera de comunicarse. El mundo que por otra parte está construido a su imagen y semejanza. Lo simbolizan las dos comunidades marginales contrapuestas, la de los leprosos en dónde tódo es lujuria y desenfreno, y la de los protestantes hugonotes regida por un estricto autocontrol. En medio están los ciudadanos de Terralba, verdaderos culpables de ser cómplices por inacción de los estragos del Amargado (Pietrochiodo se consuela en la belleza de sus máquinas para no pensar que sirven para matar) y de la inutilidad del Bueno, cuyo idealismo resulta un engorro.

Más que del conflicto entre Bien y Mal, es de la propia idea del ser diviso de la que trata la novela. Ninguno de los dos Medardos encuentra acomodo en las situaciones sociales que se le presentan. La confusión, el ser medio bueno y medio malo, acaba pareciendo un mal menor para vivir en sociedad, ya que la cualidad integradora de los 'normales' es su ambigüedad, el tomar bien por mal y mal por bien.

Encontramos aquí una simbólica de géneros muy arraigada en Calvino. El hombre, con la espada afilada al puño, es símbolo de fraccionamiento, categorización y división. La mujer, la lozana Palmira que habita el bosque en amistad con flora y bestias es símbolo de mescolanza, confusión y génesis. La sabiduría de la unión de extremos no le llega a Medardo hasta el feroz duelo en el que el hombre se enfrenta al hombre con una espada en cada mano, al que el deseo (¿amor?) por Palmira ha conducido a sus dos mitades.

Cabe leer El Vizconde demediado como una fábula y, aunque no sea tan citada como las dos otras obras de la trilogía, es probablemente la más divertida. Lo que hay de particular en ella es sin embargo la instancia del narrador, ese sobrino ya mencionado al que el Amargado casi convierte en demediado en una ocasión. Es su visión infantil pero juiciosa la que nos conduce por el relato, acompañada por el estrafalario doctor Trelawney. Pero su desconsolada soledad al cerrarse la novela introduce un punto de melancolía. A los normales sólo nos queda envidiar la experiencia de Medardo, la de haber conocido la pureza de un mundo sin cara ni cruz y la de haber salido uno del conflicto entre dos.

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En Papel en Blanco | Italo Calvino

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