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'Pesadillas', de R. L. Stine

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Sigo en mi repaso por la literatura de nostalgia personal, tras recordar a la serie de 'Los Cinco', de Enid Blyton, y 'Todos los detectives se llaman Flanagan', para hablar de una colección de libros que supuso un fenómeno de ventas entre la población infantil casi sin precedentes.

Hoy en día acumulan polvo en estanterías, se venden por eBay, o simplemente han terminado en la basura. Pero, ay del veinteañero o incluso treintañero que no admita que cada cierto tiempo esperaba con ansia el nuevo volumen de esta serie de terror.

Estamos hablando, sí, del clásico 'Pesadillas', del estadounidense Robert Lawrence Stine (1943- ). En mi tiempo, dos o tres de estos libros eran el clásico regalo de Primera Comunión o de cumpleaños. Son muchos los que conocí que no habían leído un libro en su vida, y empezaron a comprar 'Pesadillas' de forma compulsiva.

El primero que llegó a mis manos fue '¡Invisibles!', que leí con nueve años, y me llevé casi un mes sin querer mirarme al espejo. Luego siguieron varios, hasta completar una serie de 62 unidades, la gran mayoría de ellos olvidables. Sin embargo, recuerdo con cariño 'La casa de la muerte', '¡Hay algo vivo!', 'La venganza de los gnomos' y 'No Bajes al Sótano'.

La calidad narrativa y literaria en general de la mayoría de los libros era muy dudosa. ¿Cuál era su secreto entonces? Su éxito no fue casual, ni mucho menos, y se debió a un conjunto de factores que le aseguró merecidamente su status de best-seller entre los preadolescentes.

Para empezar, la portada, constituida de un dibujo explícito sobre el contenido del libro, en una especie de mezcla entre la ilustración y la caricatura. En cuanto a la narrativa se refiere, Dan Brown no fue el pionero de los capítulos cortos. Ya Stine confeccionaba capítulos de página y media, para incrementar el interés de unas tramas a veces conseguidas, el resto irregulares. Pero lo más importante de todo, el final. El final era lo que realmente podía dar miedo a los lectores infantes como yo. El final conseguía que leer un libro de esos, solo a las dos de la mañana, fuera un auténtico reto.

Me explico. La inmensa mayoría de los libros de 'Pesadillas' están narrados en primera persona, por el protagonista o un personaje muy relevante en los hechos que se cuentan, un "testigo directo" por llamarlo así. Pues bien. El final casi siempre revelaba un fatal destino para el narrador, llegando el lector a preguntarse: "Si se supone que ha muerto, le han capturado, etc. ¿cómo es que me lo está contando?" Esta incertidumbre, unida a lo pretendidamente terrorífico del asunto, es lo que yo pienso que sí mereció el triunfo de 'Pesadillas'.

Por ejemplo, hablemos de '¡Invisibles!', el volumen que ya he dicho que me leí primero. El argumento es que unos niños encuentran en el diván un espejo con el que, mirándose en él, pueden hacerse invisibles. Como tal chollo no puede quedar así, resulta que el espejo es realmente un artefacto para que el individuo se meta dentro del espejo, y el reflejo salga al mundo real. Lean otra vez esta última frase si no la han entendido. Los reflejos de los niños, por supuesto, son malvados y esperan poder salir del espejo y vivir su vida.

Pues bien, el final revela que finalmente han roto el espejo y el protagonista se pone alegremente a jugar al béisbol con su hermano. De forma insinuada, pero intensa, el protagonista se da cuenta de que su hermano (al que apodan "el zurdo") está lanzando la pelota con la mano derecha. Y ahí acaba el cuento. Ahí estaba la gracia, el horror indirecto que se explica de soslayo.

Entre 1997 y 1999 se emitieron en España los capítulos de la serie de televisión basada en 'Pesadillas'. Mejor olvidarlos. Sin embargo, todavía hoy resulta curioso que muchos niños (y cuando digo muchos, son muchos) comenzaran su afición a la lectura con estos relatos de miedo.

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