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Prólogo de la Primera Parte del Quijote: mucho más que un simple preludio (I)

Prólogo de la Primera Parte del Quijote: mucho más que un simple preludio (I)
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Si en el primer post empezamos por el (aparente) final, en este continuamos por el supuesto comienzo. Y es que el Prólogo de la Primera Parte de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha fue redactado en 1604, una vez que Cervantes había acabado el libro, lo cual le ofrecía una perspectiva de su propia obra con la que, lógicamente, no contaba al inicio de su composición, pues se cree que en un principio su intención era mucho más modesta y que, sólo una vez avanzada la obra, vislumbró las verdaderas posibilidades de esta (opinión vertida por Menéndez Pidal).

Capítulo I: Donde se trata la intención de Miguel de Cervantes en el Prólogo

Nos quedaríamos muy lejos de la realidad si destacáramos la crítica de los libros de caballería como única intención del autor. Cierto es que ésta es su primera capa pero tan sólo la superficial. Cervantes sentía un profundo hastío hacia la novela caballeresca y la consideraba, en su mayoría, literatura de segunda (lo que no le impedía reconocer algunas obras maestras). Contemplaba con espanto como las hazañas de los caballeros andantes se habían convertido en un gran éxito popular y no se explicaba como unos libros planteados como realidad (los libros de caballerías se basaban, según sus autores, en historias reales recogidas y transcritas por ellos mismos) podían tener tanto éxito entre sus lectores cuando, a todas luces, eran frutos de una fantasiosa imaginación. Su intención burlesca, desvalorizadora, toda su carga irónica, no sólo va dirigida hacia el género caballeresco, también siente como enemigos a sus cómplices, los lectores. En el Prólogo del Libro I, el narrador se esconde tras un velo de falsa modestia, "reconociendo" que la composición del prólogo le está dando mucho más trabajo que la de la obra, que se siente confuso porque teme presentar una obra como "una leyenda seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de concetos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro". Estas afirmaciones están llenas de ironía, pues Cervantes era contrario a este tipo de artificios que acompañaban a los libros que disfrutaban de admiración en la época: "como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes". Don Miguel acometía así contra el estilo literario imperante en los finales del s. XVI y los comienzos del XVII, particularmente contra Lope de Vega y, especialmente, contra su Arcadia. El mismo autor afirma por medio de su narrador que "solo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni de la inumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse".

El Manco de Lepanto expone teóricamente su estilo: "dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos", lo que Menéndez Pidal llamó "llaneza esencial que no excluye el atildamiento". Además, Don Miguel pretende crear una obra innovadora, sin atender a las exigencias del mercado (de hecho las contradice creando un antihéroe de los exitosos caballeros andantes). El propio Cervantes, por boca del narrador del Prólogo, deja claro este aspecto: se arriesga a que los lectores, "el antiguo legislador al que llaman vulgo", no lo acepte y vea su creación como un hijo feo.

Por último, hay que destacar una intención secundaria: el autor (por medio de sus narradores, de los que hablaremos seguidamente) nos introduce en su juego de realidad-ficción. La realidad directa que debería ser el prólogo se trata de una ficción indirecta (pues trata de engañarnos, hacernos creer que es real) que forma parte de la novela misma. Así, la realidad ficticia, la realidad literaria, comienza a formarse en la propia realidad.

Capítulo II: Que trata de la condición y ejercicio del 'Desocupado Lector'

El epíteto que precede al lector virtual al que se dirige Cervantes (sustitutivo del ritual y deferente "curioso lector") no es un simple calificativo que atienda a la mera situación del primero, sino que está cargado de ironía y significado. Antes que nada, debemos contextualizar nuestro enfrentamiento al texto: Cervantes se dirigía a un narratario que había convertido a los libros de caballerías en un gran éxito popular dentro del género que ha ganado gran terreno en la literatura española, la novela (no hay que olvidar que la transmisión oral de la literatura aún competía con la nueva realidad de la publicación y que la novela caballeresca, en particular, era un género que se prestaba perfectamente a la lectura o recitación pública, no tan lejos de sus antepasados juglarescos de los romances y cantares de gesta). Con las dos primeras palabras establece la construcción binaria que condicionará todo el Prólogo: Narrador-Desocupado Lector.

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La intención primaria de Cervantes, como dijimos, era ridiculizar, castigar al libro de caballerías y a sus lectores. Para ello comienza rebajando al lector (y con ello a su lectura) tratándolo de 'desocupado', adjetivo bajo el que se esconde la condición del lector de caballería, el cual debería estar materialmente desocupado, libre de toda obligación, de toda alternativa de ocio, para caer en el error de leer un libro de caballerías. No acaba aquí el significado del epíteto: hace un llamamiento al lector libre de prejuicios preceptistas y de los cánones dominantes (condición sine qua non para leer las aventuras de Don Quijote, pues no encontrará en él lo que espera en un noble caballero al estilo de Amadises u Orlandos), a su ejercicio como hombre libre de pensamiento (máxima renacentista). Si así lo hace, si acepta el pacto ficcional que le ofrece el autor-narrador, estará preparado para leer la obra, convirtiéndose en el lector suave al que le ofrece "tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha".

Capítulo III: Donde se trata el estilo narrativo del Prólogo

Si admitimos el pacto de ficcionalidad que nos ofrece el autor, encontraremos en el texto dos narradores. El primero, el 'Yo Narrador' tras el que se presenta Cervantes, dirigiéndose al narratario, al desocupado lector, nos introduce en su (ficticia) realidad y nos expone sus problemas para construir el prólogo a su obra, afirmando que su "estéril y mal cultivado ingenio" no le permite crear un bello, noble y admirado personaje, falsa modestia bajo la que se esconde una gran ironía que convierte la alabanza en burla: "las musas más estériles" (los autores de los libros de caballería) pueden escribir libros que asombren, a las que no sin ironía les llama "partos". Él mismo (el Yo Narrador) se bautiza padrastro y no padre de la obra, reforzando la mentira de que la historia ha sido recopilada de textos y manuscritos ya existentes, por lo que el padre sería el historiador arábigo Cide Hamete Benengeli (Libro I, cap. IX). Aparecen aquí dos figuras prologales: el libro como hijo del autor y el autor ficticio.

Prosigue transmitiéndonos su deseo de dejar su historia sin un proemio lleno de ostentosas exornaciones, sin los alardes de erudición de los que presumen sus contemporáneos (crítica donde la figura de Lope se eleva sobre las demás). Tras una "disertación-confutación" (en palabras de Francisco Rico) con el amigo que aparece inesperadamente (del que hablaremos seguidamente) vuelve el 'Yo Narrador' a su cordial coloquio con el "'ector suave', introduciéndole, por primera vez, al personaje Sancho Panza, que completará la oximórica pareja. Así, presentada la base sobre la que se compone su novela, da paso a los versos preliminares, que siguen el hilo de ironía que aparecía en el Prólogo.

Especial 'El Quijote' en Papel en Blanco

Sitio Oficial | El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, edición dirigida por Francisco Rico, en el Centro Virtual Cervantes En Papel en blanco | Don Quijote y Miguel de Cervantes

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