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‘Retrato de un hombre inmaduro’, la nueva novela de Luis Landero

‘Retrato de un hombre inmaduro’, la nueva novela de Luis Landero
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La prosa de Landero posee una extraña musicalidad. Una musicalidad cercana y jacarandosa. Tanto que, a veces, las palabras parecen engarzarse unas con otras con total naturalidad. Las subordinadas cuelgan unas de otras en largas espirales de sentido. Como si todo el conjunto estuviera bajo el compás de un metrónomo.

Por esa razón, y por otras tantas, Luis Landero es mi escritor predilecto, mi escritor de cabecera, aquél al que nunca me canso de leer y releer, desde que lo descubrí hace unos seis años a raíz de la lectura de su primera novela: Juegos de la edad tardía.

Landero es un escritor lento y metódico, que incluso se impone no escribir más que unas pocas líneas por día para mantener la frescura que transmite. De modo que la obra de Landero es modesta en número de páginas, aunque inabarcable en cuanto a dimensión.

En el fondo, Landero siempre habla de lo mismo: el paso del tiempo, el sentimiento de no haberlo exprimido al máximo, la mirada, desde la vejez, hacia la juventud perdida o el ansia de ser reconocido, célebre. Temas que aglutinaba de manera magistral en la que considero una de las mejores cinco novelas que he leído en mi vida: El mágico aprendiz.

Su última obra, aún caliente de imprenta, es Retrato de un hombre inmaduro. Y, como os figuraréis, trata de lo de siempre: el relato del pasado de un hombre de 65 años que permanece convaleciente en la habitación de un hospital, en lo que muy probablemente sea su última noche de vida.

Con este pretexto, Landero arma toda una serie de píldoras biográficas, batallitas aviñetadas, ligeramente hilvandas, pero casi siempre caprichosas, que son la excusa para que Landero se luzca en lo que mejor saber hacer: radiografiar el alma humana hasta un grado de minuciosidad que jamás alcanzará un microscopio electrónico de barrido; y, sobre todo, enseñarnos a mirar lo más cotidiano con los ojos del que contempla un prodigio marciano.

De este modo, Landero se pierde en reflexiones sobre el amor o el poder, pero donde más destaca y demuestra su buen hacer como narrador es a la hora de describirnos las cosas más minúsculas del día a día.

No es Retrato de un hombre inmaduro la obra más redonda de Landero. Quizá se echa de menos un poco menos de digresión y un poco más de argumento lineal. Sin embargo, a todos los que nos gusta cómo dice las cosas, esta última obra de Landero es de consumo obligado. Pero que la palabra “consumo” no os evoque la imagen de voracidad y rapidez: a Landero debe leérsele con mimo y delectación. Justo como él escribe para que le leamos.

A mí me parecía que era como una puta redimida. El redentor era su marido, un hombre alto y grave, cadavérico, muy abrigado siempre, muy echado hacia atrás, de ojos ilegibles tras unas gafas de cristales turbios, que no saludaba nunca, yo creo que más por miopía que por arrogancia o dejadez. Llevaban casados seis o siete años, es decir, que hacía ya algún tiempo que la había redimido. Cuando iba con él, también ella se estiraba mucho. Se cogía de su brazo y ponía la mirada lejana y abstracta, y alzaba la barbilla con un no sé qué de afectación o de desdén y allá que se iba, muy digna, muy señora, los dos abismados en su impenetrable naturaleza conyugal.

Tusquets Ediciones
Colección Andanzas
240 págs.
ISBN: 978-84-8383-192-2

Sitio Oficial | Ficha en Tusquets Ediciones

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